La ira de los mansos Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #6
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Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #6

Allí vivía Cristina, la exmujer de Rouco.

Otro trago incómodo. Estaba haciendo callo en la garganta.

O igual lo tenía de siempre y por eso bajaba sin problema el café hirviendo que me servía Alfonso en A Gabia.

Hacía mucho tiempo que no iba por la tasca del viejo legionario, aunque a partir de ahora se iba a hartar de mí.

Aparqué al lado de un supermercado con el estómago encogido y pulsé el timbre del piso que un día fuera el de mi hermano.

—¿Sí?

—Cris... Soy Carlos.

Tras un silencio lleno de malos augurios escuché el zumbido de la cerradura.

Cristina me había culpado del fracaso de su matrimonio.

Según ella yo era una mala influencia para Xabier.

Nunca había cuidado bien de él. Y a la vista de los hechos tal vez tenía razón.

Subí en el ascensor, perdida ya toda esperanza de perdón.

Supongo que por eso el abrazo con el que me recibió me pilló por completo con la guardia baja.

—Hola, Cris... Lema ya habló contigo... —No era una pregunta, sino una obviedad.

Ella no dejaba de hipar agarrada a mí como un náufrago a una tabla. Yo no dejaba de ver los tiburones alrededor, venteando la sangre.

—Me llamó el viernes por la noche... ¿Cómo fue, Carlos?

—No sé si querrás saber los detalles.

Los brazos de la mujer no soltaban mi cuello, a pesar de que yo intentaba no corresponder a su intensidad.

—No. Me refiero a... ¿cómo fue que llegamos aquí? ¿Por qué se estropeó todo?

No quería tener esa conversación. Ya la había tenido con Rouco y había acabado mal. Todo el mundo busca rodearse de gente que le diga lo que quiere oír. Pero lo que queremos oír casi nunca es lo que necesitamos escuchar.

—No sé, Cris... ¿Hablaste con él recientemente? ¿Te contó en qué andaba metido? Necesito saberlo, intento averiguar qué le pasó.

—Hablábamos poco. Llamaba de vez en cuando para preguntar por su hija...

—¿Qué tal está Iria? ¿Ya lo sabe?

La mujer volvió a sollozar con fuerza antes de contestar:

—¡Qué más da que lo sepa! ¡Ya no tenía padre! ¡Muerto o vivo no hay diferencia para ella! ¡Lo único que hacía era pasarle una pensión miserable!

Con el enfado se soltó y se enjugó las lágrimas. No lo dijo, pero entre los dos se instaló la evidencia de que Iria tampoco tenía un gran tío. No podía recordar la última vez que la había visto.

—Si tenéis problemas de dinero yo puedo...

—No es eso, Carlos. No es eso.

Callé. Ya no tenía forma de echar a perder más la conversación. O sí.

—Mira, Cris... Mañana alguien tiene que recoger el cadáver y organizar el funeral. No sé si tú...

Me miró ya sin ningún rastro de afecto. Asintió con los ojos vidriosos perdidos más allá de la pared y del futuro inmediato. Recogí la poca dignidad que conseguí recuperar y hui sin mirar atrás para no ver a los tiburones rematando la faena.

Once

19:52

Dejé atrás Navia y bajé de nuevo hasta el Casco Viejo con la sensación de ser una especie de Rey Midas que convertía en porquería todo lo que tocaba.

Intenté centrarme y pensar en el siguiente paso.

Entre las cosas de Rouco había unas llaves.

Si el amigo Atticus estaba bien informado podían ser de la dirección en Montero Ríos.

Desde su separación no sabía dónde vivía.

Alguna vez comentó que había alquilado algo cerca de la comisaría de Luis Taboada.

Eso era todo lo que yo sabía: que vivía al lado de donde yo trabajaba.

Aparqué el coche en la plaza reservada de inspector con una nueva sensación de despedida y caminé despacio hasta el paseo junto al puerto deportivo, buscando la dirección que llevaba anotada.

Según el correo del hacker , la dirección se correspondía con un viejo edificio de seis alturas sin ascensor próximo a la delegación de la Xunta de Galicia.

El portal estaba abierto. Por supuesto, el de Rouco era el sexto.

Desde fuera la fachada de piedra y el balcón de forja aún hablaban de tiempos mejores.

Una vez dentro, la conversación decaía notablemente.

Mientras subía, el crujido de la madera en los escalones me provocó una sensación oscura, de ahogo y tierra en la boca.

El olor a moho y humedad caliente, así como un silencio antiguo, ajeno a las terrazas y los turistas de la calle, contribuían a mi desasosiego.

Aunque, bien mirado, el silencio, el moho y los crujidos estaban quizás tanto dentro como fuera de mí.

No podía descartar que no fuera yo mismo quien los hubiera llevado hasta allí.

Me quedé parado delante de la puerta del sexto con las llaves en la mano.

Tenía la sensación de que mis expectativas eran muy elevadas.

¿Qué pensaba encontrar allí dentro? ¿Una explicación a la muerte de mi hermano?

¿Aliviar la sensación de culpa? ¿Perdonarlo?

¿Encontrar información sobre los causantes y diseñar un plan de venganza?

¿Llorar desconsoladamente delante de alguna foto y librarme, con ello, del nudo en la garganta?

Y allí, parado y haciéndome aquellas preguntas absurdas, fue cuando comencé a escuchar el ruido.

Al principio parecía lejos, quizás un bebé en otro piso.

Pobres padres, subiendo y bajando a pie con el carrito.

Escogí una de las llaves y probé a meterla en la cerradura.

Entonces el sonido creció y adoptó un timbre más afónico y tenso, menos humano.

Con la segunda llave sentí el gemido más cerca.

Me estaba poniendo nervioso y antes de coger la tercera comprobé que llevaba abierto el broche de la funda de la reglamentaria.

La última llave entró sin problema y, mientras la giraba, ya no me quedó ninguna duda: el ruido procedía del interior del piso, de modo que antes de darle por completo la vuelta decidí otorgarle una oportunidad al timbre.

Sudaba de la tensión y tenía los nervios alerta como cuando un imbécil te apunta con un arma.

Tardé un buen rato en darme cuenta de que el timbre era una mano que encerraba una bola de hierro en mitad de la puerta, a la altura de mis ojos, a modo de aldaba.

Dejé caer dos veces la mano de metal y no pude reprimir el grito, automático, tras veinte años de profesión:

—¡Policía! ¿Hay alguien en casa?

El gemido, o lo que fuese, pareció subir de intensidad, pero ni siquiera podía asegurar que lo hubiera hecho en respuesta a mi voz.

Me estaba cansando de estar allí, en pie delante de la puerta, como un tonto, de modo que acabé de girar la llave, saqué el arma de la axila, abrí la puerta de un empujón y entré en la casa apuntando a la altura de la cabeza, como en las películas.

Lo que ocurre es que las películas, por lo menos esas en las que el viril protagonista entra en una casa pistola en mano y reventando la puerta de una patada, suelen ser unas absurdas simplificaciones de la realidad.

Es muy difícil condensar en dos horas la sordidez y la ternura del alma humana.

Su profunda estupidez. El surrealista sentimiento de soledad que le asalta a uno en mitad de una carcajada.

El miedo, siempre en medio, enredando como un niño entre las piernas.

Y el caso es que allí, delante de mí, estaba la vida, absurda y sórdida, tierna, estúpida y muerta de miedo, adoptando la forma de un perro hambriento, deshidratado, rodeado de orina y heces, tumbado bajo una enorme mesa de madera. Casi sin fuerzas para ladrar.

Antes de acercarme eché un vistazo rápido a mi alrededor.

Delante del cañón de la pistola se abría un espacio amplio y despejado, una gran buhardilla de paredes inclinadas, ocupando la mayor parte de la superficie, abierta hasta la galería del fondo, por la que entraba un atardecer naranja, canicular, de la mano de una hermosa vista del puerto deportivo.

A la izquierda, una cocina americana completaba el espacio sin tabiques.

A la derecha dos puertas abiertas a lo que parecían un dormitorio y un aseo.

El perro, mediano, color arena, casi gris, raza indefinida, se dejó acariciar entre agotado y agradecido.

Incluso dejó de aullar con paciencia mientras yo cogía un poco de agua y algo de pienso de un saco apoyado en un estante de la cocina, a dos metros escasos por encima del animal.

Debía de llevar así desde el viernes, oliendo la comida y sin poder llegar hasta ella.

Limpié un poco toda aquella porquería y abrí las ventanas de la galería intentando aligerar el hedor.

El bicho no hizo gran cosa después de beber y comer hasta hartarse.

Se quedó allí, tumbado junto a la mesa, esperando a que yo tomase alguna decisión.

Pobre, aún no me conocía. Estaba oscureciendo, y yo ya no tenía fuerzas para decidir nada.

Me senté con el mismo ánimo derrotado de mi acompañante, saqué la carpeta con el informe forense y el sobre amarillo del bolsillo de la chaqueta y los puse encima de la mesa.

Me moría por un café.

No sabía que Rouco tuviera perro.

Doce

Martes, 9 de mayo de 2017 01:12

Vacié el sobre con las cosas de Rouco encima de la mesa.

Además de las llaves del piso, contenía un paquete de pañuelos de papel, la placa y la cartera.

Dentro de ella, el DNI, un par de tarjetas del banco y algo de dinero.

Nada más. Nada personal. Ni una foto. Ni un triste poema. Tampoco estaba su móvil.