La ira de los mansos Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #5
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Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #5

Estaba enfadado con el hacker y con el tipo de las fotos, por meter su roña en mi vida; con el comisario Canedo, por ser un lameculos más pendiente del nudo de su corbata que de la muerte de mi hermano; con Telmo, por estar a punto de destrozar mi vida profesional; con Rouco, por morir o por dejarse matar; con Lorena, por dejar de llamar en cuanto dejó de necesitar mi ayuda; con mi padre, por hacerme sentir como un perro; y conmigo mismo, por la complacencia y el llanto inútil.

Tanto enfado no podía ser bueno.

Ocho

10:23

La agente Ferro se sentó en la silla de los interrogados y me miró fijamente. Era joven pero decidida. Y avispada. Demasiado para mí.

—Lo siento, Carlos.

Agradecí que se saltase el protocolo y me tutease.

Era la tercera persona que me daba el pésame, después del forense y del comisario, lo que daba una buena medida de mi fracaso personal.

Pensé en abrir una cuenta en alguna red social.

Eso aseguraría un buen puñado de condolencias.

Dejé de sollozar, me sequé las lágrimas con la mano y tosí para aclarar la voz.

—Gracias, Sandra. Me tienes que disculpar.

—Vengo a ofrecer ayuda. De mi parte y... del resto de los compañeros.

La pausa fue casi imperceptible pero clarificadora. Tras denunciar al Toro Sober por intento de tortura a un sospechoso yo no era lo que se dice el miembro más popular del cuerpo.

—Ya. ¿De todos?

—Bien... de algunos.

—¿Además de ti y de Leo? —No pude evitar el sarcasmo. Sabía que los dos agentes asignados a mi equipo, Leo Santos y la propia Sandra, eran los únicos en los que podía confiar.

—Si necesitas cualquier cosa, avísanos.

Se levantó para marcharse. La detuve con un gesto.

—Espera... Perdona... Te agradezco el ofrecimiento. De hecho, sí que me vendría bien algo de ayuda.

Me miró en silencio durante algo más de lo que manda la jerarquía, pero algo menos de lo que yo pudiese interpretar como un reproche. Ya dije que era avispada.

—¿Qué quieres que haga?

Ahora fui yo el que alargó el silencio sopesando las opciones. La conclusión fue demoledora: no tenía ninguna opción.

—Necesito que averigües quién es este tipo.

—Saqué la nota del bolsillo y la puse sobre la mesa—.

Tal vez esta sea su dirección. Quiero saberlo todo.

En qué trabaja, si tiene familia, por dónde se mueve, si tiene antecedentes.

.. Y cualquier otra cosa que se te ocurra.

También necesitaría una foto. Y dile a Leo que llame a los de la Brigada de Intervención Tecnológica.

Que pregunte por Rouco : en qué andaba metido o si tienen alguna idea de lo que le pasó.

Lo que sea. También querría que hablases con el dueño de la pensión.

Quién alquiló la habitación, si escuchó algo. .. Esas cosas, ya sabes.

—Mañana tendrá un informe completo, inspector.

Con las indicaciones la agente Ferro dejó de tutearme y recuperó las formas.

—No necesito informes. Os pido esto como un favor personal. Acabo de hablar con Lorenzo y tengo las horas contadas en el cuerpo. No creo que llegue al viernes.

No puedo asegurarlo, pero diría que Sandra reprimió un gesto de tristeza. Sin embargo, no dijo nada. Asintió y se fue, tan discreta y eficaz como siempre.

Me quedé solo en el que había sido mi despacho de Distrito Centro en los últimos años. Tendría que meter mis cosas en una caja de cartón, como hacen en las películas. Sería una caja pequeña. Tal vez al día siguiente.

De momento decidí apurar el café, coger la tarjeta SIM y bajar al centro comercial A Laxe a comprar un móvil nuevo.

Y a comer algo con lo que llenar el extraño y doloroso vacío que sentía en el centro del pecho.

Nueve

11:04

Entré en el Othilio y pedí el menú del día sin darme cuenta de que eran las once de la mañana.

No conseguía recordar cuándo había hecho la última comida decente.

Tal vez el desayuno del sábado. Pero el resto del mundo no se había detenido el viernes por la noche y seguía con sus horarios habituales, así que tuve que conformarme con una cerveza y una tapa de jamón asado.

Al acabar hice una breve parada en el Media Markt y recordé la lista de buenos propósitos que llevaba tiempo sin cumplir: cambiar de teléfono, de trabajo y de coche.

La cosa iba por buen camino. También recordé la vieja advertencia: hay más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas.

Por si acaso, supliqué ayuda al vendedor para dejar el móvil nuevo tal y como estaba el viejo.

Decidí no desviarme de las rutinas de cualquier investigación y acercarme al Instituto de Medicina Legal para hablar con Lema.

No esperaba ninguna novedad de la autopsia, pero el trabajo de inspector suele ser poco emocionante.

Cuanto más te alejas de esas rutinas menos lejos llegas en las investigaciones.

Los atajos suelen conducir al infierno de un caso sin resolver.

Entré en el despacho del forense con la incómoda sensación de saber que a escasos metros reposaba el cuerpo rígido y sin vida de Xabier.

Y de que el tipo delgado y arrugado con gafas de pasta pasadas de moda (o de último modelo, no lo tenía claro) que me saludaba desde la mesa llevaba todo el fin de semana revolviendo entre sus vísceras.

—Hola, Carlos. ¿Qué tal? —preguntó sin mirarme, de un modo ritual, concentrado más en el teclado del ordenador que en la vida y la muerte que lo rodeaba.

Tal vez solo intentaba imprimir normalidad a una situación incómoda.

O igual solo se estaba escudando tras sus propias rutinas.

Por supuesto no contesté. No tenía tiempo ni ganas de desahogarme. A cambio hice otra pregunta:

—¿Tienes los informes definitivos?

Levantó la vista un instante, con timidez. Advertí cierto reparo, incluso para ser Lema. Me pareció extraño: eran muchas noches y muchos muertos encima como para andar con miramientos.

—¿Vas a llevar tú el caso?

Joder, las noticias volaban. Si Lema no daba por sentado que me iba a ocupar yo de la muerte de Rouco solo podía ser porque alguien ya le había ido con el cuento. Alguien no. El propio comisario. Estaba perdiendo reflejos. Pregunté por preguntar, porque estaba muy claro:

—¿Ya has hablado con Lorenzo?

—¿Por qué tendría que hablar con el comisario?

Me estaba aburriendo de tanta pregunta y tan poca respuesta. Decidí dejar de hacerme el gallego, pero no fui capaz.

—¿Me vas a dar una copia o me voy?

Removió un instante entre el montón de folios de la mesa y tomó una carpeta con el logotipo de la Unidad de Identificación. Cogió aliento y habló en voz baja.

—Mira, Carlos... Llamó Canedo, tienes razón. No quiere que hable contigo del caso ni que te dé los informes. Y tampoco creo que vayas a encontrar nada en ellos.

Esperé en silencio. Mientras hablaba, alargó el brazo para dejar la carpeta en el extremo de la mesa en el que estaba yo. Encima de la carpeta puso un sobre amarillo grande.

—En este sobre están las cosas que llevaba Rouco encima.

Teniendo en cuenta que eres familiar directo puedes llevártelas.

Solo tienes que firmar aquí —dijo señalando un formulario—.

Ahora... tengo que ir al baño. Mejor vete antes de que vuelva.

Si quieres llamo yo a la funeraria con la que trabajamos para que empiecen a organizar.

Si los del juzgado dan el visto bueno, mañana podrás llevarte el cadáver.

—Ya. Veré. ¿Quién está al cargo? ¿Cambo? ¿Müller?

—No, es una jueza nueva de la sección penal. Celia Torres.

—¿Y los efectos personales de la mujer?

—No puedo, Carlos.

Asentí en silencio. Antes de salir del despacho se dio la vuelta y me miró a los ojos.

Diría que era la primera vez que lo hacía.

—Adiós. Suerte.

No dijo nada más. No hacía falta. Los tipos como él y como yo, con taras sociales evidentes, éramos capaces de leernos entre líneas. Su mirada fue franca y cálida como un abrazo de despedida.

Esperé un momento antes de coger el sobre y la carpeta que el forense había dejado debajo, firmar el formulario y salir del despacho de Lema.

Mientras me iba pensé que muy probablemente esa sería la última vez que visitara las dependencias del IMELGA, en el viejo Hospital Nicolás Peña, como policía nacional.

La mayoría de las veces no somos conscientes de cuándo es la última vez que hacemos algo; la última vez que viajamos a una ciudad, que besamos a alguien o que hablamos con nuestro hermano.

Pero de vez en cuando la vida nos regala la ocasión de despedirnos.

No sabía muy bien qué hacer con ese regalo, así que me subí al coche, dejé la carpeta y el sobre en el asiento de atrás, encendí el motor y me marché de allí con el mal presagio de que, en realidad, aún me quedaba una forma de visitar esas instalaciones por última vez.

Diez

15:20

El nuevo polígono de Navia comparte leyenda urbana con la Gran Muralla china: la gente afirma que se puede ver desde el espacio.

Vigo está atestado de colmenas como esa.

Y se ve que a los vigueses nos gustan, o no nos deben molestar lo suficiente, porque los políticos, los arquitectos o quien coño fuese volvían una y otra vez, década tras década, anillo periférico tras anillo periférico, repitiendo el mismo esquema: bloques de cemento uno detrás de otro, sin medida en las alturas y en las formas, con alguna gota de color para disimular la masacre paisajística y, probablemente, con mucha comisión ilegal escondida en sus cimientos.

Lo único bueno era la gente que acababa ocupando esos panales: abejas trabajadoras, muchachada joven y testaruda que no quería marcharse de su ciudad.