La ira de los mansos Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #4
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Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #4

El domingo lo pasé en un duermevela inhóspito, entre el agotamiento y la tristeza, y el lunes llegó dejando un rastro difuso del fin de semana en mi débil memoria.

Lo único que recordaba con claridad era el cuerpo colgado de Rouco.

Y aquella imagen en la que un hombre obeso y desnudo descendía por la escalera del infierno acompañado por un niño, también sin ropa.

No podía verse con claridad la cara del hombre, pero en la cara del crío podían leerse todos los capítulos del libro del sufrimiento humano.

Cuando llevas tanto tiempo asomado a los sótanos del alma llegas a pensar que ya nada te afectará.

Llevas el tufo tan metido en la nariz que eres capaz de limpiar cualquier letrina mientras almuerzas.

Rouco me había avisado de que en la BIT era peor.

Que mi trabajo de mierda atrapando a asesinos no tenía nada que ver con su trabajo de mierda descargando y revisando fotos y vídeos.

Viendo el material pensé que quizás tuviera razón.

Además, en mi caso, oro sobre azul, llovía sobre mojado.

Porque el chiquillo de las fotos, de unos diez u once años, pertenecía a ese colectivo de personas que el resto calificamos de retrasados.

Una tribu que yo conocía bien, y con la que, a diferencia del delegado de Mongolia, no me importaría que me comparasen.

Sentí otra vez aquel viejo asco que me había asaltado delante del cadáver de Violeta.

Y el asco trajo de la mano a su hermana, la rabia.

Tuve que aferrarme a ese fuego para no desfallecer.

Cuántas veces prende la vida en el deseo de venganza.

También brotó un ligero sentimiento egoísta cuando caí en que por fin tenía el pretexto para llamar a Lorena.

Me odié por ello y odié a Lorena por necesitar excusas.

Además del enlace, el correo incluía dos nombres y dos direcciones.

El primer nombre era el de mi hermano, junto a unas señas en Montero Ríos.

El segundo nombre me sonaba de algo. Lo anoté en un papel, junto a la dirección que lo acompañaba, y salí de casa con la sensación de ser una hoja seca en mitad de un vendaval.

El viernes me había levantado aburrido, pensando si llamar a Lorena o dejar pasar los meses para hacerme el interesante.

Hasta que una ráfaga de acontecimientos deshilachó el aburrimiento como el caprichoso aquilón deshace la niebla de los primeros días de otoño.

Cuando llegué a comisaría fui recibido por el embarazoso silencio de la muerte.

Yo tampoco sé bien qué decir tras el fallecimiento de un compañero.

Y aún menos sabría darle el pésame al hermano del finado, un inspector arisco, poco hablador y escasamente querido en el cuerpo.

Todo eran caras largas y ajenas, de esas que se ponen cuando no se sabe o no se quiere decir nada.

Me sentía, al mismo tiempo, invisible y señalado, lo que resultaba claramente incómodo para todos.

No sé muy bien por qué, pero recordé a Pedro, el chaval con síndrome de Down al que libré de un cargo por asesinato. Creo que él también solía sentirse así.

—Buenos días, Carlos. No has debido venir. Ya te dije que te tomaras unos días de descanso.

El comisario fue el único que me dirigió la palabra. Aún tendría que darle las gracias.

—No tienen nada de buenos. Y no pretenderás que me quede en casa a lamerme las heridas. Tengo que averiguar qué le pasó a Rouco.

—Mira, Carlos, te voy a retirar del caso.

Acaba de llamarme el comisario provincial.

Ya sabes que los de arriba llevan mucho tiempo preocupados contigo.

Estoy a punto de recibir el informe del instructor sobre tu expediente disciplinario.

Lo que te voy a decir es extraoficial hasta que no lo reciba, pero.

.. te van a suspender. No solo por la acusación sin pruebas a Telmo.

Son muchas cosas, Carlos, siempre has ido por libre.

No puedo asignarte ningún caso nuevo, dadas las circunstancias.

Y lo que faltaba para acabar de joderlo todo es que te pongas a husmear en una investigación en la que está involucrado tu hermano.

Involucrado. Manda cojones. No estaba involucrado. Estaba muerto. Y, pese a todo, me sorprendió el tono casi dulce del comisario Canedo. Se estaba ablandando con la edad. O sabía que aún quedaba el peor trago. Decidí bajarlo de golpe.

—Ahora mismo solo estamos dos inspectores operativos para la UDEV. No me estarás diciendo que le vas a dar el caso a Telmo.

—Será provisional. En cuanto reciba el dictamen solicitaré que nombren a otro inspector. Te prometo que este caso será el primero que le asigne. De todos modos, pinta claro. Disculpa mi franqueza, pero no parece que haya mucho que rascar.

Estupendo. La muerte de Rouco investigada por Telmo Toro Sober, el mismo inspector causante de mi expediente disciplinario, un gañán sobrado de testosterona que se moría de ganas de hundir mi carrera profesional.

Como para irle con el asunto de las fotos y del hacker.

Y con el trabajo medio hecho, porque si el comisario daba por buena la versión del asesinato-suicidio Telmo no iba a poner muchas piedras en ese camino.

No iba a dar tiempo ni a que nombraran a mi sustituto.

Antes de que terminara la semana Rouco estaría doblemente archivado.

—Lorenzo, venga, ¿de verdad vais a dar carpetazo sin más?

Rouco no tenía la culpa de ser mi hermano, no la tomes con él.

El caso de un agente muerto no se archiva sin sacarle las tripas a cada bicho que pulula por la calle.

Los chotas habituales y los esporádicos tiemblan cuando escuchan que ha muerto un policía.

Saben lo que toca. Ahora mismo deben de estar haciendo sus propias averiguaciones para tener algo que ofrecer cuando les vayamos con nuestras amables solicitudes de colaboración.

—Las cosas son más complicadas. —El comisario siempre tan sutil; había dicho complicadas como quien dice atravesadas—.

Tengo al comisario jefe con la lupa puesta en todo esto.

En cuanto la prensa sepa del asunto van a saltar como perros de presa.

El tema de la violencia de género despierta muchas suspicacias en estos tiempos y tenemos que ser cautelosos.

No puede parecer que queremos exculpar a un miembro de la Policía Nacional a cualquier precio.

—No tiene que parecer nada. Solo tenemos que hacer nuestro trabajo.

—Claro, claro. Pero deja que lo hagamos nosotros.

Tú ya tienes bastante encima. Si los de la Científica encuentran cualquier indicio que no concuerde con un suicidio sacaremos toda la artillería.

Te lo prometo. Coge los días que te quedan y vete a casa.

Entierra a tu hermano. Descansa. Piensa en tu futuro.

Tengo contactos en la seguridad privada.

Si quieres puedo hacer algunas llamadas.

Se fue dándome una palmada en el hombro, sin mirar atrás. Yo, en cambio, no podía hacer otra cosa que mirar atrás.

No tenía otro lugar al que mirar.

Siete

10:12

Empezaba a acumularse el chollo. Rouco. El pirata informático.

El expediente. Muchas cosas como para irme a casa a descansar.

Pero en una cosa tenía razón el comisario: tenía que enterrar a mi hermano.

Y darle la noticia a nuestro padre. O ya debería decir «a mi padre».

Me encerré en el despacho para decidir en qué orden hacerlo, pero no había mucho que decidir.

No podía eludir la llamada. Otro trago amargo.

Calenté café y marqué un número que me costó recordar.

—Hola, Carlos. Cuánto tiempo. ¿Qué necesitas?

Ahí estaba. Tanto tiempo sin hablarnos y lo primero que hacía era insinuar dos reproches en seis palabras. El tipo era un genio.

—Hola, papá. Sí, cuánto tiempo sin llamarnos . No necesito nada.

—Entonces, ¿para qué llamas?

Dos frases. Y ya era suficiente. Sería la deformación profesional, pero prefería relacionarme con cualquiera de mis clientes habituales: drogadictos, ladrones, asesinos.

El vertedero moral de la sociedad. Gente mucho más franca y directa, y que no me hacía sentir tan miserable.

Jugábamos a un juego de igual a igual en el que a veces ganaban y a veces perdían.

Con mi padre no era así. Nunca había sido así.

Sentí que se agolpaban los recuerdos y la rabia, y dejé de fingir cordialidad. Le solté la noticia sin piedad:

—Llamo para decirte que Xabier ha muerto. O lo mataron, aún no lo sé. Recibirás las cenizas un día de estos. Por SEUR, que nos hacen precio a los de la Casa. Puedes ponerlas al lado de las de mamá.

No esperé a escuchar cómo me echaba la culpa.

Quise colgar, pero tenía las manos sudorosas y la pantalla táctil no respondía a mi orden, así que tiré el móvil contra la pared.

Reventó mientras la agente Ferro abría la puerta de mi despacho, tapándose la cara con las manos para esquivar los pedazos.

Me miró con más pena que miedo. Otra mujer que me conocía bien.

A veces pienso que soy un libro abierto para ellas.

Sandra era mi mejor agente, algo que podría parecer menos meritorio de lo que en realidad era, teniendo en cuenta que con la crisis habían quedado solo dos operativos en la unidad.

Se agachó a recoger los pedazos de mi vida sin decir nada.

Yo me dejé caer en la silla de IKEA y comencé a llorar de nuevo, como un niño que ha suspendido el curso y sabe que se ha quedado sin vacaciones de verano.