La ira de los mansos Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #3
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Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #3

Asintió, bajó la vista y sujetó aún más fuerte el maletín antes de largarse.

En una habitación cerrada con dos muertos las hipótesis de trabajo son muy limitadas.

Y la información preliminar del forense dejaba poco margen a la imaginación.

En otras circunstancias estaría frotándome las manos delante de un caso resuelto antes de comenzar la investigación.

Un caso típico de hombre-mata-a-mujer-y-luego-se-suicida . Un caso típico de mierda.

El novato seguía en el baño, así que estaba yo solo ante toda aquella riza.

Mi hermano era un zopenco torpe y sin miramientos, pero no lo imaginaba capaz de algo así; claro que tampoco entendía qué otra cosa podía haber sucedido.

Todas las demás combinaciones posibles llevaban a conclusiones absurdas: ¿primero Rouco se suicidaba y después alguien entraba en la habitación para asesinar a la mujer?

¿Y qué hacía entonces la mujer en el cuarto con su hombre colgado del techo?

¿O alguien entraba en la habitación y, tras matar a la mujer, se iba dejando que mi hermano rematase la faena?

A ver, que los policías no somos idiotas.

No podía descartar la opción de que alguien simulara el suicidio y hubiera montado aquel quiosco para dejar un escenario con manual de instrucciones.

Pero faltaban motivos y sobraban evidencias.

No es fácil suicidar a alguien por la fuerza y que el forense lo pase por alto: marcas defensivas, signos de violencia alrededor, en fin, lo normal.

Lo normal en mi trabajo, quiero decir. Por eso no conseguía apartar la vista de su cuerpo, del suelo, de la cama.

Andaba buscando algo que no encajara, que exculpara a Rouco, pero no tenía claro qué buscaba exactamente.

O, tal vez, no encontraba nada porque no había nada que encontrar.

Me eché a llorar de repente, sin transición.

Rouco había muerto, o lo habían matado, daba igual.

Mi hermano. Puta vida. Asco de trabajo. De pequeño quería ser policía.

Y me había pasado toda la vida intentando alcanzar lo que quería ser.

Pero al llegar me había dado cuenta de que yo era, en realidad, todo lo que había hecho para llegar hasta allí.

De que lo que yo era ya se había quedado atrás.

Cuatro

Sábado, 6 de mayo de 2017 10:17

Desperté con la sensación de que todo había sido una pesadilla. De que Rouco aún debía de estar esperando mi llamada después de tanto tiempo separados por un muro de orgullo. Hasta que el aturdimiento del sueño pasó y el dolor fue anegándolo todo de nuevo.

Estaba hambriento. Era tarde. El cuerpo echaba cuenta de las horas sin probar bocado, le daban igual mis congojas.

Lo engañé con un café solo doble y me metí en la ducha, consciente de que no había agua suficiente en el mundo para lavar tanta suciedad.

El comisario, en un arrebato de generosidad, me había sugerido por teléfono que me tomase un par de días de descanso.

Dos días. Bien, el sábado y el domingo eran dos días.

Serían suficientes. Y el lunes volvería a comisaría a escarbar en las montañas de basura que fueran necesarias para encontrar las respuestas que necesitaba.

No podía dejar marchar a Rouco así, como un miserable asesino de mujeres.

Ese era el plan. Pero no sería un buen policía si no supiese que la vida es poco amiga de los planes.

Los policías que se empeñan en seguir los planes tienen por costumbre acabar muertos.

Como Rouco. Por eso cuando recibí una llamada del mismo número desconocido de la noche anterior un escozor incómodo recorrió mis tripas de perro viejo.

Contesté con una sensación de mal presagio:

—¿Sí?

—Buenas tardes, inspector.

—Disculpe, pero no tengo su número guardado. ¿Con quién hablo?

—Eso no es importante. Escuche con atención. Creo que le ha pasado algo a su hermano. Yo puedo ayudar. Pero tengo dos condiciones.

La voz parecía de alguien joven y nervioso, a pesar de sus esfuerzos por disimularlo.

Colgué, por supuesto. ¿Qué descarado malnacido tiene los huevos de poner condiciones a un inspector de la Policía Nacional?

Pero en cuanto pasó el relámpago me di cuenta de que no era fácil conseguir mi número de teléfono.

Y de que aún nadie sabía lo de Rouco, que descansaba en la nevera de Lema, pendiente de la autopsia.

Demasiadas improbabilidades para tratarse de un periodista o de un gracioso con ganas de llamar la atención.

Busqué el número en el registro del móvil y pulsé el icono de llamada. No llegaron a sonar ni dos tonos.

—Hola de nuevo, inspector.

—¿Quién coño eres? Y no me vengas con tonterías o cuelgo de nuevo.

Igual me estaba pasando de desconsiderado, pero a fin de cuentas él había llamado primero. Algo querría.

—Puede llamarme Atticus. Y tengo algo para usted.

—¿Qué es?

Ahora íbamos más despacio. No se deben subestimar los preliminares. Sientan las bases de una relación. Establecen una jerarquía, unos límites. Son la esencia de la civilización. De no ser por ellos, seguiríamos en la selva.

—Antes las condiciones, si no le importa.

—¿Y si me importa?

—Dejamos aquí la conversación y se acabó el asunto.

Callé. Lo que no era exactamente un modo de otorgar. Pero ya habría tiempo de colgar.

—La primera es que yo no existo. Nunca he hablado con usted. No servirá de nada que rastree este número o que mencione mi existencia.

—¿O si no?

—Me voy a fiar de su palabra. Y usted se va a fiar de la mía si le digo que no le conviene.

—¿Me estás amenazando?

—No. Estoy fiándome de su palabra.

Ya me estaba aburriendo de tanto preliminar.

—¿Y la segunda?

—Como ya le he dicho, creo que su hermano tiene problemas.

Estábamos trabajando juntos en un asunto.

—Rouco ya no tenía ningún problema, pero el tal Atticus no parecía tener todos los datos, así que le dejé seguir—.

Lleva varias horas sin comunicarse conmigo y.

.. El caso es que me pidió que le llamara si le ocurría algo.

Y que le hiciera llegar cierta información.

—Si sabes algo que nos pueda interesar deberías pasar por comisaría y hacer una declaración formal.

—No es tan fácil. Para empezar, yo soy solo un... intermediario. Estoy haciéndole un favor a Rouco.

De todo lo que estaba contando había una cosa que me interesaba.

—¿Has dicho que trabajabas con él?

—Sí. Estábamos detrás de algo importante. Conseguimos ciertas pruebas. Rouco me pidió que se las enviase si le pasaba algo. La segunda condición es que se haga cargo de la investigación.

Volví a quedarme callado. No entendía muy bien de qué iba el asunto, pero parecía evidente que aquel tipo sabía algo. Y también que tenía mucho que ocultar.

—Bien... Atticus. Pides mucho. ¿Por qué no me cuentas todo a ver si me aclaro?

—Antes quiero que me diga si acepta las condiciones.

—Solo puedo prometer que haré lo que pueda. Pero no sé qué pruebas son, a quién deberían incriminar ni de qué se le acusa. Con tan poco no puedo prometer nada más.

—¿Y la primera?

—Nunca hablamos. No existes.

Y en esa ocasión fue él quien colgó.

Cinco

10:36

Encendí el ordenador y abrí la página de la base de datos de la Policía Nacional.

Coloqué el cursor en el campo «Teléfono» y tecleé el número registrado en mi móvil.

No sé qué esperaba encontrar, porque si el tipo no era un completo idiota habría llamado ocultando el número.

Eso retrasaría la búsqueda dos o tres días, entre conseguir la orden judicial y obtener la información de la compañía.

Por eso cuando la página devolvió un conciso «Número no encontrado» no me sorprendió demasiado.

Lo que sí me sorprendió fue el zumbido del teléfono y ese número de nuevo en la pantalla.

—¿Sí? ¿Atticus?

—Empezamos mal, inspector.

—¿De qué estás hablando?

—Quedamos en que no rastrearía este número.

Casi me ahogo con la tos. El chico era bueno. Muy bueno. Un hacker o algo así.

No supe qué decir.

—No se lo repetiré. No soy nadie. Solo quiero hacer justicia. Y ayudar a su hermano.

Llegaba tarde para ayudar a Rouco, pero lo dejé pasar.

—¿Quién es el pobre diablo?

—¿Cómo?

—El tipo al que quieres meter en el talego. ¿Qué hizo para cabrearte así?

—Sin preguntas, inspector. Abra el correo electrónico.

—Ya. Pues nada, ya me ocupo. ¿Cuándo vas a enviar...?

Y volvió a colgar.

Hijo de... Decidí tragarme el orgullo, pensar en Rouco y seguirle de momento el cuento al tal Atticus, aunque abrí la cuenta de correo con cierta inquietud: los servidores de la Policía Nacional eran unos ordenadores viejos que siempre estaban al límite.

El hacker debía de estar muriéndose de risa.

De no ser por el recuerdo de la mirada vidriosa y perdida de mi hermano yo también me reiría.

Allí estaba. El último de cuatro mensajes sin abrir.

Con el asunto «Almablanca» y un remite extraño a mis ojos de cateto tecnológico: atticusfinch@ kjkj .

com . El amigo debía de conocer nuestro percal porque no había ningún archivo adjunto que obligara al servidor a rechazar el mensaje.

Tan solo un enlace. Una de esas direcciones con números separados por puntos y sin ninguna letra.

Lo que los asesores informáticos llaman direcciones IP de la internet profunda.

Esos en los que insisten tanto que no debemos entrar desde nuestro domicilio o sin el apoyo técnico adecuado.

Cliqué sin dudar y lo que apareció en la pantalla me golpeó como Apollo a Rocky Balboa en el Philadelphia Spectrum. Me quedé mudo y sin aliento, con miedo de tocar siquiera el ratón, delante de aquellas imágenes.

Y juré que nunca volvería a ignorar los consejos de los asesores informáticos.

Seis

Lunes, 8 de mayo de 2017 08:30