Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO #2
Finalmente abrí un cajón y saqué un folio con la portada impresa del ejemplar de un viejo periódico.
Lo dejé encima de la mesa, mirando para ella.
Era del 25 de agosto de 2007. Antes de conocernos.
Antes de todo. Rastreó con la mirada las noticias hasta dar con un apunte que ocupaba dos columnas a la izquierda del pie de página.
«La Audiencia provincial archiva la causa contra el director del colegio San Gabriel por presuntos abusos a un alumno».
Apoyó el dedo sobre el texto y yo hice un vago gesto afirmativo mientras hacía una pregunta de la que ya sabía la respuesta:
—¿Conoces al alumno?
Lorena no dudó al contestar. Recordaba perfectamente a cada usuario que había pasado alguna vez por Alza-Down.
—Sí, claro. Pero hace mucho tiempo de eso.
Había llegado el momento. No como pensaba que lo haría, ni como me hubiera gustado, pero allí estaba.
Ya no sabía si agradecer o lamentar la coincidencia.
Vigo es una ciudad pequeña y muy rastrera.
Una gran tela de araña en la que miles de moscas viven una ilusión de libertad, esperando el turno para un banquete del que son, sin saberlo, el plato principal.
Tal vez desde algún sitio elevado se pueda distinguir fácilmente el dibujo, la matriz del tejido, el patrón en el tapiz.
Tal vez. Yo no estaba en ningún sitio muy elevado, pero desde mi pequeño mirador vislumbré por un instante el enrejado de casualidades, la apretada trama, la falsa ilusión de profundidad, como en esos cuadros de Escher, bajo una perspectiva engañosa de apariencia teselar.
De pronto toda la verdad, los motivos que me habían empujado a llamar a Lorena comenzaron a pesar de más y mi patética condición de insecto a merced del destino se reveló en su verdadera magnitud.
Y supe que no hay disfraz que le permita a Ulises escapar de Poseidón, ni atajos para volver a Ítaca.
—¿Te das cuenta de que es la tercera vez que uno de tus chicos necesita mi ayuda?
Parece que atraen los problemas. —No dije nada más.
No le hablé de mi hermano ni le expliqué que, si alguien atraía los problemas, ese era yo.
Tampoco le dije que no se puede huir de las cuentas pendientes porque las cuentas pendientes son siempre con uno mismo.
Me miró de frente con sus hermosos ojos tristes. Estuve a punto de atragantarme con el café.
—Vivimos en un mundo lleno de mugre y todo el que puede se la quita de encima hasta que acaba cayendo sobre los que están más abajo. Y «mis chicos» ya no tienen a nadie debajo. Tú conoces bien las cloacas del ser humano. No debería extrañarte.
—De hecho, lo que me sorprende es otra cosa.
—¿El qué?
—Ese cinismo nuevo que destilas. Espero que no lo hayas aprendido de mí.
No respondió. No le hizo falta. Bastó una leve elevación de su ceño para hacerme sentir sucio y miserable por mis palabras.
—¿Sabes algo del caso? ¿Hay novedades?
—Puede ser. Pero ¿qué gano yo?
No sé por qué lo dije, si no tenía alternativa.
Si había sido yo quien la había llamado, quien necesitaba a Lorena más que ella a mí.
Supongo que por miedo. Y porque seguía resentido.
Conmigo mismo por no llamarla. Con ella por no buscarme antes.
Con sus chicos porque ellos eran lo primero y lo último en su exigua lista de prioridades. Con Argos por dejarse acariciar.
—Si me informas de tus tarifas veré qué podemos hacer.
No me gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación. Decidí volver sobre mis pasos.
—Perdona. No me refería a eso.
—¿Y a qué te referías?
—No lo sé. Deja que te cuente todo desde el principio, anda.
En esa ocasión fue ella la que asintió. Y, sin saber muy bien cómo, me vi de nuevo hablando con Lorena de un asunto turbio del que sabía, para mi desgracia, más de lo que podía contar, que casi con toda seguridad no podría resolver y del que tenía la certeza de que iba a obtener menos provecho que motivos para lamentarme.
Pero durante las dos horas que me llevó contárselo todo fui feliz. Casi tanto como Argos.
Dos
Tres semanas antes Viernes, 5 de mayo de 2017 23:25
La mayor parte del tiempo contemplamos el futuro con la sensación de que podemos horadar con nuestra corta vista el espeso foso de niebla que es el porvenir.
Imaginamos con arrogancia cómo será la semana que viene, el mes que viene, el año que viene.
Hasta que llega la sorpresa, el estupor, el relámpago inesperado, y volvemos a tomar conciencia de la solidez vítrea de la que estamos hechos.
Eso fue lo que me ocurrió cuando vi colgado del techo el cuerpo sin vida de Rouco: el espejismo se rompió en mil pedazos al contemplar los pies descalzos y violáceos de mi hermano, columpiándose de un modo absurdo sobre la silla volcada de una pensión de mala muerte.
Un agente novato vaciaba el buche en el váter mientras los de la Científica gozaban de la noche.
Esperé hasta oír el ruido de la cisterna; de todas formas, el juez iba a tardar: estaba levantando otros dos cadáveres en una escabechina en el túnel de Beiramar.
Y a Rouco ya le daba igual lo que durase la fiesta.
—¿Qué, el primer cadáver que te comes?
Era un modo de hablar, pero el agente, un pepinillo de uniforme aún sin gastar, debió de tomárselo en serio porque tuvo que reprimir otra arcada mientras salía del baño.
—Sí.
—Venga, hombre, tranquilo. A fin de cuentas, este está entero y limpio. Los suicidas a veces montan unos circos del carajo. Aún me acuerdo del que se tiró al tren en Arcade hace unos años. Tuvimos que ayudar al forense a recoger los trozos entre todos.
No sé por qué lo dije ni el motivo de mi ataque de frivolidad.
No tenía nada en contra del novato, que dio la vuelta de nuevo hacia el retrete, pero supongo que estaba enojado con mi hermano por tirar la toalla.
O conmigo mismo por no haberlo visto venir.
Crees que conoces a alguien y, de repente, lo encuentras con un cordel alrededor del cuello y la lengua desarbolada en un destierro oblicuo y definitivo.
Lo cierto es que llevaba tiempo sin hablar con él y no puedes ver venir lo que no tienes delante.
Era huraño y obstinado, aunque en eso los dos peleábamos por el primer puesto.
Metido a tocateclas en un grupo de apoyo de la Brigada de Intervención Tecnológica.
Acoquinado por una fulana que le había sorbido la sonrisa y la salud.
Apodado Rouco desde los tiempos de la Academia por tener la costumbre de gritar como un jabalí.
Pero también era un Manso. Me jodía, aunque lo odiase.
Y bien que lo odiaba. Me había dejado el marrón de darle la noticia a nuestro padre.
La cosa era que yo no debía estar allí. Y no por la razón obvia de ser familiar del muerto.
Cuando estás de guardia estás a todo. En el cuerpo no nos andamos con sutilezas de nouvelle cuisine ni escrúpulos de toilette .
No debía estar allí porque un suicidio no es motivo suficiente para sacar del catre a un inspector de la Unidad de Delitos Violentos.
Yo estaba allí porque sobre la cama de la pensión de mierda descansaba otro cadáver. El de la fulana.
Demasiados muertos para una ciudad tan pequeña.
Tres
23:45
Mi móvil echaba humo. En la media hora que llevábamos en el Casa Moderna, motel por horas de nombre sobreactuado, ya había recibido tres llamadas: la del juez, para anunciar que los bomberos aún no habían conseguido excarcelar al segundo cadáver del accidente del túnel y que llegaría con retraso; la del comisario, para interesarse por un caso en el que estaba implicado un miembro de la Nacional y, ya que llamaba, darme el pésame; y la de un número desconocido al que no respondí.
Teniendo en cuenta que pasaban de las once, había cubierto con largura la cuota de llamadas para una noche de viernes.
He ahí toda la vida social de un inspector.
Tampoco esperaba ninguna llamada de consuelo.
Los tipos duros no lloramos. No vomitamos delante de dos muertos.
Ni siquiera cuando uno de ellos es tu propio hermano.
Pero, poco a poco, a medida que el forense iba empaquetando las muestras, la sorpresa y el cinismo fueron dejando paso a un hueco que dolía.
No conseguía recordar la última vez que habíamos hablado.
Daba igual. Ahora la última imagen sería la de su rostro desangelado por la presencia de la muerte inesperada y su cuello rendido en un ángulo imposible.
Antes de irse, Lema se quedó de pie, enfrente de mí, con el maletín en la mano, sin atreverse a mirarme a los ojos. No era un tipo muy espabilado para las relaciones sociales, pero ¿qué forense lo es?
—Oye, Carlos... Lo siento...
—Venga, Lema, no te esfuerces. Dime qué has encontrado y vete.
Le estaba haciendo un favor, no un desprecio. Yo lo sabía. Él también.
—Bien, a falta de los resultados definitivos de la autopsia... Tu... Rouco ... murió asfixiado. Petequias en el rostro, surco profundo en la piel del cuello, el hioides astillado...
—No doy crédito. ¿Y qué me dices de ella?
—Lo de ella... es otra historia.
Lo miré de reojo. Un forense suele tener menos escrúpulos para hablar de la muerte que amigos en Facebook. Nadie tenía constancia de que Lema tuviera amigos.
—¿Qué quieres decir?
—Muerte violenta. Las marcas en la garganta son horizontales y amplias. Tiene hemorragias en las escleróticas. La pinta es de asfixia mecánica. O sea, estrangulamiento. Pero todo esto son impresiones a primera vista, el lunes tendré los informes completos.
—Ya, ya. Márchate, venga. Gracias por todo. Oye... Una cosa... ¿Puedes llamar tú a Cris?