La ira de los mansos Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO
44%

Primera parte. LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO

Primera parte LAS ALMAS LAS CARGA EL DIABLO

Habla para que yo te vea.

S ÓCRATES

Uno

Sábado, 27 de mayo de 2017

El ruido de Argos mordisqueando la pata de la silla estropeaba algo el panorama, pero no quería enfadarme con él por tan poco.

No lo merecía. Desde la galería del despacho de Manso y Asociados gozaba de una vista apacible del mar, acogido en el abrazo de la ría, como un gran monstruo mitológico domado.

El chasquido de los dientes contra la madera era un precio modesto por semejante perspectiva.

Por otra parte, me tranquilizaba el hecho de que la silla no fuese mía, dado que vivíamos de alquiler.

En el muelle, más allá del paseo de Montero Ríos y de las bandadas de turistas noctámbulos que revoloteaban alrededor de los locales de moda, destacaba un elegante velero de bandera francesa, como una gran sombra recortada contra la luna.

Era fácil dejar volar la imaginación, retroceder al Vigo de 1878 y vislumbrar el yacht Saint Michel; y si aguzaba la vista, distinguir a monsieur Verne paseándose por cubierta, una figura grande y encogida, a contraluz, deslizando su mano por la baranda de babor.

La brisa nocturna de un mayo casi estival llevaba el aroma a salitre y gasóleo hasta la sede social de nuestra pequeña empresa.

Manso y Asociados en realidad solo tenía un asociado: el perro mestizo, viejo y de pelo gris que me miraba con cara triste mientras destrozaba el mobiliario, y que tendría que asumir todas las deudas del negocio cuando yo muriera.

Las sociedades limitadas son así: hay que estar a las duras y a las maduras; no puedes cargarle tu falta de pagos al contribuyente ni socializar las pérdidas entre los accionistas.

No podía quejarme. La vida o los dioses me habían traído hasta aquí.

Y la vida, o los dioses, te llevan a donde les das motivos.

Tras veinte años de ejercicio profesional, con una carrera brillante coronada por una hermosa placa de inspector de policía, me había acabado pasando al sector privado.

Por culpa de las malas compañías, de una personal y poco ortodoxa forma de interpretar las leyes y de algún que otro arrebato de sinceridad.

Pero, como cantaba Janis Joplin, la libertad es otra forma de decir que ya no te queda nada que perder.

Así que ahí estaba, mirando al mar, sin nada más que perder que lo más valioso e inútil del mundo: el tiempo. Y la pata de una silla.

En esencia libre, se podría decir.

¿Y por qué iba a diñarla yo, que aún no había cumplido los cincuenta, antes que mi viejo compañero? Porque la vida, o los dioses, le tenían más afecto a él que a mí. Y porque yo les ofrezco a menudo numerosos motivos donde escoger y el bueno de Argos no les ha dado nunca ninguno.

En contra de lo que pueda parecer no me llamo Ulises. Me llamo Manso. Carlos Manso. Y soy investigador. Aunque el pequeño detalle de carecer de licencia me obligara a inscribirme en el epígrafe de asesores de la Seguridad Social.

Detrás del balcón desde el que me asomaba a la ría, en un edificio casi coetáneo de Verne, se abría un despacho amplio, un loft luminoso, pero con un tufo a polvo viejo y humedad que no conseguía eliminar por mucho que lo airease.

Algún día debería intentar limpiarlo a fondo.

Un sexto sin ascensor que lo único que tenía de bueno eran las vistas, algo que ni siquiera era suyo.

Pero tanto Argos como yo teníamos motivos para estar allí, casi más él que yo, y en Manso y Asociados todos los socios tenían voz y voto.

Contemplar el mar tomando café. En eso iban camino de convertirse nuestras vidas: en una sucesión de tiempos muertos interrumpidos ocasionalmente por recuerdos.

Como dos viejos que han perdido la esperanza.

Pero antes teníamos algo que hacer, una cuenta o dos que saldar.

Y eso, en buena medida, nos mantenía vivos.

Esa mañana había hecho una llamada que llevaba tiempo quemándome en el teléfono. Necesitaba ayuda para liquidar esas deudas. De alguien que había conocido varios años atrás y que ansiaba ver de nuevo. A pesar de que sabía que volver a un sitio no es lo mismo que no haberse marchado nunca.

El perro levantó extrañado las orejas cuando escuchó el sonido poco habitual de la vieja aldaba que hacía las veces de timbre.

Los sábados a las diez de la noche no acostumbraban a llamar a nuestra puerta.

Aunque para ser completamente sincero el día y la hora eran lo de menos.

En general no solían llamar a nuestra puerta.

La cuestión era que yo esperaba la visita. Él no.

Argos me siguió con curiosidad hasta la entrada, dejando por unos momentos tranquila la silla de la galería.

Mis pasos, a diferencia de los suyos, despertaban extraños crujidos en la madera del suelo.

Dejé la taza vacía en la mesa y, por un instante, justo antes de abrir, recordé la Glock de segunda mano, cargada y oculta bajo un par de sobres con la cabecera falsa de la Policía Nacional en el tercer cajón de la mesa, junto al permiso de armas caducado.

Había mucha gente interesada en dar con nosotros.

Inconscientemente dirigí la mirada hacia el animal, buscando algún signo de inquietud.

Como no pude distinguir nada más que aburrimiento, levanté la vista confiado hacia el hueco que se iba agrandando tras la puerta.

Y entonces ocurrió. Podría decir que durante unos instantes vi pasar la vida ante mis ojos, pero estaría faltando estrictamente a la verdad.

Vi pasar, concretamente, un año de mi vida; el año en el que había conocido a la mujer que me miraba desde el quicio: menuda y hermosa, segura y frágil, tal y como la vi por primera vez en la sala de interrogatorios de la comisaría, a pocas calles de donde vivía ahora; quizás con un par de arrugas nuevas que no conocía pero que de ningún modo estropeaban el conjunto.

Más bien realzaban su habitual aspecto de aguerrida partisana, de comandante de una résistance oculta.

Unos años atrás había conocido a Lorena, directora de la asociación de Vigo para el síndrome de Down, empeñada en resistir contra el mundo y cumplir, como buena miliciana de un ejército no regular, el único objetivo de dejar de ser necesaria.

Y gracias a ella había descubierto también que en los salones nobles de mi alma habitaban una multitud de prejuicios, como parásitos indeseables que uno tolera sin darse cuenta, a fuerza de convivir con ellos.

—Lorena. —No se me ocurría nada más que decir. Cuando me quedé solo con Argos se me ocurrieron un montón de cosas que podría haberle dicho al verla aparecer después de tanto tiempo. Qué sé yo, por ejemplo, «hola».

—Carlos.

Maldita sea. Ella, en cambio, siempre supo desarmarme.

—¿Puedo pasar?

Todo estaba en silencio, pero en mi cabeza comenzó a sonar Dooley Wilson tocando el piano y el ático se transformó, sin previo aviso, en un trasunto del Café de Rick.

—Claro, adelante. Cuánto tiempo.

—Sí. Mucho.

El despacho solo disponía de un par de sillas a ambos lados de la mesa principal. Cogí la mía y la cambié de lado, aunque antes de sentarme vacié el filtro de la cafetera y lo cargué con tres cucharadas colmadas de café.

—¿Quieres uno?

—Veo que sigues fiel a tu adicción. No, gracias. ¿Y este perro? ¿Es tuyo?

—En realidad, no. Vive aquí porque... Porque esta es su casa. Una larga historia.

Como ya me conocía solo sonrió y no preguntó más.

Se lo agradecí. Pobre de mí. Podía fingir que aún no había llegado el momento de tirar de ese hilo, que aquella visita no tenía que ver con todo; como si pensara que solamente era un pequeño regalo del destino.

Como si no supiese que el fracaso, como el éxito, es solo la mitad de un camino que no lleva a ninguna parte.

Y que las almas las carga el diablo. Rascó a Argos detrás de una oreja y lo dejó tumbarse a su lado.

Yo tenía ganas de hacer lo mismo, pero pensé que resultaría raro.

—Me han dicho que ya no estás en la Policía.

Cogí la taza vacía y un sobre de azúcar del cajón mientras el agua gorgoteaba en la jarra.

— En Casablanca soy dueño de mi destino .

—¿Cómo?

—No hay mucho que contar. —Encogí los hombros—. Era cuestión de tiempo después del incidente que tuve con Toro Sober, uno de mis colegas, seguro que lo recuerdas. En el cuerpo no son bienvenidos los que agreden y denuncian a sus compañeros.

Me miró con ternura. La había conocido en circunstancias complicadas y ambos sabíamos que me había jugado el tipo por ella.

Algunos días de lluvia aún me dolía el quinto metacarpiano de la mano izquierda.

Ahora, viendo la deuda pendiente en los ojos de Lorena, el dolor parecía lejano y poco importante.

Tras aquello y durante mucho tiempo esperé que mantuviera el contacto, me daba igual con qué excusa.

Por supuesto, no lo hizo. Ya no me necesitaba.

—Me alegro de que hayas venido.

—Y yo de estar aquí. ¿Por qué me has llamado?

—Para hablar como viejos amigos. ¿Te parece un buen motivo?

Era un buen motivo. Pero ya he dicho que aquella mujer me tenía bien cogida la medida.

—No creo que me hayas hecho venir solo por eso.

El silencio que siguió fue de aquiescencia.

Bajó los ojos y rascó de nuevo la oreja de Argos.

Yo aproveché para servirme el café y apurar un par de tragos.

Total, ya no iba a dormir. En realidad, si se cumplían mis peores predicciones podía pasar mucho tiempo antes de que consiguiese volver a coger el sueño.