Cita
Mi nombre es Nadie, y Nadie me llaman mi madre, mi padre y todos mis compañeros.
Odisea , Canto IX
Génesis
En el principio fue la sombra. Hasta que Dios dijo: «¡Hágase el sufrimiento!». Y todo comenzó.
No era habitual oír el llanto de un niño en la monótona quietud de la sacristía, pero lo que resultaba insólito era que el lamento brotase, sofocado, del mueble de las casullas.
El arcángel que presidía la anunciación del retablo lateral parecía mirar enojado hacia el lugar del que procedía el ruido, a través de la rendija entreabierta de la puerta de la habitación.
En su ceño fruncido se podía intuir un reproche, como si le molestase la irreverencia casi sacrílega de las quejas y los golpes.
El niño siguió gimiendo y arañando la cerradura durante un tiempo que se le hizo semejante a la eternidad, hasta que una tos vieja y familiar le heló el llanto en la garganta.
Detrás de la tos llegó un lento arrastrar de pies, el ruido mecánico de una llave grande en la puerta del armario, y aquella voz aflautada que jamás sería capaz de borrar de la fragua de su memoria de rapaz.
— Pero cordero de Dios, no armes tanto jaleo.
Con la puerta abierta entró la luz. Una luz pobre, de pábilo cansado, pero luz al fin y al cabo; y un olor fuerte, a mistela, sudor y ajo, que le provocaba arcadas y al que aún, a pesar del tiempo, no había conseguido acostumbrarse.
Ante sus ojos se materializó el dueño de la voz y el hedor: un hombre grueso, de unos cincuenta años y nariz varicosa, vestido con una camisa gris de manga corta y un pantalón trufado de manchas.
Tan solo el alzacuellos le confería algo parecido a la dignidad.
El niño retrocedió hasta que su espalda se golpeó con la pared trasera del mueble, quedando casi oculto entre las estolas, de un blanco purísimo, del estante inferior.
La puerta estaba abierta, pero no podía huir porque el cuerpo del sacerdote ocupaba todo el ancho del armario.
— Qué tal, corderito. ¿Ya te lo has pensado mejor?
El niño sabía perfectamente lo que iba a ocurrir a continuación, por mucho retraso mental que figurara en su certificado de minusvalía.
También sabía que no tenía escapatoria. Y, aunque no era capaz de apreciar todos los matices, era plenamente consciente del dolor, la vejación, la profanación humillante de su pequeño cuerpo, el desgarro irreparable de su intelecto, la doble afrenta, por edad y naturaleza, el baldón de por vida, la condena perpetua, la paradójica culpa.
De su boca entreabierta empezó a caer una baba transparente y acuosa; al tiempo, en su entrepierna empezó a formarse una gran mancha amarilla, húmeda y caliente.
No era la primera vez. Ni sería la última.