Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #15
Me gusta ver la cara que ponen los presuntos cuando el interrogatorio se adentra en territorios inesperados.
A la cara del señor Paunović le habría hecho una fotografía.
Casi podría haberme reconciliado con mi profesión de no ser por.
.. Bueno, de no ser por todo lo demás. En fin, recordé que no estaba allí por gusto y finté de nuevo.
—¿Unos seis mil euros?
—No sé qué quierre ...
—Verás. Quiero que me confirmes que además de matar a los Taboada en nómina de los serbios y a Mónica por puro placer o por prudencia profesional, aceptaste un trabajito extra, digamos en negro, si no sonara a chiste, para despachar a un pobre diablo al que nadie echa de menos, pero que ha sido la causa de que hayas acabado aquí.
Los cerca de cien kilos de Ratko se movieron a una velocidad imposible de prever. De no ser por la manaza de Leo en su pecho creo que me hubiera tumbado de un cabezazo.
—Tranquilo, amigo, siéntate. Mala suerte.
Mientras Leo lo tranquilizaba, me levanté y apagué con el zapato el cigarrillo a medio consumir que había acabado en elsuelo.
—Bien. Ya me lo has confirmado. Ahora quiero que me digas qué hacemos. ¿Vamos con todo el cuento al juez? ¿Le explicamos que debería buscar una celda para dos? ¿Le contamos que un padre desesperado te pagó seis mil euros para vengar una humillación y aliviarle un poco la vida a su hijo retrasado?
Me alegré de que Lorena no estuviera presente.
No por el nivel de degradación al que me estaba rebajando, dejándome a la altura del Toro Sober, ni por el mal trago de conocer toda la verdad.
.. Me alegré de que no estuviera presente para no oírme llamar retrasado a Pedro.
De todos nosotros, Pedro era el único al que no podíamos llamar así.
Ratko volvió a sentarse.
—O podemos decirle que Antonio y Pedro no tuvieron nada que ver con todo eso y que te cargaste al borracho porque insultó a tu madre o algo parecido.
Del bolsillo interior derecho saqué un sobre y lo dejé encima del catre.
—Considéralo como un primer pago. Imagino que hay alguna cláusula de confidencialidad en tus contratos, o no habrías llegado tan lejos. Y recibirás más siempre y cuando te comas tú solito el marrón. Si hablas con tu abogado, él te explicará los detalles. Cómo, cuánto y cuándo.
Ratko respiraba despacio. Intentaba recuperar la calma mientras pensaba, aunque no había mucho que pensar. Asintió con la cabeza. No era necesario más.
—Muy bien, pues tenemos un trato. Si te vas de la lengua, los pagos periódicos desaparecerán. Si eres listo, esto acabará aquí, contigo. Tú te asegurarás un buen pellizco y nadie más saldrá perjudicado. Además, creo que no solo lo hiciste por dinero. Pareces un buen tipo.
Leo soltó una carcajada. Mientras salíamos de las dependencias policiales me hizo la pregunta que no quería que me hiciera:
—Inspector, ¿de dónde ha sacado ese dinero? El sobre del abrigo de Ratko está bajo llave en el almacén de pruebas de la comisaría.
—Es mío. Guardaba algo en casa. Por si el corralito, ya sabes.
—¿Y cómo va a pagarle el resto?
—Eso prefiero que no lo sepas.
Me miró con respeto. Se lo agradecí, aunque no me lo merecía.
Cuarenta y uno (Coda)
Al día siguiente, el juez Müller escuchó mi historia.
Una historia en la que un ciudadano montenegrino buscado por la Interpol cometía un homicidio doloso contra Justo Paz en medio de una discusión, según podía deducirse de las pruebas y de la declaración del propio detenido.
Me pareció detectar un sutil toque de humor noruego en la despedida que me dedicó:
—Inspector, cuide esas formas; me alegro de que haya encontrado al culpable, pero espero que no se ocupe nunca de ningún caso que yo tenga que instruir.
Antes de abandonar la sala de vistas me despedí de Pedro con un abrazo. A Carmen le di un beso, y Antonio se empeñó en llevarme a un aparte.
—Inspector... No sé muy bien cómo ha hecho esto, pero... gracias.
—Mire, Antonio, no se atreva a darme las gracias. Es más, le agradecería que si me ve por la calle no me dé ni los buenos días.
Pretendía tenderme la mano, pero el brazo se le congeló a medio camino. Tardó un rato, pero al final lo bajó.
—No tiene derecho a juzgarme. No se puede hacer una idea de lo que es...
Le interrumpí sin contemplaciones:
—Por suerte para usted, el único aquí con competencias para juzgar está al otro lado de esa puerta. No le debo nada. Déjeme en paz.
Tal vez no fue una despedida muy elegante, pero había cubierto el cupo de formalidades. Y aunque no tenía derecho a juzgarle, sí lo tenía a estar cabreado.
Pedro entró llorando en el coche. Cualquiera hubiera interpretado ese llanto como alivio, felicidad, o una válvula de escape de tanta tensión acumulada.
Hay gente que ante la desgracia ajena piensa «Me podría haber pasado a mí».
Ese tipo de personas encuentran así cierto consuelo en el sufrimiento ajeno.
Al fin y al cabo, no les ha tocado en esa ocasión.
Hay otras, en cambio, que piensan, o sienten, de un modo más o menos explícito, «Esto me ha pasado a mí», porque todo lo que ocurre en el mundo les concierne.
Toda desgracia es también suya. Siempre. Para ellos no hay alivio.
Descubrí que Pedro pertenecía a ese segundo tipo de seres humanos cuando tiempo después me confesó el origen de su llanto.
Lloraba por Justo Paz. Porque en su cabeza, más pequeña y alargada que el promedio, fea según qué cánones estéticos, no cabía ese sentimiento cálido y rastrero que los demás llamamos venganza.
Y lloraba porque, de algún modo, se sentía culpable.
Qué mierda de mundo. Probablemente era el único que se sentía culpable.
Violeta. Pedro. El mundo al revés. Para el resto, ellos eran los tontos, los raros, los desgraciados.
Inapropiados por no responder con violencia a la violencia de los hijos de los triunfadores de la sociedad; desahuciados por la falta de oportunidades, mucho más que por la falta de capacidades; inadaptados, porque toda adaptación exige un esfuerzo mutuo; enfermos, misterios de la estadística, por tener más riesgo de enfermar que la media, una media poblada de fumadores, alcohólicos, obesos o ancianos, todos ellos con más probabilidades de enfermar que la media; incapaces, maldito efecto Pigmalión, porque nadie esperaba nada de ellos; inútiles, medida la utilidad en euros, igual que los desempleados, o los políticos; retrasados, porque la historia siempre la cuentan los vencedores.
Me sorprendí al descubrir que no sentía pena por ellos. Lo que sentía era ira a medio digerir. La ira de los mansos.
Por mi parte, el expediente 13/0098 enumeraba durante varias decenas de interminables folios tantas irregularidades que me iba a llevar mucho tiempo y esfuerzo articular una defensa consistente.
Canedo estaba empeñado en hacerme pagar la acusación al inspector Sober, y Telmo, alejado temporalmente del servicio, había amenazado públicamente con arrancarme los testículos con sus propias manos.
Eso sin contar con que, por segunda vez en poco tiempo, enterraba un caso después de haber encontrado al culpable.
Si algún auditor aburrido empezaba a abrir cajones era muy probable que acabara haciéndoles compañía a Xaime Gándara y a Ratko Paunović.
Como siempre, Lorena leyó la preocupación en mi cara como en un libro abierto. Me agarró del brazo y empezamos a caminar, alejándonos del gris edificio administrativo de los juzgados.
—¿Estás bien?
—Estoy muy cansado. Y tengo sueño.
—Ven a casa, anda.
—Pero sufro de insomnio.
—Algo se nos ocurrirá.