Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #14
—¿No prefieres que te diga primero el día?
Me resigné. Qué otra cosa podía hacer.
—Vale, vale. Me rindo. Deja que caliente café. ¿Quieres una taza?
—Yo no, pero ¿qué opinas, querrá Pedro?
El interpelado esbozó media sonrisa sarcástica mientras se sentaba a su lado.
Me quedé con la jarra en la mano sin saber si ofrecerle o no.
Algo en su actitud me hizo sospechar que no era la primera vez que interpretaban ese numerito.
Miré a Lorena con aire de cachorro de perrera y me rasqué la barba de seis días.
—La primera vez que nos vimos fue en este despacho. Tú estabas en esa misma silla. Y yo acabé igual de vapuleado. Ten piedad de un viejo inspector.
Era el último cartucho. Si no conseguía darle pena me podía dar por muerto.
Por suerte se me da muy bien dar pena. Supongo que también ayudó la velada referencia a Violeta.
Pero no se debe abusar de créditos pasados.
Hay que avanzar en la vida. De modo que avancé.
Se podría decir incluso que con brío. O al menos lo intenté.
Pero no era mi día. Qué diablos, no era mi semana.
—Tengo muchas novedades, todas buenas.
—Ya. Parece que has estado muy ocupado. No has tenido tiempo ni para responder al teléfono.
—Lo siento. Prefería tener el paquete completo antes de contarte la historia a trozos. De hecho, aún me quedan un par de detalles.
—Somos todo oídos.
Saqué la taza de café del microondas y le di un sorbo. Me recosté en el respaldo de la silla. Respiré hondo. Miré a Lorena a los ojos durante algo más de lo que las normas sociales establecen como apropiado. Y entonces me volví hacia Pedro, que hacía gestos para llamar mi atención.
—E... ese es el te... teléfono de mi... mi padre.
Lo dijo señalando a la pantalla del ordenador, en la que aún se mostraba mi última búsqueda.
La taza de café hizo un ruido espantoso al caer, retumbando como un coro de trompetas apocalípticas en el silencio de la comisaría.
Treinta y siete
Miré hacia el ordenador y el resto de las fichas de dominó empezaron a caer. Busqué a toda prisa un calendario en el cajón y revisé las fechas. Ocho de enero. Martes.
Me levanté a por el expediente de Ratko Paunović y le enseñé la foto a Pedro.
—¿Conoces a este hombre? ¿Lo has visto alguna vez en la Mandrake?
—Sí. Me... Me ayudó una ve... vez.
—¿Te ayudó? ¿Otro de esos días en que Justo Paz se estaba pasando de la raya?
—Sí.
—¿Habló con tu padre?
Asintió con la cabeza, aunque el gesto fue casi imperceptible. Porque sería trisómico, pero no idiota. Estaba atando cabos, a su manera, a su ritmo, y sus ojos empezaban a vidriarse.
—¿Oíste lo que decían?
Esta vez el microgesto fue de negación. Aunque seguía mirándome, parecía querer agachar la cabeza.
—No... Nosotros nos metimos en el co... coche.
Podía oír el estruendo de las fichas avanzando en su caída, arrastrando a su paso castillos construidos con paciencia y amor, pero con el único fin de ser derribados. Podía ver cómo un mínimo empujón desencadenaba fuerzas imparables.
Y Lorena, como siempre, lo vio venir y se apartó a tiempo. Se levantó y agarró a Pedro del brazo. Su tono antes de marcharse ya no era tan duro, pero no encontré consuelo en él:
—Muy bien, nos vamos. El lunes nos vemos. Ayuda a Pedro, Carlos, por favor.
En cambio no oí la puerta del despacho cerrándose tras ellos.
Treinta y ocho
El hombre esperaba agazapado al fondo del calabozo.
Suponía que no tardarían en empezar los interrogatorios y no se equivocaba.
Aún era de noche cuando la puerta se abrió para dejar pasar a dos policías.
A uno ya lo conocía. Al otro no. Sabía lo que iba a ocurrir.
Cerró los ojos y se preparó para el dolor.
Pero al cabo de un rato sin que sucediera nada volvió a abrirlos.
Seguían allí, de pie, mirándole. Uno de ellos le ofreció tabaco.
Lo aceptó y escuchó lo que tenían que decirle.
Treinta y nueve
Iba a ser otra noche larga. Llevaba casi una semana sin pegar ojo por culpa de un caso que ni siquiera era mío. La televisión escupía la misma porquería de siempre y mi dedo sobre el mando alternaba, de manera errática e imprevisible, entre la teletienda y el horóscopo.
Seis días antes me habían pedido un favor. Maldita la hora.
El domingo se había consumido como una interminable barra de incienso: pegajoso, lento e inútil. Mañana (¿hoy?) era lunes. Tocaba revista frente al juez Müller. Y frente a Lorena. Pedro. Carmen. Antonio.
Ayuda a Pedro... Como si fuera tan fácil.
«Ayudar» es un verbo muy ambiguo. ¿Bastaba con demostrar que Pedro no había matado a Justo?
¿O ayudarlo también implicaba cargarle el muerto a Ratko, olvidando que, casualmente, el padre de Pedro y Ratko parecían haber tenido algún tipo de contacto telefónico?
Mierda. Me hice policía porque nunca he tenido vocación de juez.
Tras una acalorada discusión entre el profesor Kant y el viejo Confucio decidí molestar una vez más a Leo. Tenía que hablar con Ratko. Confirmar lo que parecía evidente. Desenredar de algún modo la madeja. Buscar una salida al laberinto.
—El agente Santos al aparato.
—Hola, Leo. Necesito que estés mañana a primera en comisaría para interrogar a nuestro amigo balcánico.
Debió de entender, por mi tono de voz, que la cosa era seria, porque en esta ocasión no se molestó en quejarse.
Eran las tres de la madrugada del lunes.
En menos de seis horas el juez Müller se sentaría en su sillón rojo caoba para escuchar mi bonita historia.
Y yo aún no sabía qué historia le iba a contar.
Pero antes de hablar con Ratko necesitaba hacer otra visita.
Esta vez me abrigué bien y conduje en dirección al centro penitenciario de A Lama, en Pontevedra, a cincuenta minutos de Vigo.
No me sobraba mucho tiempo y la noche era un abismo lleno de incógnitas en forma de curvas.
Pensé que tendría que insistir para que me permitiesen la entrevista fuera del horario de visitas, pero Xaime Gándara, que seguía mandando dentro casi tanto como fuera, estuvo de acuerdo y los funcionarios de prisiones nos permitieron el vis a vis en cuanto supo que yo andaba preguntando por él.
—Hola, señor Gándara. Siento haberle despertado.
—No se preocupe. Pronto descubrirá que una de las pocas coisas boas de hacerse velho es la falta de sueño.
No entré al trapo. No estaba allí para contarle mis penas a un recluso. Miré el reloj y calculé que no tenía más de media hora para conseguir lo que había ido a buscar. Crucé los dedos y miré al portugués a los ojos.
—Muy bien, pues entonces vamos al grano. Necesito cobrarme el favor que me debe. ¿Recuerda a Pedro, el amigo de Violeta?
Cuarenta
Cuando llegué al calabozo de la comisaría de Vigo, Leo ya estaba esperando por mí.
El agente de guardia abrió la puerta del calabozo y nos dejó pasar.
Dentro, un eslavo de pelo rubio cortado a cepillo, cicatriz en la barbilla y un manojo de músculos hormonados dormía tendido en el catre, o al menos tenía los ojos cerrados, pero fue evidente la tensión en su cuerpo en cuanto entramos.
Hice un gesto de calma a Leo y esperamos, de pie, a que reaccionara.
Cuando lo hizo, saqué un cigarrillo del bolsillo interior de mi chaqueta y se lo extendí. Lo aceptó con cierto remilgo.
—¿Prefieres LD? Aquí no tenemos.
—Sí. No, es igual. Grracias .
Esperó, con el cigarro entre los labios, a que le ofreciéramos fuego.
Como yo no acababa de encontrar el mechero, fue Leo quien se lo encendió.
Lo llamábamos la técnica del «poli bueno - poli bueno».
Los de las mafias, acostumbrados a la técnica contraria, solían desconcertarse, al menos de entrada.
Tras una primera calada larga se acomodó en el catre, con la espalda contra la pared.
Era mi turno. Arrimé un taburete y me senté enfrente.
—Vas a pasar muchos años en hoteles parecidos.
Otra calada. Exhaló sin molestarse en apartar el humo de mi cara.
—Tenemos una orden de extradición, aunque está por ver si no haces escala durante unos años en nuestro hermoso país.
Lo de As Neves dalo por hecho: una huella parcial en el coche de Luis, la impronta de tu bonito cuchillo, testigos que te sitúan en A Rasante.
.. El juez va a tener de dónde elegir para regalarte varias décadas a pensión completa.
De momento seguía fumando, callado. Pero no me esperaba otra cosa.
Un ex fuerzas especiales contratado por organizaciones criminales serbias con franquicia en media Europa para ejecutar impagos no es ningún adolescente imberbe pillado in fraganti vendiendo media piedra de chocolate para comprarse el último modelito de Lacoste, o lo que sea que esté de moda ahora entre los chavales.
—También tenemos a Mónica. Premeditación, alevosía, ensañamiento y me juego mi placa a que el juez se anima también con un combo que incluya agresión sexual. Solo por ese ya deberías empezar a tener cuidado con el jabón de la ducha. Y sumar otros dieciocho o veinte años, claro.
Esta vez la calada se acompañó de un sonoro escupitajo en el suelo.
—Pero el que a mí me interesa es el del tipo de la discoteca. Como en España la condena máxima está en los cuarenta años, pongamos que este ya te sale gratis.
Ratko detuvo el gesto de acercarse el cigarrillo a la boca y su mirada pasó del infinito a mis ojos. Ahora empezaba la conversación.
—Cuéntanos qué pasó. ¿Se te fue de las manos una discusión? ¿Te debía dinero? ¿Se marchó sin pagar tras disfrutar de la compañía de una de vuestras chicas?
—¿Qué imporrta , poli? ¿Por qué tú imporrta ?
—Bueno. Digamos que ya no puedo hacer gran cosa por los muertos, pero aún queda trabajo por hacer con los vivos. ¿Cuánto solías cobrar por un trabajito normal tirando a fácil?