La ira de los mansos Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #13
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Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #13

Saqué despacio el teléfono del bolsillo. En los altavoces empezó a sonar «Your Precious Love» de Marvin Gaye. Definitivamente en ese antro pinchaban bien. Antes de marcar le pedí a Fátima que me avisara en cuanto lo viera salir.

Apenas pude terminar la llamada. Lástima, no iba a poder ir al baño. Me habían entrado ganas de mear.

Treinta y dos

El hombre apuró la cerveza. El tipo alto acodado en la barra llevaba un buen rato hablando con la camarera y tenía pinta de policía.

Cuando lo vio descolgar el teléfono decidió levantarse y salir del local agachando la cabeza.

Se había quedado demasiado tiempo en la ciudad y juró por enésima vez no volver a encoñarse así.

Estaba abriendo la puerta del coche cuando notó que alguien tocaba su hombro.

Instintivamente lanzó el brazo izquierdo hacia atrás con fuerza, pero solo encontró aire.

Todas las alarmas de su entrenamiento militar se dispararon al momento y aún no había completado el giro cuando su mano derecha ya aferraba con fuerza la culata de la pistola escondida en el abrigo.

No le gustaba matar con ruido, pero lo primero era sobrevivir. Escapar.

Treinta y tres

En menos de diez minutos cuatro coches patrulla acordonaban Churruca para diversión de algunos vecinos acodados en las ventanas.

Para que luego digan que tardamos cuando se nos necesita.

Bien es verdad que esa vez había llamado yo mismo, antes de salir de la Mandrake, y entre compañeros no nos hacemos preguntas.

Un código QRR de agente en apuros es sagrado.

Los dos primeros agentes casi me pegan un tiro, pero identificarse mientras encañonas a un sospechoso y le sujetas el cuello con la rodilla no es nada fácil. Hay que gritar mucho para que no te confundan con el agresor y que nadie se ponga nervioso antes de tiempo.

Después todo va solo, por pura rutina: esposar al presunto, meterlo en el coche camino a la comisaría y rellenar varias docenas de formularios explicando los hechos con detalle de miniatura de cartujo.

Trabajo de becario, si tuviera. A falta de uno, y con la certeza de que esa noche tampoco iba a pegar ojo, llamé a mi equipo.

Necesitaba cerrar filas, hacer capítulo, velar armas y prepararme para el lunes.

La agente Ferro no puso ninguna objeción al hecho de que fueran casi las dos de la madrugada ni al de que ese sábado librara. Simplemente descolgó, me oyó pedirle que se personara en mi despacho en media hora y colgó con un seco «a sus órdenes, inspector».

Leo me mandó a la mierda varias veces y en diferentes idiomas, pero finalmente acató la orden. Que hubieran estudiado. Tocaba hacer mucho café.

En cuanto los tuve sentados a la mesa de trabajo les di la buena nueva.

—Tenemos al autor de la escabechina de As Neves en el calabozo.

Sandra levantó las cejas. Leo sacó un cigarrillo de la chaqueta.

—No se puede, Leo, no jodas.

Miró alrededor y a través de la cristalera del despacho. En toda nuestra planta no había un alma.

—¿A quién voy a molestar?

Lo cierto es que yo me moría de ganas de fumar. Dudé entre pedirle uno o amenazarle con un expediente. Finalmente no hice nada. Sandra examinaba la copia del informe del SIRENE que tenía delante y pareció no darle importancia al gesto de Leo. Fue la primera en entrar en materia.

—¿No se estaba ocupando la Guardia Civil del trabajo de campo?

Ya era hora de que mi equipo supiera de qué iba todo. Lo cierto es que confiaba en ellos. Inspiré hondo y me prometí jubilarme en cuanto pudiera. Claro que para eso aún faltaban muchos años. Y muchas noches.

—Bueno... Es largo de explicar. ¿Un café?

Treinta y cuatro

El hombre se encontró con un puño en mitad de la cara antes de poder completar el giro.

Aún intentaba amartillar la Glock con una mano cuando el rodillazo en la entrepierna lo estampó contra la puerta del coche.

Luchaba para que la consciencia no lo abandonara por completo, pero el atacante estaba poniéndole las cosas difíciles.

Su sistema límbico intentaba filtrar toda la información, aunque era difícil priorizar entre el diente roto, el dolor del bajo vientre y los gritos de su enemigo. Mierda. Sus jefes se iban a cabrear.

Notaba el suelo bajo la nuca. Y una rodilla en la garganta. Las luces en los ojos pronto dieron paso a una cara enfurecida que lanzaba escupitajos mientras no paraba de preguntar:

—¿Dónde está Mónica? ¿Le has hecho algo a la chica?

Mientras empezaba a escuchar sirenas a lo lejos y un riachuelo rojo se escurría de su labio partido, esbozó una sonrisa cínica.

Cuando no tienes nada más, no tienes nada más.

Treinta y cinco

El día amaneció con pocas ganas. Era un sábado gris y por mucho que miraba al teléfono no me acababa de decidir.

El dibujo de un auricular verde al lado del número de Lorena esperaba para ser pulsado.

Mientras me decidía, el móvil empezó a sonar y la pantalla me devolvió el mismo número con el auricular rojo.

Necesité un par de segundos para darme cuenta de lo que ocurría.

Rechacé la llamada y busqué otro número. Ese lo pulsé al instante. Después de tres tonos oí la voz de Sandra.

—¿Inspector? Iba a llamarlo ahora. La hemos encontrado.

Directa y eficaz. Dudé en hacer la pregunta

—¿Viva?

La pausa y un breve carraspeo me adelantaron el mal trago.

—No.

Ahora fui yo el que tardó en volver a preguntar:

—¿Fresco?

—Menos de dos días, según el forense. A cuchillo. En su cama.

El café se me atascó a la entrada del estómago.

Solo dos días. En realidad, no solo el café, todo el tiempo parecía haberse detenido.

El montenegrino había dejado un buen reguero de cadáveres en su corta visita a Galicia.

Un inesperado dolor en el pecho vino y se fue, como un relámpago presagiando tempestades.

—¿Inspector?

—¿Sí?

—Durante el registro de la casa hemos encontrado un abrigo de hombre. Dentro de los bolsillos había un sobre con seis mil euros.

Un dedo invisible empujó sin apenas esfuerzo una minúscula pieza de dominó.

—Gracias, Sandra. Descansa lo que queda del fin de semana. El lunes nos vemos.

El resto de la mañana se deshilachó sin demasiado brío.

A las once busqué un sitio donde comer, harto mi estómago de tanto café y mi alma de tanta miseria.

Después de varios intentos infructuosos y a punto de sucumbir a la tentación de una hamburguesa en el centro comercial A Laxe, me dejé seducir por unas tapas en el Croquetas.

Intentaba enfocar el objeto de mi búsqueda, encajar todas las piezas: Ratko había matado a los hermanos Taboada y a Mónica.

Y aparentemente también a Justo Paz; la colilla, el arma, su presencia en la Mandrake y la colección de cadáveres a sus espaldas eran buenos indicios, suficientes para un juez, seguramente.

Pero faltaba el móvil. ¿Por qué? No parecía existir ninguna relación entre ambos.

Podía olvidarlo y colgarle el muerto. Sería fácil endilgarle circunstancialmente el asesinato de un borracho en plena madrugada y exculpar a Pedro.

¿Y quién soy yo para decidir que no lo merecía?

Si dejaba así las cosas, Lorena me lo agradecería y Pedro volvería a su desangelada existencia de ciudadano invisible.

Pero, por mucho que deseara ese final, el pequeño saltamontes no dejaba de brincar en algún lugar de mi subconsciente.

A Kant y a mí nos quedaba un regusto malo en el fondo del paladar; al final Justo Paz no tuvo un final justo ni pudo irse en paz, y mi oído de viejo sabueso podía apreciar claramente una nota mal afinada en el presto final de violines mientras el telón descendía.

Pedí una ginebra con las croquetas y me dejé morir un rato.

A las tres y media, mientras me desplomaba en la silla del despacho, recibí una llamada de Leo.

Tenía una lista con media docena de números de teléfono conseguidos a precio de caviar Beluga.

Le pedí que me la enviara por correo electrónico y en cinco minutos las cifras parpadeaban en la pantalla de mi ordenador.

Magia, para alguien que recordaba perfectamente su trabajo sin la existencia de teléfonos móviles, ordenadores ni internet.

El puñado de cifras ofrecía la siguiente información: el día 4 de enero se había realizado una llamada a las 14:39 desde la pensión A Rasante de siete minutos a una línea con prefijo de Pontevedra.

El día 5 no se realizó ni recibió ninguna llamada.

El día 6 se recibieron tres llamadas, a las 11:06, de tres minutos; a las 14:42, de dos minutos y medio, y a las 19:57 de doce minutos, todas desde el mismo número con prefijo local.

El día 7 tampoco presentaba registros, pero el día 8 aparecía subrayado a lápiz en el documento escaneado por Leo. Una llamada recibida a las 00:48 de quince segundos de duración desde un teléfono móvil.

¿Quién llama casi a la una de la madrugada y cuelga a los quince segundos? ¿Alguien que se ha equivocado al marcar?

El resto seguía la misma pauta de los días previos. Abrí nuestra base de datos y tecleé el móvil del día 8. Durante unos segundos apareció un icono con forma de reloj de arena en mitad de la pantalla, pero la búsqueda no me devolvió ningún resultado.

Allí me quedé, mirando a través de la pantalla, lo que a mí me parecieron unos instantes. Hasta que unos golpes en la puerta me despertaron y, bruscamente, la noche se adentró en la comisaría.

Treinta y seis

La silueta de Lorena se recortaba en el marco de la puerta entreabierta. De no ser por el frío que agarrotaba mi espalda habría pensado que soñaba.

—Hola, Carlos. ¿Puedo pasar?

Hice un gesto seco con la mano que pretendía ser un «claro, adelante, qué alegría verte», pero que tal vez aparentó un «qué más da, si ya estás dentro». Me froté los ojos y cogí la jarra del café. Tuve que reprimir un gesto de sorpresa cuando vi aparecer a Pedro también en la puerta.

—¿Qué hora es?

Lorena se sentó sin pedir permiso, me miró con condescendencia y contestó, como buena gallega, con otra pregunta: