Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #12
De todos modos, Lorena también estaba llamando a esa puerta, así que, con suerte, yo también podía acabar liquidando dos pájaros de un tiro.
Con suerte. Sin ella me veía camino del Valhalla.
Veintiocho
El hombre cogió el sobre y lo guardó sin abrirlo. No lo hacía por el dinero. Digamos que lo hacía por placer. Aunque tal vez también porque así aplacaba de un modo vagamente infantil su frugal conciencia. Concretó los detalles con su pagador y sintió de nuevo la excitación anticipada de la caza.
Sería su premio por el trabajo bien hecho. Un extra. Otro extra, porque la chica se había portado bien, aunque antes de irse tuviera que deshacerse de ella. No podían quedar cabos sueltos.
Veintinueve
Durante el viaje de regreso la lluvia decidió acompañarme desinteresadamente. Los limpiaparabrisas pronto desistieron de su tarea y el cansancio estuvo a punto de acabar con mis afanes en la cuneta.
Se hacía tarde, pero quería parar de nuevo en As Neves. La discoteca Vallesol formaba parte de otro hotel justo a la entrada desde el acceso de la autovía y no me supondría demasiado retraso. Ya metidos en harina era mejor no dejar ningún hilo del que tirar.
Llovía sin piedad cuando aparqué a trescientos metros del local.
Aunque aún no eran las diez de la noche, los viernes en cualquier pueblo fronterizo no suelen ofrecer muchas más alternativas de ocio para la escasa juventud residente, de lo que daba fe el atestado parque automovilístico alrededor del cartel de neón rojo.
Busqué inútilmente un paraguas bajo los asientos y salí con actitud de anuncio de colonia para hombre.
Si tenía que mojarme me mojaba, pero bien untado de ese aceite mental que vuelve intangible a la lluvia: cabeza alta, hombros firmes, con la dignidad hidrófuga de un hombre del norte hecho al clima.
La pose no duró ni cien metros cuando decidí que era mucho más digno echar a correr para no entrar en la discoteca como un concursante de «míster cuarentón camiseta mojada».
Al llegar, el portero, paradigma de su estirpe, me miró de arriba abajo con la evidente intención de no elevar la edad media de la clientela.
Tras unos instantes de titubeo mutuo tuve que sacar la placa y en ese momento, viéndome desde fuera presentando el distintivo de fuerza del orden para entrar en un tugurio de mierda, empapado y con ojeras en las ojeras, me sentí, de nuevo, infinitamente viejo.
Dentro me esperaba una ambrosía de colores y sonidos. Me fui directo a la barra a pedir un gin-tonic para poder soportarlos y comencé a desplegar mis tácticas de inspector con el camarero.
—¡Menudo tiempecito!
El chico tiró de oficio y me sostuvo la sonrisa, pero sin forzar. Decidí buscar otro flanco.
—¿Hace mucho que trabajas aquí?
—Depende.
De no ser porque estaba en As Neves hubiera jurado que estaba en Galicia. Pero a mí a gallego no me gana nadie.
—¿De qué depende?
—De si eres picoleto o maricón.
Conté hasta diez y saqué de nuevo la placa. Me la iban a gastar.
—Tienes razón, vamos a dejarnos de gilipolleces.
Inspector Manso, de la Policía Nacional.
De modo que contesta rapidito y olvidarás que me has visto antes de que acabe la bebida.
Hace un par de semanas estuvo aquí la Guardia Civil preguntando por un extranjero que se alojaba en A Rasante.
Según parece se pasó por este club un par de veces. ¿Sabes de lo que te estoy hablando?
—Sí.
—¿Venía solo? ¿Hablaba con alguien?
Señaló con la cabeza a un grupo de cuatro chicas sentadas en un butacón. Abandoné el gin-tonic a su suerte y enfilé hacia ellas como un tiburón hacia un banco de arenques.
Se reían con exageradas inclinaciones del torso, como suelen hacerlo las chicas de su edad, pero la risa se les atravesó en la garganta cuando, por tercera vez en menos de quince minutos, saqué el bonito escudo que llevo en el bolsillo interior de la chaqueta.
Aproveché la sorpresa y volví a formular amablemente la misma solicitud de información que al camarero.
No sé cómo consiguieron hacerlo, pero, aunque yo estaba de pie y ellas no, también me miraron de arriba abajo. El arenque más audaz, vestido negro corto, piercing en nariz y lengua, no más de veinticinco, se erigió en portavoz.
—Yo que tú hablaría con Mónica. Se dieron el lote un par de veces y yo creo que a él le gustaba.
Nuevas risas espásticas.
—¿Y a Mónica?
—A Mónica ¿qué?
—Que si le gustaba.
Más risas.
—A Mónica le gustan todos.
—¿No está hoy aquí vuestra amiga?
—Lleva unos días en Vigo. Creo que tiene familia por allí.
—¿Tenéis su teléfono?
Las cuatro se inclinaron como resortes hacia sus flamantes smartphones . La que estaba más cerca me enseñó la pantalla. En ella podía leer un número sobre el que se desplegaba la foto de una chica. Y había algo en ella que me resultaba muy familiar.
—¿Esa es Mónica?
Me miraron como quien mira a un alienígena. No debería hacer preguntas tan tontas.
—Claro.
—¿Cómo podría conseguir esa foto?
Nueva mirada de extrañeza. Más risas.
—¿No tienes WhatsApp?
No tengo Facebook. No tengo Twitter. No tengo WhatsApp. Maldije entre dientes a la tecnología y al signo de los tiempos. Anoté mentalmente cambiar de móvil; justo debajo de donde había anotado cambiar de coche y de trabajo.
—¿Puedes enviar la foto y el número a este correo electrónico?
Le tendí una tarjeta con mi dirección corporativa. La cogió con dos dedos, con gesto sorprendido, como si se tratara del palimpsesto perdido de Arquímedes. Empezaba a estar muy muy cansado.
Tecleó rápidamente en su móvil chino y en un par de minutos me confirmó que ya lo había enviado.
Decidí que había estirado bastante mi visita a las feraces orillas del Miño y regresé a Vigo sin dar siquiera un sorbo al gin-tonic .
Treinta
El hombre salió del local y vio a su objetivo insultando de nuevo al chaval.
Se puso en medio y esperó a que el retrasado se marchara.
El borracho no insistió y se fue a orinar contra la pared de un callejón cercano.
Se acercó sin que se diera cuenta. Iba a ser demasiado fácil.
Para este trabajo también se requiere cierta motivación, cierta sensación de reto.
Sacó el arma y la deslizó suavemente entre la quinta y la sexta costilla del lado derecho del borracho.
Atravesando grasa y músculo sin apenas esfuerzo.
Tras un espasmo mudo de sorpresa y un ligero gorgoteo, cayó al suelo. Había muerto antes de vaciar del todo la vejiga.
El hombre se giró y se aseguró de que nadie le había visto.
Mientras sacaba un LD de la cajetilla se le estaba despertando un agradable calor en la entrepierna.
Acabó de fumar, tiró la colilla y entró en la discoteca.
Al cabo de pocos días estaría a cientos de kilómetros y quería despedirse en condiciones.
Treinta y uno
Pasé por la comisaría para imprimir la foto de Mónica.
El reloj del coche marcaba las doce y diez cuando aparqué a dos calles de Churruca.
Era viernes y el aspecto abandonado del barrio había dado paso a un bullicio insoportable.
Colgué por segunda vez a Lorena antes de salir del coche.
Hacía un frío de cojones, pero al menos en Vigo no llovía.
Me abrí paso entre la gente hasta hacerme un sitio en la barra de la Mandrake. El barullo del local me impedía pensar con claridad, aunque mi estado físico tampoco ayudaba.
Fátima se fajaba sola contra las hordas de ávidos clientes. Tardé un buen rato en hacerme notar. Diría que se alegró de verme. Al menos se acercó enseguida, dejando a dos adolescentes con la comanda en la boca.
—¿Qué tal? ¿Un Jack Daniel’s?
—Tienes buena memoria. Y redaños. ¿No has pensado en echar los papeles para la Academia?
—¿Policía, yo? Antes muerta.
Chica lista. Más que yo a su edad. Teníamos que elevar la voz para hacernos oír. Y juntar las cabezas. Olía bien. Maldita sea. Otra vez aquella vergüenza. Podría ser mi hija.
—¿Qué tal Pedro?
—Bien, supongo. Parece un chico sano y fuerte. Espero que olvide pronto todo esto.
—Yo también. Y si te soy sincera, el borracho estaba buscándose problemas desde hace tiempo.
—¿Qué quieres decir?
—Que las últimas veces se estaba pasando con los chicos.
—¿Las últimas veces? ¿Lo del martes pasado era habitual?
—Habitual no sé, pero no era la primera vez.
—¿Y por qué no me lo dijiste la otra noche?
Fátima se echó a reír.
—No me lo preguntaste.
Ahí estaba, ese instante en que todo empieza a cobrar forma, en que las piezas del rompecabezas se colocan solas, porque ya no quedan más huecos. El momento en que un policía empieza a hacer preguntas de las que ya sabe o intuye la respuesta. Saqué la foto de Mónica.
—¿Conoces a esta chica?
—No sé su nombre, pero la he visto por el local varias veces. Estaba aquí el día en que mataron al borracho.
De repente recordé de qué me sonaba. La había visto salir de la Mandrake la noche del miércoles. Al lado de un hombre.
—¿La pareja?
Fátima asintió. Y de nuevo debió de leer en mi cara como en un libro abierto, porque acercando aún más su cabeza a la mía me susurró al oído:
—No te des la vuelta, pero a él lo tienes al fondo, sentado a una mesa.
Se me encogieron las pelotas y el corazón empezó a latirme como un loco. Notaba la descarga de adrenalina, el tiempo deteniéndose. Intenté respirar hondo y le di un trago largo al whisky.
—¿Llamo a tus colegas?
—No, no. Solo una cosa más ¿desde cuándo los ves por aquí?
—La chica viene de vez en cuando desde hace tiempo. A veces sola, a veces con distintos chicos. Este es nuevo. Diría que lleva acompañándola un par de semanas. Hoy ha venido solo.
Antes de poder procesar conscientemente la información, mi cerebro autónomo tomó el control y formuló una pregunta:
—¿Nunca había venido él solo?
—No. Tiene acento extranjero y no lo he visto con nadie. Aparte de la chica.
Fátima estaba seria. Mientras hablaba conmigo sirvió las copas de los dos adolescentes. Y era capaz de hacer todo eso sin quitarle el ojo de encima al tipo de la mesa.