La ira de los mansos Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #11
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Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #11

Era mi tercera visita a As Neves en el último mes, una pequeña y tranquila localidad de piedra acurrucada junto al río Miño deseosa de dejar atrás el truculento asesinato de sus dos convecinos.

No había placer en el trabajo de sonsacar a esa gente humilde y desconfiada, así que podríamos decir que el sentimiento era mutuo.

Pero hay cosas que se hacen por gusto y otras que se hacen por obligación, de modo que entré en la fonda con actitud de funcionario ante una colosal resma de formularios: abatido pero resignado a rellenarlos todos.

Detrás de la barra del mesón que complementaba al hostal, servía tazas de vino un grueso nevense con cara de no haber cubierto un formulario en su vida.

Decidí un abordaje de frente y por derecho.

Saqué la placa y me identifiqué, sin entrar en detalles sobre las indicaciones que esa misma mañana había recibido del ilustrísimo señor Müller.

Pecho de uralita me miró de arriba abajo durante un par de segundos antes de preguntar:

—¿Qué quiere?

— Arroz para vivir y flores para tener algo por lo que vivir.

—¿El qué?

—Nada, olvídelo. ¿Conoce a este tipo?

Saqué la copia de la ficha de Ratko y le enseñé la foto. Apenas le echó un vistazo antes de volver a clavar su pupila en mi pupila azul.

—Ya le conté todo a la Guardia Civil. Estuvo alojado aquí nueve días, del 4 al 12 de enero. Se fue sin pagar.

—¿A qué se dedicaba? ¿Hablaba con alguien de la zona?

—No lo sé. Yo no me dedico a espiar a los clientes.

Le aguanté el silencio que siguió a la respuesta. En ese juego no tengo rival. A los dos minutos me proclamé vencedor a los puntos.

—¿Algo más?

—Sí. Un café. Solo. Largo de café.

Pagué la consumición en cuanto la sirvió; con propina.

En el fondo entendía su actitud. Yo en su lugar no hubiera sido ni la mitad de locuaz.

Eché un vistazo alrededor. A mi izquierda, junto a la entrada, un anacrónico teléfono público descansaba de glorias pasadas.

Vacié la taza de un trago, a pesar de la temperatura del brebaje, y en un arrebato de intuición (o de experiencia) me acerqué al locutorio.

Eché una moneda en la ranura y marqué un número de memoria.

—¿Sí?

—¿Leo? Soy Carlos. Perdona que te moleste un viernes por la tarde, pero tengo que pedirte otro favor.

—A sus órdenes, inspector.

—No me joda, agente Santos.

—Venga, suéltalo.

—Algún día me echarás de menos.

—Algún día.

—Sé que en fin de semana no va a ser fácil, pero necesito que consigas las llamadas realizadas a, o desde, este número entre el 4 y el 12 de enero y me las mandes a mi móvil.

—¿Fácil? En fin de semana y sin autorización judicial además de complicado nos puede caer un puro.

—Déjame el puro a mí, tú cumples órdenes.

—Vale, vale. Veré qué puedo hacer.

La lista de irregularidades que estaba cometiendo en ese caso crecía a cada hora que pasaba. Kant debía de estar revolviéndose en su tumba. Afortunadamente no tenía previsto visitar Kaliningrado en los próximos años.

Veintiséis

El hombre descansaba en la cama, atando mentalmente los últimos detalles antes de abandonar el país, cuando oyó el teléfono de la habitación.

Apartó el cuerpo dormido de su acompañante y descolgó el auricular.

No contestó. Sabía que no debía hacerlo.

Solo esperó. Al otro lado se oía una respiración entrecortada.

Cuando estaba a punto de colgar, del auricular brotó una voz rota y floja:

—¿Rata?

Y colgó.

El hombre sonrió y atrajo hacia sí el cuerpo de la chica, sin darle tiempo a despertar.

Veintisiete

En un cuarto de hora estaba aparcado delante del puesto de Arbo. El sargento Ochoa, cuarentón y fibroso, parecía un tipo razonable. Al menos no se tomó a mal el horario intempestivo, aunque no pudo reprimir el rejonazo.

—Pero ¿a qué cojones os mandan aquí un viernes a estas horas?

Para sacar la basura ya estamos nosotros, que para eso somos cuerpo militar y no tenemos vida privada.

Pero... ¿todo un inspector de la Nacional?

Debes de caerles muy mal a tus jefes para mandarte a quemar rueda donde Cristo perdió los clavos.

—No te puedes hacer una idea.

Si le hacía ilusión tocarme las narices no iba a ser yo quien le aguara la fiesta. Era un módico precio al lado de la deuda que llevaba acumulada.

—Y bien, ¿qué podemos hacer por ti?

—Pues el asunto es que tengo otro caso entre manos y me he vuelto a topar con los amigos serbios del clan Taboada. En concreto con este. Me gustaría saber qué tenéis sobre él.

Saqué por segunda vez el informe del SIRENE y se lo mostré al suboficial.

A diferencia de Pecho de uralita, se quedó un buen rato mirando la foto y los datos facilitados por Europol.

Finalmente se inclinó sobre el ordenador que presidía el despacho y empezó a teclear con parsimonia.

La noche hacía rato que campaba a sus anchas y el repiqueteo de una incipiente llovizna en la cristalera del cuartel parecía marcar el ritmo en los dedos del sargento.

No sé cómo ocurrió, pero de repente me desperté con el estruendo de un vozarrón a medio metro de mi oído.

—¡Menudo angelito! Por lo que tenemos, es uno de los gorilas del clan Radoslav.

Durante la investigación de los hermanos Taboada los de la EDOA identificaron a varios miembros viajando días antes del crimen desde los Balcanes a Galicia.

En concreto varios testigos situaron a Ratko en la pensión A Rasante pero ya se había esfumado para cuando nos personamos en el local.

Una pena, hubiéramos despachado dos pájaros de un tiro: una huella parcial lo sitúa en el escenario del crimen de Luis y Manuel Taboada y, por otro lado, existe una orden de extradición desde Francia. Pero todo esto supongo que ya lo sabes.

Cierto, todo eso ya lo sabía. Más o menos. Para ese viaje no habría necesitado alforjas. Pero también sabía que hay muchas cosas que no caben en los informes oficiales.

—Sí, me preguntaba si habríais averiguado algo más sobre él, fuera de lo que aparece en el dosier.

—El cabo Betancor fue el encargado de husmear entre los vecinos e informar a los de Crimen Organizado. Si quieres le aviso y hablas con él directamente.

Ese hombre iba a conseguir que le diera dos besos.

—Sería estupendo.

—Está bien, pero me temo que te vas a ir de vacío. Es muy escrupuloso redactando partes. No creo que haya dejado nada fuera de su informe.

Mientras el sargento iba en busca de su subordinado colgué sin contestar una llamada de Lorena. Aún no podía atenderla. Necesitaba un poco más de tiempo.

El fuerte acento del cabo me confirmó lo que ya sospechaba tras escuchar su apellido. Aproveché la coyuntura y me permití un pequeño rodeo antes de entrar en faena.

—Buenas noches, cabo. ¿Majorero? Yo estuve destinado en Puerto del Rosario. Estás lejos de casa.

Cuando tu hogar está a un buen par de miles de kilómetros y has dejado atrás la luz y el calor de Fuerteventura no es fácil resistirse a la nostalgia.

Además, los canarios y los gallegos compartimos ese sentimiento que aquí llamamos morriña, aunque en su caso parezca haber razones más fundadas que en el nuestro. Al menos razones climatológicas.

—De Morro Jable. Gracias por preguntar. ¿Estuvo mucho tiempo en Puerto?

—Un año. Hace muchos, pero aún lo echo de menos. ¿Qué hace un muchacho de Morro tan lejos de su tierra?

Se encogió de hombros.

—Ya sabe, todo por la patria. ¿En qué puedo ayudarle?

Volví a plantear al cabo mi solicitud; necesitaba algo que me permitiera entender el rompecabezas; no encontraba el nexo entre la delincuencia organizada de la desmembrada Yugoslavia y un borrachín mal encarado de Churruca cuyas agallas apenas alcanzaban para insultar a tres chavales discapacitados, y con un historial delictivo que no abarcaba mucho más allá de la plaza de Portugal.

—¿Qué hipótesis maneja la EDOA sobre la muerte de los hermanos Taboada?

—¿No se ha leído los informes? Un ajuste de cuentas. Algún pago sin abonar tras entregar la mercancía. Lo típico.

Sí, lo típico en algún suburbio de San Pedro Sula. Me mordí la lengua.

—¿Mercancía?

—Prostitutas. Los Taboada regentaban todos los burdeles de aquí a Ponteareas. ¿En serio no se ha leído los informes?

Ahora fui yo el que se encogió de hombros. Últimamente Santos y Ferro se comían esos marrones sin que yo tuviera que aportar mucho más que mi firma.

—¿Lo hizo Ratko?

—Tiene toda la pinta, pero eso lo dirá el juez. Una huella parcial en el coche de Luis Taboada y heridas de cuchillo en ambas víctimas con el perfil del machete de operaciones especiales. Su arma favorita.

— ¿Spetsnaz?

—Boina verde. Bulgaria, del 2004 al 2008.

No pude evitar pensar en el informe del forense sobre la herida de Justo Paz.

—¿Por dónde se movía en As Neves? ¿A quién frecuentaba?

El cabo me miró con suficiencia. Concedida. Se la estaba ganando.

—Por lo que pudimos averiguar, se alojó en A Rasante durante nueve días. Lo vieron un par de veces en Vallesol, una discoteca del pueblo. No parece haber tenido contacto con nadie. Vino, hizo el trabajo y se fue.

—¿Nueve días para dos fiambres? Le sobraba la mitad. ¿Dónde está ahora?

—Si lo supiéramos estaríamos de camino a detenerlo. Supongo que se agenció un coche de empresa y ahora está tomando martinis en algún lugar de la Costa Azul.

Me despedí del cabo y del sargento y me metí en el coche con la sensación de que en el puzle todavía había más huecos que piezas, y de que tenía que leer más a fondo los informes de mis casos.

Averiguar quién había matado a los Taboada iba en mi sueldo.

En cambio, nadie me obligaba a hacer lo propio con Justo Paz, pero había sellado un pacto silencioso con la sangre de Violeta.

En contra de las apariencias, mi psicoanalista interior me decía que no estaba haciendo todo eso por Lorena.

Lo hacía por Pedro. Y por Violeta. La valquiria me había elegido guerrero protector de su clan.