La ira de los mansos Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #10
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Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #10

Sebastián Müller mostró la clemencia del que se sabe con la potestad de romper la baraja a discreción.

Siempre me ha molestado esa asimetría, ese paternalismo sobre los hombros de los orgullosos funcionarios de la judicatura; distinta de la que otorga la simple jerarquía, contra la que siempre se puede alegar diferencia de criterio.

Para los que estamos habituados a vivir sin red, a pie de calle, resulta molesta esa puerta falsa.

Se me ocurrió que tal vez Pedro se sentía así con todos nosotros: incapaz de competir en igualdad de condiciones porque al menor contratiempo desplegamos las alas y nos elevamos volando a nuestra torre de marfil, mientras él se queda abajo, atado a su frustración, al rechazo, a la imposición unilateral de pertenecer a otra escala biológica, al desahucio arbitrario de oportunidades.

Obligado a jugar a un juego con las reglas amañadas a favor del contrario.

Así, al menos, me sentí yo delante del juez.

—Le doy cuarenta y ocho horas, inspector.

Ni una más. Y recuerde que el caso sigue a cargo de su compañero, el inspector Sober.

Eso significa que no le estoy autorizando a ninguna de las atribuciones habituales en el ejercicio de su profesión.

Tan solo le concedo tiempo para que me presente esas pruebas que exoneran a su amigo y que dice poder conseguir.

Se pospone esta vista hasta el lunes a las diez.

Don Pedro Bugallo Rois tendrá que acudir ese día para nueva vista.

El martillazo de rigor le otorgaba al juez la última palabra, así que no añadí nada más. Me fui sin mirar atrás. Lorena había descargado una responsabilidad sobre mis hombros. Ahora tenía que cargar con ella solo. O casi. Y disponía apenas de un maldito fin de semana.

Conduje despacio hasta la comisaría, repasando la llamada telefónica: los de la Científica habían encontrado una coincidencia entre el ADN de la colilla del callejón y un fichado de nuestra base de datos.

No era gran cosa, apenas una evidencia circunstancial en el lenguaje de la rancia Temis, pero sí un comienzo.

Tenía que meditar sobre el siguiente paso que iba a dar.

Yo soy de la vieja escuela. Mi trabajo de calle se remonta a un remoto pasado, mucho antes de los móviles, de internet, de la identificación genética, mucho antes de casi todo, y a veces me sentía, con armas tan poderosas, como el puto Superman.

Pero sabía que solo con armas no se gana la guerra.

También hay que asestar buenos golpes. Y moverse con habilidad en el barro judicial.

Los agentes más jóvenes, prácticamente nativos digitales, acostumbrados a tenerlo todo al instante, se pasan a menudo de frenada.

Y se equivocan con frecuencia. Se me escapó una sonrisa pensando en el inspector Sober.

No era joven, pero había aprendido poco de la vida.

Y me acordé de otra cosa que decía mi amigo el monje: «No des una espada a quien no sea capaz de bailar».

En el despacho me esperaba Santos. Cerré la puerta y me senté a conciencia. Las novedades siempre llegan así, en ráfagas, y prefiero recibirlas bien acomodado.

—Larga, Leo, dame una alegría, anda.

—Pues no sé si te va a gustar lo que he averiguado.

—Cualquier cosa será bienvenida. No te preocupes por las valoraciones, tú suelta el material.

—Vale, vale. Te cuento: el arma no ha aparecido. Están poniendo patas arriba todos los contenedores, papeleras y alcantarillas de la zona sin resultado. Pero los de la Forense dicen que la herida es fea, que la pinta es de arma blanca grande y con filo de sierra. Material profesional.

—¿Algo más?

—De momento no. ¿Quieres que deje un ojo puesto en este asunto?

—Te lo agradecería. Y aunque no te lo creas, lo que me has contado son buenas noticias.

Se encogió de hombros y se levantó sin hacer más preguntas.

Iba a lamentar perderlo cuando se jubilara.

En cuanto cerró la puerta reordené mis pensamientos.

La llamada que había recibido en el juzgado y ahora eso.

El caso estaba tomando un rumbo interesante.

Aunque estaba lejos de poder identificar al autor del crimen el viento soplaba a favor, alejando a Pedro del maelstrom .

En fin, poco a poco. Lo primero que tenía que hacer era entrar en el SIRENE y echarle un ojo al dueño de la colilla, un tal Ratko, según constaba en el correo que me acababan de mandar los compañeros de la Científica.

La base de datos europea ofrecía información abundante y suculenta sobre Ratko.

Fichado en varios países, tenencia de armas, pendiente de varios juicios por extorsión y una investigación en activo en Francia por supuestos lazos con una organización marsellesa de contrabando.

Drogas o lo que se le pusiera por delante, según se deducía de los informes.

Todo muy interesante. Pero nada comparado con una minúscula nota al margen en su ficha personal.

Un dato irrelevante en otras circunstancias, pero que a mí me dejó clavado a la pantalla del ordenador, incapaz de apartar la mirada del cursor parpadeante sobre el texto.

«Paunović, Ratko. País de origen: Montenegro. Solicitud de extradición prioritaria: Francia. Última localización conocida: Pensión A Rasante, Calle Esperanza, As Neves, Galicia, España».

Se me revolvieron los bajos. A estas alturas de la vida hacía mucho que había dejado de creer en las casualidades.

Veinticuatro

El hombre tosió arrancando una gruesa flema y escupió al suelo sin miramientos. No tenía intención de inmiscuirse; fue más bien un acto reflejo, como marcando el territorio con una línea invisible; quería terminar de fumar el maldito LD sin que nadie lo molestara.

El borracho apenas se dio por enterado y continuó empujando al tipo trajeado.

Uno de los chicos volvió a salir del coche e intentaba en vano separarlos.

La escena era grotesca. Con un puñetazo descolocado pero eficaz, el borracho mandó al suelo al trajeado.

Una sucesión de pescozones con poco tino también dieron con el retrasado en medio de un charco.

Pero aún no tenía bastante. Tras un par de intentos torpes, se bajó la cremallera del pantalón y empezó a orinar encima del chaval.

El hombre era un tipo sin alma, pero algo en su interior se revolvió de asco. Matar por trabajo a quien se había buscado problemas era una cosa. Pero esa mierda no tenía ningún sentido.

Gritó un par de insultos en su idioma. No tuvo que hacer nada más. El último resquicio de sentido común alejó al borracho, dando tumbos, calle adelante.

El hombre se acercó al chico y lo ayudó a levantarse. Miró al padre, acobardado y encogido, en un lateral del callejón. La primera intención fue la de largarse de allí, pero entonces se dio cuenta de que el tipo trajeado tenía la mirada fija puesta en él.

—¿Qué mirras ? Lárgate.

A pesar de la advertencia el hombre pareció envalentonarse. Se acercó y le habló en voz baja.

—No sé cómo van estas cosas, pero puedo pagarte mucho dinero si te encargas de él.

Señaló con la cabeza al lugar por donde había desaparecido el borracho. El chaval ya estaba alejándose en dirección a la discoteca y no podía oírlos.

Se quedó un momento callado, mirando a aquel tipo con una mezcla de desdén y curiosidad. Tras unos momentos, le chapurreó, en su duro español, unas palabras al oído mientras le entregaba una tarjeta. El padre abrió los ojos como platos.

—Piensa bien. Si decides, llamas a este númerro . Pregunta por Rata y cuelga.

¿Por qué lo había hecho? Un observador externo hubiera podido pensar que por el dinero, pero ni le hacía falta ni aquel hombre iba a poder pagar su tarifa completa.

Tampoco por compasión, no le quedaban reservas de ese tipo de sentimientos.

De profundizar algo en su interior habría encontrado, en cambio, razones menos honorables: le gustaba matar.

No tardó en olvidar el incidente. Las caderas de la chica podían hacer que se olvidara de cualquier cosa. Incluso de las ganas de largarse de España y volver a Serbia. Pero no. De eso no.

O no todo el tiempo.

Veinticinco

¿Qué coño pintaba un sicario serbio en medio de Pedro y Justo Paz?

Pero, sobre todo: ¿por qué se tenía constancia de él justo en el lugar del asesinato múltiple que mi equipo estaba investigando?

Tal vez tuviera que hablar con los de verde, al fin y al cabo.

Por otro lado, casi me arrepentía de haber sacado la colilla del escenario del crimen visto el afortunado giro, alejado de Pedro, que parecía estar tomando el asunto.

Casi. Porque un extraño barrunto no dejaba de latir en mis tripas de perro viejo.

Habría estado bien comer algo, por no hablar de dormir, pero no tenía mucho tiempo y el teléfono no es lo más adecuado en estos casos, de modo que imprimí la ficha del señor Paunović, cogí un café de la máquina, me subí al coche y arranqué en dirección Ourense.

Si exprimía a fondo al halcón milenario podía llegar a la Dirección General de la Guardia Civil de Arbo antes de las siete de la tarde y estar de vuelta en Vigo para el siguiente movimiento, que ya se iba perfilando en mi cabeza.

Cogí un disco al azar y en el reproductor empezaron a sonar con furia los acordes del Foc de Rodrigo y Gabriela.

Una buena manera de no quedarme dormido al volante.

Con las primeras notas de «París» ya estaba tomando la salida 291 de la A-52.

Antes de intercambiar pareceres con la benemérita tenía que hacer una parada en As Neves, en la pensión A Rasante.

Por una vez el GPS atendió mis súplicas y me dejó sin problemas a las puertas del establecimiento.

Dejé el coche en el aparcamiento de un supermercado aledaño y me aseguré de tener la Heckler operativa en la sobaquera.

Los polis solo llegan a viejos con una gran dosis de prudencia o con una dosis aún mayor de suerte.

Y yo prefería no fiarlo todo a la segunda carta.