La ira de los mansos Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #9
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Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #9

—Llevo un buen rato leyendo las declaraciones de los testigos y el relato de los hechos expuestos en el informe del inspector Sober.

El juez no pudo evitar dirigir sus ojos hacia mí de nuevo. Estaba indudablemente al tanto de todos los detalles.

—Me gustaría conocer la versión del sospechoso... Si es posible.

Miraba alternamente a sus papeles y al fondo de la mesa de manera difusa.

Una concesión a la duda en su infinita bondad.

Finalmente, el atisbo de humanidad se desvaneció como un espejismo y apoyó la mirada en la madre.

Creo que yo fui el único que advirtió el gesto de resignación de Pedro.

Se me ocurrió que si Carmen hubiera sido más joven o hubiera estado menos cansada (de la vida, de todo) tal vez habría intentado reprocharle al juez la falta de tacto.

Como estaba cogiéndole gusto a esa nueva y refrescante desinhibición frontal decidí hacerlo yo por ella.

—Señoría, el sospechoso es Pedro.

Le aguanté la mirada, pero no fue chulería, ni valor, sino todo lo contrario. No hubiera soportado la reprimenda en los ojos de Lorena.

—Inspector, escuche. No entiendo muy bien mediante qué extraña casualidad usted, que se declara afín al sospechoso, se encontraba también en el lugar de los hechos.

Comprenderá que todo esto despierta mis suspicacias, aunque creo adivinar la sincera intención que le asiste debajo de esas formas tan.

.. particulares. Sin embargo, como usted debería saber, en el ámbito de la Justicia las formas son la principal garantía procesal.

Se lo advierto: una salida de tono más y dicto prisión preventiva para su amigo.

Cuando me piden las cosas de un modo razonable suelo corresponder. Decidí callarme. El señor Müller decidió, a su vez, enfocar el asunto de un modo más directo:

—Y bien, Pedro. ¿Puedes contarme todo otra vez?

Veintiuno

El hombre salió a la calle. Puto país. En el suyo aún se podía fumar en los bares.

Afuera un tipo bajo, gordo y malencarado insultaba a tres retrasados.

Escupía al hablar y parecía ir sobrado de cubatas.

Se le veía crecido a pesar de la inferioridad numérica y le estaba cogiendo gusto a las patadas.

Uno de los críos gimoteaba y se sorbía los mocos.

Otro hombre, alto y bien vestido, bajó de un coche apresuradamente y comenzó a increpar al borracho mientras hacía indicaciones a los tarados para que entraran en el coche.

El hombre encendió el cigarrillo y se apoyó en el marco de la puerta de la discoteca. No podía evitar presenciar la discusión pero no le interesaba lo más mínimo.

Por él se podían ir todos al infierno.

Veintidós

Volví a escuchar el relato de Pedro y la misma sensación de asco de la primera vez volvió a recorrerme las tripas.

Esa necesidad de odio gratuito que el ser humano lleva grabada en los genes debe de tener, sin duda, algún sentido evolutivo, pero en todos mis años como policía aún no he logrado averiguar cuál es.

¿Qué ganaba un despojo humano como Justo Paz, que ya había perdido casi todo lo que se puede perder en la vida, insultando de ese modo a tres chavales que eran, probablemente, las primeras personas en mucho tiempo que no lo miraban con desprecio?

Conozco las respuestas que enseñan en Perfiles: necesidad de autoestima, sublimación de complejo de inferioridad, proyección y transferencia de frustraciones.

.. Pero por debajo de esas freudianas y mezquinas necesidades personales es necesario que aflore un componente sádico con el que me he tropezado demasiadas veces a lo largo de mi vida.

Y no solo de la profesional. Una crueldad, en cambio, desconocida para Pedro, Aleixo o Tomás, semejantes a su provocador en necesidades y egoísmos pero incapaces de subordinar tales miserias a ese tipo de viscerales arrebatos de saña injustificada.

Lorena estaba en lo cierto: puestos a definir la perfección, sus chicos salían ganando.

El juez le dejó hablar sin interrupción hasta el momento en el que contó cómo la camarera había echado a Justo Paz del local. Ahí Pedro pareció ensimismarse y el magistrado se decidió a intervenir tras repasar el informe de Telmo:

—De modo que al cabo de media hora del altercado saliste a tomar el aire y te encontraste a la víctima fuera, fumando.

Tuve que morderme la lengua para no recordarle al juez Müller que, en ese momento, el señor Paz no era la víctima, sino el agresor.

—Sí. Cu... cuando me vio me gri... gritó otra vez.

—¿Qué era lo que gritaba?

Carmen apretó fugazmente la mano de su hijo.

—Me pre... preguntó si buscaba bronca. Me lla... llamó ta... tarado. Y me ti... tiró el cigarrillo a la cara.

—¿Y tú qué hiciste?

—Le dije que me de... dejara en paz. Pero él se acercó con una bo... botella de cerveza. Parecía que iba a pe... pegarme.

Esa parte no me sonaba. Presté atención.

—¿Llegó a hacerlo?

—No. Un hombre salió de la discoteca y al ve... vernos se puso en medio. Yo me di la vu... vuelta y me marché de allí.

Mi mente empezó a trabajar. Había en esa declaración, más completa, más pausada, algunos datos nuevos; intuía algunas modificaciones en el esquema general del desordenado puzle que tenía en la cabeza.

Tendría que haber presionado más a Pedro, preguntarle varias veces lo mismo, intentar desgranar esos detalles que con frecuencia arrinconamos en el cajón apolillado del inconsciente tras un suceso estresante.

Pero las consultas de pasillo tienen ese problema: se abandonan las rutinas y los tics profesionales, se pierde la más mínima objetividad, se dan por sentadas demasiadas cosas y uno tiende a instalarse fácilmente en el mayor enemigo de todo buen investigador: el prejuicio.

—¿Estuviste mucho tiempo dando vueltas?

—No sé... Un rato.

—¿Y no viste ni oíste nada cuando volviste?

Me envaré en la silla. Había llegado el momento.

Lorena también pareció agarrotarse. Se frotaba las manos con indisimulada crispación.

Se me ocurrió que íbamos a ser nosotros, nuestro lenguaje no verbal, los delatores del engaño.

Intenté relajarme, pero me fue imposible.

De repente fui consciente de todos los detalles de la sala.

La combinación de agotamiento y concentración parecía ralentizar el normal transcurso del tiempo y sumirme en un extraño estado perceptivo.

Mis sentidos apreciaban la textura porosa y delicada de los folios del juez; el ruido del roce de las medias de Lorena, una contra la otra; el aroma a madera vieja y humedad; sentía la leve corriente de aire en las piernas, procedente de la puerta; y en la cara de Pedro podía leer con claridad la angustia, el miedo, la duda, la necesidad de ser aceptado sin condiciones, el deseo de volar y el dolor por no poder hacerlo, la dificultad para mentir porque todo su ser deseaba contar la verdad.

Me sentía extrañamente poderoso, vivo, centrado.

Tanto que comprendí que ese era el estado natural de Pedro: lleno de presente, absolutamente encajado en cada instante.

Todo lo contrario que el resto del mundo, perseguidos por su pasado, pagando las deudas anticipadas de un inalcanzable futuro, permanentemente evadidos de lo único real: el ahora mismo.

A su modo, Pedro era el samurái que desecha el miedo o las consecuencias de sus actos y simplemente actúa en conciencia.

Y supe, con la claridad de un sol de verano en la cara, que si había una persona en el mundo capaz de poner en práctica el principio kantiano de moralidad, de actuar sin miedo a las consecuencias porque el aquí y ahora es lo único real, lo único importante, esa persona era Pedro.

Qué puta ironía. Estaba delante de uno de los tzadik , uno de los treinta y seis hombres justos por los que Dios aún no se había decidido a reducir el mundo a cenizas y humo.

Y vi, con nitidez de augur, que iba a contar la verdad.

Lo supe antes de que despegara los labios.

Pero en ese momento la vida, esa amante normalmente aburrida de mis caricias, decidió otorgarme un favor, tal vez por compasión, al contemplar mis profundas ojeras, mi corazón detenido entre dos latidos, mi angustia.

Qué más da el motivo. El caso es que antes de que Pedro articulara una sola palabra, pudo oírse, alta y clara en la sonora oquedad de la sala de vistas del juzgado de instrucción número ocho, la melodía más universal de Francisco Tárrega, el «Gran vals», transformado ya para siempre por la mercadotecnia y la desidia colectiva en el «Nokia Tune» de mi teléfono móvil.

Tras comprobar el origen de la llamada descolgué a pesar de la mirada furibunda de su señoría.

Sin encorvarme. A pecho descubierto. Sabiendo que, otra vez, me estaba jugando mi futuro y el de Pedro a doble o nada, acostumbrado ya a ser trilero del destino.

Escuché lo que la diosa Fortuna tenía que contarme mientras encajaba con sobrio empaque y cara de póquer (no podía ser de otra manera) las advertencias cada vez más coléricas del juez Müller.

Cuando di por terminado el recado colgué con parsimonia y me levanté pidiendo permiso para acercarme a hablar con él.

Carmen y Pedro me miraban extrañados mientras el joven abogado de Alza-Down parecía a punto de arrojar su tembloroso cuerpo de efebo bajo la mesa; y Lorena.

.. Hubiera sido una mala idea la del letrado, o en todo caso una idea inútil, porque Lorena parecía decidida a lanzarme el mobiliario y todo su contenido a la cabeza.

Veintitrés