Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #8
Llamé dos veces y abrí antes de que nadie me diera permiso para pasar.
No puedo decir que el comisario Canedo se sorprendiera al verme aparecer con aire de vencedor más que de vencido; nos teníamos calados.
Durante un par de años, cuando aún éramos rasos, habíamos compartido zeta y turnos de noche hasta hartarnos.
En cambio, yo sí me sorprendí al ver acomodado en una silla al inspector Sober, luciendo un gran hematoma en la mejilla derecha y con aire de pocos amigos.
—Siéntate, Carlos.
Al grano, sin un miserable buenos días. Tampoco lo esperaba. Me senté, pero intenté imprimir un poco de dignidad al gesto. Como si lo hiciera por gusto y no porque lo hubiera dicho mi superior.
—Supongo que ya imaginas por qué estamos aquí.
Me aferré al cansancio para evitar un comentario grosero, pero le sostuve la mirada.
—Sí.
—A ver si nos dejamos de gilipolleces y terminamos con esta historia, que tengo reunión con el comisario provincial a la una.
El inspector Sober espera de ti unas disculpas y una explicación, y tal vez así nos evitemos el mal trago de abrir un expediente interno.
Pero primero dime algo: ¿qué coño hacías en Churruca un martes a las cinco de la madrugada?
¿Hay alguna operación de la que no me tengas al tanto?
Esa era su mayor preocupación. Que no le acabaran pidiendo cuentas por algo de lo que no tenía ni puta idea o que no quedara una posible medalla sin colgar de su pechera.
Hasta el inspector más adocenado sabía que algunas cuestiones era mejor dejarlas guardadas en el cajón de asuntos reservados, bien alejadas del dominio de la autoridad competente.
Y hasta el comisario más heterodoxo ponía el máximo empeño en airearlas.
Y en ese yin-yang se nos iba la profesión.
Por supuesto, interpreté un tono retórico en la pregunta y me abstuve de contestar.
—Muy bien. Tan tozudo como siempre. ¿Me puedes explicar lo de ayer?
Durante un instante de clarividencia supe que estaba ante una de esas encrucijadas en que nos coloca a veces el destino.
La mayoría de las decisiones que tomamos habitualmente son intrascendentes, enmendables.
Pero unas pocas veces (tal vez cuatro o cinco en la vida) nos enfrentamos a una decisión capital, de la que pende el hilo del tapiz.
Identificar esas encrucijadas ayuda mucho, normalmente, a decidir con cierto sentido de la responsabilidad.
Ese, en cambio, no fue mi caso. Vi la ventana abierta, no puedo negarlo; y aun así me tiré por ella. Metafóricamente hablando, se entiende.
Tomé aire y contesté:
—El inspector Sober me informó de que iba a torturar a un sospechoso para hacerle confesar. Y yo expresé mi desacuerdo con dicha decisión.
Era una manera de contarlo no muy alejada de la realidad.
De hecho, bastante ajustada a su esencia.
Telmo, como me esperaba, se abalanzó hacia mí con un grito para dejar clara su disconformidad con esa versión de los hechos y de no ser por el puñetazo en la mesa del comisario hubiéramos podido seguir intercambiando opiniones durante un buen rato.
—¡Los dos sentados, me cago en vuestros muertos!
Toro Sober alternaba las miradas de rabia hacia mí con otras de cordero degollado hacia Canedo. Estaba viendo cómo se esfumaba su imaginado ascenso, incluso aunque finalmente no pudiera probarse nada.
—¡Está loco! ¡Comisario, usted me conoce! ¡Sabe que miente!
—¡Claro que te conozco, Sober, no me jodas!
Claro que lo conocía y por eso sabía que yo no estaba mintiendo.
De repente el marrón ya no estaba en mi tejado.
Estaba en el de Sober, acusado de uno de los peores cargos que puede lucir un madero en su expediente; y en el del comisario, que iba a tener que comerse una investigación interna.
Me daban ganas de marcharme silbando y dejarlos con sus problemas.
Pero no me engañaba, eso era pan para hoy y hambre para mañana; acababa de ganarme el odio del Cuerpo Nacional de Policía en pleno, empezando por mi inmediato superior.
—Inspector Sober, salga y espere fuera un momento. Inspector Manso, usted quédese.
Me pareció estar de vuelta en el instituto.
El toro, ahora cabestro, salió mansamente por la puerta de toriles.
Antes de cerrar se volvió y me dedicó una mirada transparente.
Podría haber deletreado sus escatológicas reflexiones hacia mis muertos.
Canedo esperó a que se cerrara la puerta para encararse conmigo.
—Como veo que te has levantado con ganas de joder no me voy a andar por las ramas: si buscabas un traslado estás haciendo méritos.
De momento quedas apartado de todos tus casos y me vas preparando un informe con el incidente de ayer.
Más te vale encontrar algún testigo que corrobore lo que acabas de contar o me aseguraré personalmente de que acabes con tus huesos en el Centro de Internamiento de Extranjeros más saturado que encuentre.
Dicen que a los niños toda la vida les cabe en un solo día. A mí la mía, después de tres días sin dormir, se me estaba empezando a hacer demasiado larga. Podía agitar los espantajos que le diera la gana. Me pillaba ya mayor para asustarme con el hombre del saco.
O con un destino en un CIE.
Diecinueve
El hombre seguía haciendo su trabajo, cuidando cada detalle. Anotando cada nombre, cada número de teléfono, cada dirección. Sus jefes no estaban dispuestos a que se repitiera la misma estupidez. Y eso les estaba quedando muy claro a los nuevos contactos.
Pero algunos días se quedaba a dormir en Vigo, una urbe portuaria y agitada, más de su gusto, e incluso a veces se permitía salir a respirar con la chica. Y a tomar unas cervezas. Se lo había ganado. En el tumulto anónimo de la ciudad casi conseguía sentirse a salvo.
Veinte
Viernes, 25 de enero
Vista de medidas preliminares
Juzgado de instrucción número 8 (Vigo)
Preside: Ilustre Sr. juez S. Müller
Mi plan inicial de desvincular a Pedro del caso se había ido a la mierda.
Carmen y su hijo se sentaban juntos, casi acurrucados, en una esquina de la desmesurada mesa de reuniones del juzgado de instrucción número ocho.
A su lado, pero dejando un prudente espacio para preservar la intimidad familiar, Lorena lucía su mejor atuendo profesional: blazer negro de corte elegante sobre blusa blanca con cuello mandarín, falda de tubo negra, medias a juego y tacones de cinco centímetros.
Junto a ella, a tiro de rodilla, revisaba papeles de forma compulsiva un joven abogado, habitual de Alza-Down.
Mentiría si dijera que no recuerdo su nombre.
Al otro lado de la mesa, a varios kilómetros de distancia, el bedel había reservado una silla para mí.
La gran poltrona de la cabecera, en caoba sombrío y rojo salomónico, estaba vacía cuando nos sentamos, pero no tuvimos que esperar mucho para que la puerta del fondo se abriera dejando paso a su señoría.
Sebastián Müller no parecía un juez de instrucción.
A primera vista parecía más bien un capitán de barco o un comando noruego de la Segunda Guerra Mundial.
Para ese tipo de sesiones preliminares no es costumbre portar la toga y sus recios pantalones de lona con jersey gris de cuello vuelto distaban bastante de la imagen habitual del cuerpo judicial en ejercicio.
—Su señoría el juez Müller.
El abogado y yo nos incorporamos automáticamente, por costumbre, al oír el anuncio protocolario del ujier.
Lorena se dejó arrastrar por la mano del abogado bajo su codo mientras en mi cabeza imaginaba varias formas simples de asesinar limpiamente a un picapleitos que frisaba la treintena.
Carmen y Pedro apenas tuvieron tiempo de levantarse antes de que el magistrado nos empujara de nuevo a las sillas con un autoritario y estudiado gesto de la mano.
Se sentó con vigor y prolongó el silencio un minuto más de lo necesario, mientras ojeaba algunos documentos.
Finalmente levantó la cabeza y dirigió un vistazo rápido a mis cuatro acompañantes.
Tras un breve saludo, sus ojos se detuvieron en la persona que ocupaba el otro lado de la mesa; alguien que no debería estar allí; alguien que había sido invitado por el abogado del sospechoso a petición de este; alguien que conocía bien las tripas de una investigación policial y que rechinaba en aquel ambiente formal tanto por su actitud provocadora como por la naturaleza de su profesión. Sus ojos se detuvieron en mí.
—Inspector... Carlos Manso. Supongo que es consciente de lo anómalo de esta situación.
—Lo soy, señoría. Tal vez si omite mi cargo le resulte más cómoda mi presencia en la sala. Estoy formalmente suspendido de todos mis casos y asisto a esta vista en calidad de amigo del sospechoso y por ser la persona que encontró el cadáver.
A pesar de mi aparente seguridad no había sido fácil colarme allí.
La ortodoxia judicial es un gran engranaje que tritura sin misericordia cualquier intento de humanización del acto de dictar sentencia.
En el fondo esa cosificación no estaba tan lejos de los eufemismos de la sala de interrogatorios.
Volvía a ser un mecanismo de defensa emocional de los órganos judiciales.
Una gran venda en los ojos de la Justicia que evitaba filias o fobias frente al presunto.
Un sacrificio figurado en el altar de la objetividad, esa hija bastarda de nuestro tiempo que reduce todo a números, a símbolos.
Pero tras el incidente con el inspector Sober se habían sucedido dos hechos inesperados por irregulares: el primero, que el interrogatorio a Pedro se había transformado, a sugerencia del comisario, en vista judicial urgente de medidas preliminares; el segundo, y dado que había traspasado ese punto de no retorno en el que solo me quedaba avanzar sin mirar atrás, que decidí vender lo poco que me quedaba de alma y convencer a Pedro y a su madre de que me permitieran asistir.