Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #7
Se los di con gusto. Y diez más. Después fuimos al Albatros, en la estación marítima.
Buena comida y buenas vistas. Nos sentamos en la terraza y pedí una botella del Rosal, ese albariño de espíritu aunque no de etiqueta que tan bien comprendo por ser casi una metáfora de mí mismo.
Durante un par de eternidades solo nos dedicamos a beber, comer y charlar de naderías, que es una manera tan buena como cualquier otra de detener el tiempo e intentar atrapar esa sustancia huidiza, evanescente y frágil que llamamos felicidad.
Quince
El hombre guardó el arma. Repasó con cuidado, como siempre, todo el entorno. Limpió de posibles huellas lo que había tocado y echó un último vistazo a los cadáveres. Dos muescas más para la colección. La próxima vez se tomarían en serio a su gente.
Unas cuantas visitas para convencer a algunas personas y en unos pocos días más estaría de vuelta. Ya se estaba cansando de ese culo húmedo del puto mundo. Aunque la chica era mona. Y se movía bien.
Dieciséis
Después de dejar a Lorena de vuelta en Alza-Down pisé el acelerador.
Aún podía llegar a la toma de declaración de Pedro; solo tenía que convencer de algún modo a Telmo para que me dejara estar presente.
En aquel momento, tal vez embriagado todavía por el rumor de las olas o por el vino, la idea sonaba fácil en mi cabeza.
Mientras conducía llamé a Leonardo Santos, un caimán de mi equipo con muchos contactos y pocos escrúpulos.
Leo pertenecía a esa clase de agentes que cualquier inspector con luces debe saber cuidar, en contra de las apariencias.
Un tipo improductivo y holgazán, más preocupado por su inminente jubilación que por el reglamento, pero con una agenda de chotas, dentro y fuera del cuerpo, que ya quisiera para sí el CNI.
Justo el tipo de persona que necesitaba para hacer algunas averiguaciones discretas sobre el arma del crimen.
Tras pronunciar las palabras mágicas «favor personal» se plegó sin remilgos a husmear entre el equipo del inspector Sober.
Ningún agente con medio dedo de frente y el retiro a la vuelta de la esquina se resiste a tener en números rojos a su superior, y Leo era un tipo listo.
Tras una breve parada no prevista anoté mentalmente la necesidad de aprender a usar el manos libres del teléfono móvil, de pedir algún tipo de bebida sin alcohol si tenía que conducir y de procurar hacerlo, en cualquier caso, dentro de los límites de velocidad permitidos.
Al menos el retraso me permitió contestar a la agente Ferro sin mentir.
—¿Qué tal con los grillos , jefe?
—Bah, ya sabes cómo son. Unos tocapelotas.
La realidad es porfiada y caprichosa. Y emplea, a su antojo, todo tipo de artificios para devolvernos constantemente desde la imaginaria y elevada posición de seres que aspiran a la luz a nuestra humilde y más objetiva categoría de gusanos.
Cuando le comenté a Telmo que pretendía asistir a la declaración de Pedro no pudo evitar una mueca de aprensión.
—¿El subnormal? Pero ¿qué coño te pasa, Carlos?
Estás rarito de cojones. ¿Es amigo tuyo?
No vas a entrar ahí ni de coña. No va a entrar ni su puta madre, literalmente; la he mandado a rellenar papeles con Delfín.
A este alelado le vamos a dar cariño hasta debajo de las uñas: tuvo una bronca con el muerto y vamos a hacer que confiese.
Casi escupía al hablar. «Dar cariño» es uno de esos eufemismos que tanto nos gustan a los del cuerpo; en el fondo no es más que miedo y culpa.
El lenguaje, otra vez, dando una mano de pintura para soportar mejor la cruda realidad de un interrogatorio alejado del manual.
Pero se ve que yo llevaba ya a mis espaldas una buena sobredosis de realidad porque no pude refrenar el repentino impulso que me asaltó.
El inspector Sober, a menos de un metro de mi rostro, cruzaba sin miramientos cualquier frontera estándar de burbuja personal, de modo que tuve que atrasar ligeramente la pierna derecha para que mi brazo izquierdo pudiera ejecutar un gyaku-tsuki casi perfecto a pesar del poco espacio para maniobrar: ignorando despectivamente la orden de detenerse (procedente de alguna alarmada y profunda parte de mi corteza prefrontal) se lanzó hacia delante, por encima del hombro y, sin tomar impulso, aprovechando tan solo la rotación de la cadera, restalló con la seca elasticidad de un latigazo.
Antes de darme cuenta de lo que estaba sucediendo noté un crujido (no sabría decir si en mi mano o en su cara), un dolor intenso en los nudillos y un sonido apagado, de mueble cayendo, o de porvenir fuliginoso.
De repente el Toro Sober yacía en el suelo, estropeando la moqueta color beige con dos brillantes churretones de sangre que huían de su boca.
El pensamiento se vuelve soberano y retozón en esos casos.
Abandona, por decirlo de algún modo, el asunto principal y se descuelga por las ramas, como dicen que el avestruz esconde la cabeza para obviar a su depredador (aunque yo siempre me he permitido una duda razonable a ese respecto; dicha actitud no puede ser muy favorable para el avestruz, evolutivamente hablando).
A mí me dio por cavilar acerca del quinto metacarpiano de la zurda.
Ya llevaba dos fracturas y el traumatólogo de la mutua me lo había dejado bien clarito: «Una tercera y habrá que meter una placa de titanio si no quiere que se le caiga la botella de whisky de la mano cada vez que se sirva».
El doctor Zumárraga era un hombretón grande y campechano que me conocía bien.
Nunca me preguntaba cómo. Y siempre me advertía de lo que pasaría si. ..
Poco a poco, porque por alguna entrópica razón que desconozco recuperar el control del propio cuerpo lleva más tiempo que perderlo, fui tomando conciencia de que iba a tener que lidiar con un marrón descomunal.
Y, sin embargo, una impresión de juvenil ligereza, de primavera anticipada, se había instalado en mi pecho; solo la empañaba que se hubiera complicado mi asistencia a la toma de declaración de Pedro.
En fin. No se puede tener todo.
Diecisiete
El hombre fumaba tumbado en la cama mientras la chica dormía rodeando su pecho con el brazo.
En un inesperado golpe de suerte ella le había ofrecido su piso de Vigo.
Eso le facilitaba mucho la logística y le permitía quedarse unos días más sin dejar demasiados rastros.
Aún tendría que volver por la pensión algunos días para acabar la faena, pero la suerte parecía acompañarle.
Por un momento fantaseó con llevarse a la chica a su país, pero enseguida le dio un ataque de risa. ¿Acaso se la iba a presentar a su familia?
Sus padres se pudrían en alguna fosa común de un pueblo que aún no había conseguido reponerse de la guerra.
Acababa de enviarles recuerdos mediante dos mensajeros.
Dieciocho
Esa noche tampoco dormí, aunque amanecí con la ambigua sensación de alivio que experimentan algunos condenados a muerte el día de su ejecución. Como si el mero tránsito a través de las tinieblas de la madrugada hubiera lavado algunos de mis pecados dejándome preparado para la penitencia del resto.
Me duché, me afeité y me vestí. Para darle gusto a mi lado oscuro elegí una americana de pana negra y una corbata gris que disfrutaban desde hacía años de un dorado retiro en el fondo del armario.
Me acabé el café, rancio de tres días, que aún quedaba en la cafetera.
Saqué el cigarrillo, lo olí, lo coloqué entre los labios, lo guardé de nuevo y salí de casa.
Ya en el coche encendí el GPS y solicité una dirección:
—Al patíbulo.
Como el dispositivo, en su bendita y fría inconsciencia, no estaba para logomaquias metafísicas, optó por anunciarme que dicha dirección no constaba en la base de datos. Respiré hondo y arranqué.
De camino a comisaría intenté hacer un pequeño resumen mental de la situación y descubrí sin sorpresa que el adjetivo «pequeño» le venía grande.
No tenía nada para exculpar a Pedro. No obstante, seguí aferrándome a ese nuevo y reconfortante calor que ocupaba el centro de mi pecho y atravesé el pasillo hacia mi despacho con un vago pensamiento optimista: tras tocar fondo solo queda una dirección hacia la que avanzar.
Pero el pensamiento se deshilachó en cuanto vi sobre mi mesa el aviso de reunión en el despacho del comisario Lorenzo Canedo.
Por la agente Ferro supe que se había aplazado la toma de declaración de Pedro hasta nueva orden y que Canedo estaba de un humor de perros. Más o menos su humor habitual, pensé, aunque me ahorré el comentario. Antes de dirigirme a su despacho mi subordinada tuvo un arranque poco habitual en ella.
—¿Todo bien, inspector?
Debía llevar el cansancio pintado en la cara.
—Más o menos. Oye, Sandra, te agradezco el apoyo moral. Sé que detrás de tu actitud correcta y profesional te preocupas por mí. Prometo aclararte todo esto en cuanto pueda.
—Disculpe, no quería entrometerme...
La detuve con un gesto que me hizo recordar el dolor de la mano.
Me estaba hartando de la montaña rusa emocional por la que me estaba dejando llevar, y de mi propia autocomplacencia al respecto.
No sé si fui yo o mi subconsciente (¿hay alguna diferencia?) pero decidí, de repente, dejar de lamerme las heridas y recuperar la iniciativa.
—Ni se te ocurra disculparte. Tienes todo el derecho del mundo a preguntarle a tu superior por qué se está comportando como un irresponsable. Que nadie te hurte ese derecho. Y no te preocupes, que Lorenzo y yo nos conocemos desde hace mucho.
Me dirigí al despacho del comisario doblemente aligerado, ahora que sabía qué iba a hacer y cómo iba a hacerlo. Si es que todo está en la cabeza.