La ira de los mansos Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #6
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Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #6

Luis y Manuel Taboada eran dos hermanos de As Neves que habían aparecido muertos hacía un par de semanas en su casa.

Colaborábamos con los picoletos de la EDOA porque había indicios de que el trabajo había sido cosa de la rama gallega de la mafia serbia en España.

Un asunto turbio de prostitución y tráfico de personas.

Era el último caso acumulado encima de mi mesa y aún no le había hincado el diente porque a los de la sección local nos tocaba la parte menos divertida: análisis de datos y papeleo.

—¿Seguro? No me han informado de ninguna reunión con la Guardia Civil.

—Es una reunión extraoficial.

Algo en mi tono de voz y en mi mirada advirtió a la agente Ferro de que no era buena idea seguir preguntando.

Era una buena agente. No se merecía una mentira tan evidente.

Dejé en asuntos pendientes una conversación con ella cuando todo eso terminara.

Si terminaba alguna vez. El cuerpo me pedía dos cosas, pero descarté de inmediato la opción de dormir, así que cogí el coche y me fui a la asociación a ver a Lorena.

Me estaba deslizando peligrosamente por una pendiente familiar.

Varias mujeres se habían interesado antes por mí, por supuesto.

No me atribuyo grandes méritos: un inspector de policía mal afeitado despierta bajos instintos con cierta facilidad, pero el interés suele durar hasta que la pose introvertida y arisca deja de tener el atractivo canalla de lo rudo y se revela como un rasgo estructural.

Vamos, que no soy un tipo de trato fácil y eso pasa doble factura.

Qué le vamos a hacer; he nacido con una fobia insuperable a las relaciones estables.

Y con una enorme dificultad para interpretar las sutilezas femeninas.

Dar por zanjada una relación es un proceso difícil y destructivo del que nadie sale indemne, y las sucesivas oleadas habían minado la autoestima propia y la ajena hasta el punto de que no estaba en mi ánimo volver a pasar o hacer pasar por el trance.

Era consciente de que mi situación con Lorena se acercaba a ese momento de precario equilibrio en el que, con el rabillo del ojo, empezaría a atisbar la necesidad femenina de concretar deseos en realidades.

Y una vez bajo ese dintel mi reticencia a cruzarlo se instalaría como un muro entre ambos.

Ni contigo ni sin ti. Pero a pesar de lo que me deparaba el futuro inmediato yo corría como perro fiel a verla, deseando que no llegara el momento en que el hueso se convertiría en patada.

No soy un tipo cruel. Tal vez solo un poco egoísta. Como todos, supongo.

No sabría decir si la sonrisa cansada que me regaló al llegar tenía más de hueso o de patada. Por un instante mis convicciones flaquearon y deseé abrazarla, pero me contuve.

—Ven, Carlos, pasa a mi despacho.

—Espera, deja que coja un café. ¿Tú quieres?

—¿No tomas demasiado café?

Me encogí de hombros, como preguntando «¿Cuánto es demasiado?

». Ni siquiera el pequeño monje zen que vivía en mi hombro desde hacía dos noches supo qué contestar.

Lorena se metió en su despacho y observé la actividad silenciosa, discreta, de afanadas hormigas, de los pobladores de aquella Arcadia escondida.

Mientras introducía las monedas en la máquina volví a experimentar la misma sensación de la primera vez.

La de estar contemplando una pequeña comunidad de extraños seres de frente amplia y ojos rasgados que resultaban no ser tan extraños en las distancias cortas.

Como para subrayar esa sensación, un chaval de unos doce o trece años se colocó a mi lado mientras esperaba a que la máquina me sirviera el café.

—¿ Zabez lo que zignifica «Down» en inglis ?

—Sí.

Se quedó mirándome. Era evidente que esperaba la respuesta.

—Abajo.

— Zi . Ya vez . Qué mala zuerte .

—¿Mala suerte?

— Ze podía haber llamado de otra manera, ¿no?

—¿Quién?

—El zeñor Down.

No supe qué contestar. Aquella reencarnación de buda en forma de muchacho de pelo lacio y lengua grande me miraba con ojos expresivos y educados.

El efecto Pigmalión implícito en su reflexión, la magnitud de semejante ejercicio de autoconciencia, la plácida aceptación del azar como motor de su destino reflejada en su mirada, igual que un buen marino acepta el viento y lo aprovecha como viene, sin luchar contra él, me golpearon como puños en la cara.

Al contrario que en un cuadro impresionista, la grotesca singularidad de esas personas desaparecía a medida que me acercaba y percibía mejor los detalles.

Di un par de sorbos al café con la intención de deshacer el nudo que se había instalado en mi garganta, pero solo conseguí empujarlo hasta el estómago.

Los polis duros de las novelas de Chandler de mi adolescencia no se ablandaban tan fácilmente.

Entré en el despacho de Lorena con tal colección de congojas que decidí meterme de lleno en faena para no darles la menor oportunidad de aflorar.

—¿Has hablado con los chicos?

No contestó enseguida. Me miró con ternura, con la cabeza ladeada, como se mira a un pez ahogándose en medio palmo de agua. Debe de ser alguna especie de perversa maldición ese don de las mujeres de adivinarme los reconcomios.

—Sí... Hoy por la tarde toman declaración a Pedro.

—¿Hoy? Sí que se está dando prisa Telmo.

—¿Quién?

—El inspector que está a cargo del caso. Un mal bicho, pero lo tengo comiendo de mi mano. ¿Crees que Pedro lo hará bien? ¿Podrá ocultar que descubrió el cadáver?

—No sé decirte. Creo que tenemos distintos conceptos acerca del bien. Le cuesta mentir, aunque es consciente de lo que se juega.

—Maldito Kant.

—¿Cómo?

—Kant... El acto moral tiene valor en sí mismo independientemente de sus consecuencias y todas esas paparruchas.

—Perdona, Carlos, me he perdido.

El común de los hombres no deja pasar la ocasión de impresionar a una mujer guapa cuando se le pone al alcance. Y yo soy del montón. Puse voz de autoridad y revolví entre los recuerdos de mi época universitaria.

—¿Tú crees que siempre está mal mentir?

—Pues... No, supongo que hay veces en que es necesario.

—Resumiendo mucho, Kant afirma que nunca está bien mentir. Que los motivos para justificar la mentira son siempre subjetivos. Todo muy razonable y muy categórico.

—¿No estás de acuerdo?

—Buf. Llevo muchos años en la Policía. El imperativo kantiano se lleva mal con la vida real. No creo que tenga que explicarte que vivimos rodeados de mentiras necesarias. Espero que Pedro también lo sepa.

Lorena me miró con la curiosidad de un conductor pasando por delante de un vehículo accidentado.

—Eres un inspector de policía atípico.

—La filosofía no da de comer.

—¿Licenciado en Filosofía?

—Doctorado. Con una tesis sobre el confucionismo de Kant. O la kanticidad de Confucio. Ya no me acuerdo.

Pasó un ángel. Uno de esos ángeles ambiguos y enigmáticos que lo mismo sellan complicidades, alzan parapetos o ensanchan fosos con el aletear imperceptible de sus alas.

—No.

Ahora era yo el perdido.

—¿No... qué?

—No me pareces un cabrón. La imperfección humana es tu compañera de trabajo. Solo te proteges para sobrevivir.

La respuesta diferida podía significar varias cosas: que había necesitado pensarlo, que quería contestarme mirándome a los ojos y no por teléfono o que no era buena improvisando excusas.

Como, por naturaleza y profesión, tiendo a ponerme en lo peor, destilé involuntariamente unas gotas de ira amarga y gratuita a través de la lengua.

—«Imperfección» es un eufemismo demasiado indulgente. Tus chicos son imperfectos. Los míos son asesinos.

Me arrepentí de esas palabras en cuanto las dejé caer. No me hizo falta esperar a ver el gesto de desagrado de Lorena. Lancé una mirada de odio a mi subconsciente y abrí un paraguas mental. Todo ello sin mover un solo músculo de la cara.

—¿Así que mis chicos son imperfectos? ¿A diferencia de ti?

¿O de quién? No creo que «mis» chicos sean menos perfectos que «tus» asesinos, «tus» ladrones o «tus» mentirosos; no son menos perfectos que «tus» borrachos; ni siquiera son menos perfectos que tú o que yo.

¿Te atreves a declararte mejor que Pedro, que Violeta o que los demás?

¿En serio te atreves? ¿De verdad te crees más listo por tener un cociente intelectual superior?

Deberías ver cómo aman incondicionalmente.

Cómo luchan, sin codos ni resentimientos, por buscar un lugar en una sociedad que no los acepta.

Su sentido de la solidaridad, su fidelidad, su tesón están mucho más cerca de la perfección que tu capacidad para hacer raíces cuadradas.

No gritaba, pero sus palabras sonaban como bofetadas en mi anestesiada conciencia de policía cínico y arrogante.

Mi subconsciente decidió devolverme la patada por debajo de la mesa en forma de una brumosa ausencia de ideas.

Dado que ella tenía razón y yo distaba mucho de la perfección, opté por una respuesta claramente imperfecta.

—Perdona. Este territorio para mí es nuevo. A veces me pierdo. Es difícil desprenderse de las connotaciones del lenguaje al que uno está acostumbrado.

Me devolvió una mirada algo menos dura, pero todavía cargada de la resignación de quien se dedica a vaciar el mar con un cubo de juguete.

De eso yo sabía algo. El despacho de uno de mis primeros comisarios estaba presidido por una sentencia bordada por su esposa en punto yugoslavo: T RABAJA EN IMPEDIR DELITOS PARA NO NECESITAR CASTIGOS .

Pero trabajar para intentar cambiar al ser humano es siempre frustrante.

Seguía callada, así que doblé la apuesta.

—¿Aceptas una invitación a comer? A modo de disculpa.

Creo que se sorprendió. Su mirada se suavizó aún más, aunque no del todo. Nunca del todo. A veces me parecía estar delante de un espejo.

—Dame diez minutos.