Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #5
Me giré para hacerme una composición de lugar: barriada arrabalera, de amor en alquiler y traquetos de medio pelo, de los que salen en The Wire ; edificios desportillados de tres o cuatro alturas a medio ocupar, con bajos oscuros destinados al exclusivo fin de vender felicidad de garrafón; sin cámaras, sin lechuzos , sin testigos.
El sitio ideal para un crimen. Si yo tuviera que matar buscaría un sitio como ese.
Pero Justo no tenía en esta vida ni amigos ni enemigos.
Al menos que constaran en nuestros archivos.
Varias detenciones por trapicheo, una pelea de la que salió con una condena y tres dientes menos, una mujer fugada tras varias denuncias mutuas por maltrato y un hijo muerto en accidente a los diecisiete años. Largo historial para tan poca vida.
Entré con la sorpresa del olor a limpio.
Desde la prohibición, esos sitios han perdido glamur.
Sin el pestazo a tabaco entrar en una discoteca es como hacerlo en la consulta del dentista, aunque con la música más alta.
El día en que la ley decida proteger también del trauma acústico a los trabajadores de la noche, estos locales habrán perdido todo su sentido y se convertirán de facto en lo que ya son: supermercados de alcohol y sexo en unidosis.
Me hago viejo, joder, yo crecí con Coltrane y la eterna cortina de humo; con el magreo discreto bajo la falda y el trago lento.
No soporto ver esas ingestas masivas e instantáneas de licor, el vómito inmediato, el sexo explícito.
Envejecer es esto, sentirte fuera de lugar en tu propia ciudad.
Sentirte fuera de lugar en cualquier lugar.
—¿Fátima?
La pregunta iba dirigida a la única camarera. Exuberante. Joven. Con cara de espabilada. Una pareja bebía cerveza en una mesa. De fondo U2. «With or Without You».
—Sí. ¿Te pongo algo?
Tenía los ojos grandes y un sutil acento exótico. Lo cierto es que yo ya no estaba en horas de trabajo.
—¿Tienes Jack Daniel’s?
Hizo un gesto afirmativo. Hubiera preferido un Wild Turkey, pero eso era demasiado pedirle al antro.
—Solo, sin hielo.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Estuve a punto de contestar «Me lo ha dicho un pajarito», pero tenía que dar buena impresión.
—¿Sabes lo del tipo que mataron aquí al lado ayer por la noche?
Se quedó parada, con la botella de whisky en la mano, mirándome fijamente.
—¿Eres poli?
Me han preguntado eso de muchas maneras en los últimos años. Cada vez con un tono más desafiante y menos asustado que la anterior. De nuevo el signo de los tiempos. Fátima no mostraba el menor asomo de temor. La noche no está hecha para almas pusilánimes.
—Soy un amigo de Pedro.
Deslizó un posavasos delante de mi mano y apoyó el vaso sin dejar de mirarme. Diría que se aligeró la leve sombra que velaba su frente. Puso unos frutos secos en un cestillo y me los acercó.
—Ya me han tomado declaración tus compañeros.
Una chica lista. Se confirmaba mi primera impresión.
¿Dónde están los idiotas cuando se les necesita?
¿No podía toparme con algún tipo vulgar, de esos que pueblan por miles las calles de esta puta ciudad?
¿De los que no hacen preguntas, se rajan en cuanto enseñas la placa y cantan como Pavarotti si huelen problemas?
—A mí no me interesa que me firmes ningún papel. Solo que me cuentes lo que viste.
—¿Y si no quiero contarte nada?
Mentirosa. Se moría de ganas. No me sacaba el ojo de encima. Casi podía oír sus pensamientos.
—Bueno, en ese caso... Me acabaré el whisky y me iré. Mira, solo quiero saber lo que pasó. Pedro puede meterse en un buen lío. Intento ayudarle.
Se hizo la interesante un par de minutos. Los que tardó en servirse una Estrella.
—Es terco y gruñón. Pero perdona a la misma velocidad con la que se cabrea. Y no mataría ni a una mosca.
—¿Conocías al muerto?
—No hay chiringuito, bar, discoteca o taberna de Churruca que no lo conozca. Hacía la ronda dos o tres veces por semana. Tuvimos que echarlo muchas veces.
—¿Violento?
—Borracho. Ladraba mucho pero no tenía huevos. Era uno de esos pichacorta que subliman su impotencia con alharaca verbal.
No hay mejor escuela que la de la vida. Y esa chica tenía un máster.
—¿Cuántos años tienes?
—Ni la mitad de los que tienes tú.
No aprendo. Levanté el vaso, hice el gesto universal de brindis y eché un trago. El sabor áspero adormeció mi garganta.
—¿Cuánto tiempo estuvo Pedro fuera solo?
—Una media hora.
Me miró con acritud y pasó al ataque.
—¿De verdad vais a ir a por él? ¿No tenéis nada mejor que hacer?
Decidí enseñar algo mis cartas. La chica parecía encariñada con Pedro.
—Yo tampoco creo que lo hiciera. La cuestión es si un jurado pensará lo mismo después de oír lo que ocurrió ayer aquí. Pedro tuvo el motivo y la ocasión. Conozco a gente que lleva una larga temporada a la sombra por mucho menos.
—¿Y el arma? Se comenta que lo acuchillaron. ¿La habéis encontrado?
—Oye, que aquí las preguntas las hago yo.
Los clientes del rincón se levantaron. El hombre salió sin mirarnos y la chica se acercó a la barra a pagar, deteniendo un instante sus ojos en los míos.
Aún no había pensado en la cuestión del arma.
Tendría que sacarle a Lema algún dato sobre ese asunto.
Y hablar con los agentes de Telmo. Si estaba haciendo bien su trabajo los habría tenido toda la mañana peinando cada rincón, cada papelera, cada alcantarilla de la zona.
Eso significaba levantar más polvo. Me sentía como un jabalí en un sembrado.
Cuando la pareja abandonó el local nos quedamos solos.
Reconocí los primeros acordes de «Thunder Road».
—¿Recuerdas alguna otra cosa que pueda ser útil? ¿El muerto se había peleado con alguien más?
Me miró con media sonrisa y señaló con el mentón hacia las mesas.
—¿Alguien más? Ayer solo estaban aquí los chicos, el borracho y la pareja que acaba de salir.
Menudo asco de plan. ¿Y para eso salían un martes al mes? ¿Para fingir un remedo de normalidad repitiendo a destiempo una rutina social? El Boss me daba la razón desde los altavoces.
—No pongas esa cara. Se lo pasan bien. Se sientan a charlar de sus cosas.
Beben un par de cervezas. Se ponen a bailar, por el placer de hacerlo, sin más objeto que sentir el ritmo.
A veces, cuando me lo piden, yo bailo con ellos.
¿Tú nunca has bebido unas cervezas con tus amigotes en algún bareto cutre?
¿Nunca has intentado ligar con una camarera?
Por un momento me pareció que pronunciaba la última pregunta con coquetería.
Preferí pensar que estaba proyectando deseos inconfesables de señor de mediana edad y no contesté.
Y yo que pensaba que podía leer sus pensamientos.
.. Últimamente todo el mundo me daba lecciones sobre el sentido de la vida.
—¿Otro whisky? Invita la casa.
No sabría decir en qué momento había perdido el control de la conversación. Rechacé la invitación, pagué y me fui antes de que el alcohol me enturbiara el escaso juicio que me quedaba.
Trece
El hombre preparó el material. Guardó en un bolsillo interior la Glock y dejó a mano el enorme cuchillo al que llamaba «su bisturí». De hecho, uno de los apodos que se había ganado allá lejos, en su tierra, era «el cirujano de Jakovac».
Respiró hondo. Se había familiarizado con la zona; era capaz de ir y venir sin mapa, y su destino estaba cerca.
Notó la sangre en las sienes, el calor en el bajo vientre y el cosquilleo en las manos.
Esa era la parte agradable. Era trabajo, pero nada le impedía disfrutar con él.
Por eso era tan bueno en lo que hacía. El reloj de la iglesia dio las diez.
Tal vez al acabar iría a visitar a su nueva amiga.
Cerró la puerta y salió silbando.
Catorce
Era la segunda noche sin dormir. He leído en algún sitio que el récord lo tiene un yanqui que se pasó diecinueve días en vela.
Intentando conciliar un sueño que me esquivaba busqué sin éxito a mi amiga vidente, por suerte para ella, porque pensaba llamar al número de la felicidad y largarle cuatro cosas.
Empecé a leer una novela de Akutagawa. Puse a Chet Baker en la cadena de música.
Solo me quedaba conectarme a internet y abrir el último BOE.
Mi apartamento alquilado de cincuenta metros cuadrados se empequeñecía a medida que la luna completaba su ronda nocturna.
Lo intenté con más whisky. Pasaban de las cinco cuando concluí que el alcohol definitivamente no era un buen somnífero y preparé café.
Me quedé dormido hacia las seis en el sillón, con la taza humeando en la mano.
El despertador sonó media hora más tarde. Deseé morir y descansar, por fin.
Cogí una caja de ibuprofenos y me pasé por comisaría a cubrir papeles.
Si los entregaba a tiempo nadie me molestaba.
En eso consiste la mitad de mi trabajo. Tal vez por eso nadie se extrañó de que solo saliera un par de veces del despacho en toda la mañana.
A por café y al baño. A la una no podía más y me marché con la primera excusa que se me ocurrió.
Los héroes de mi infancia no desfallecían por un par de noches sin pegar ojo.
No se quedaban en blanco ante los procaces comentarios de una mocosa; ni se hacían viejos de repente, enterrados bajo una montaña de burocracia.
—Agente Ferro, avíseme al busca si hay alguna novedad en el caso de los Taboada. Voy a una reunión con los de Crimen Organizado.