Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #4
Llegué a comisaría con hora y media de retraso y más cansado que después de un mes de vacaciones.
Lo bueno de ser inspector es que solo te pide cuentas el comisario.
Y lo bueno de ser comisario es que no hace falta llegar a trabajar antes de las once, de modo que a esas horas aún no había nadie en la Central con autoridad para afearme la tardanza.
Puse mi mejor cara de rottweiler, perfectamente subrayada tras unas profundas ojeras y barba de dos días, y entré en el despacho sin mirar a los lados.
Los agentes me conocían demasiado bien. No hacía falta poner el cartel de NO MOLESTAR .
Llené el filtro hasta arriba y cargué la cafetera de agua.
Enseguida empezó a gorgotear. El simple olor casi bastó para aclarar mis confusos pensamientos.
Intentaba pergeñar algo parecido a un plan, pero con tantos agujeros tenía que darle duro a la bomba de achique si no quería naufragar antes de haber acabado de levar el ancla.
Y para eso necesitaba un par de litros de café.
Decidí llamar a Lorena. Tenía la excusa y la ocasión.
Si no hubiera estado tan cansado me habría alegrado.
Hacía pocas horas que nos habíamos visto y ya la echaba de menos.
Tantas adicciones no auguraban nada bueno.
—¿Sí?
La voz sonaba espesa a través del móvil. Casi podía sentir el calor de su cuerpo en la cama.
—Ahora me toca a mí disculparme por despertarte.
—Hola, Carlos. No te preocupes, dime.
—Buenos días.
Me pareció verla sonreír.
—Buenos días.
—Estoy trabajando en nuestro asunto. Pero necesito que le des un recado a Pedro. Y a su padre.
—Claro. Dime.
—Es probable que a lo largo de hoy o mañana sean citados a declarar. En cuanto los agentes empiecen a hacer su trabajo y hagan algunas preguntas, se toparán con su historia.
De fondo escuchaba a Lorena levantándose de la cama, subiendo la persiana, calentando café. Sonidos que alimentaban mi imaginación. Deseé intensamente desayunar en su compañía, rodeado de esos sonidos.
—¿Crees que Pedro podrá mentir en una declaración?
—¿Qué tipo de mentira?
—Tanto él como su padre debieron avisar en cuanto descubrieron el cadáver, pero eso ya no se puede cambiar. Lo mejor sería que negaran haberlo visto. En cuanto al resto de la historia lo mejor es que sean completamente sinceros. De todos modos, los testigos corroborarán los insultos y la discusión.
—Ya. Hablaré con Pedro.
—¿Podrías hablar también con los otros dos chicos, Aleixo y Tomás?
—Tienes buena memoria.
—Es mi trabajo. Me gustaría que averiguaras discretamente si en el camino a su casa Pedro les contó algo o advirtieron algo extraño que pudieran contarle a la Policía. Si puedes, hazlo pronto. Creo que disponemos de unas horas, pero nunca se sabe.
—A sus órdenes, inspector.
Las fantasías en mi cabeza empezaron a tomar un rumbo inapropiado. Tuve que reprimir una tos.
—Gracias, Lorena.
—Al contrario, Carlos, gracias a ti.
Debió de notar mi indecisión porque se quedó callada pegada al teléfono.
—¿Puedo preguntarte algo, en confianza?
—Claro.
—¿Te parezco un cabrón?
Se echó a reír. Me sorprendía que lo hiciera. Nunca me había caracterizado por mi vis cómica ni por mis ganas de hacerme el gracioso.
—Así que eres humano. Te afecta lo que los demás piensen de ti...
Era la segunda vez en menos de tres horas que alguien juzgaba mi humanidad. La respuesta se materializó de inmediato entre las brumas de mi mente: «Solo me importa lo que tú pienses». Por supuesto, las palabras que pronuncié fueron otras muy distintas:
—Tocado y hundido. Date prisa.
Diez
Estaba a punto de salir hacia el laboratorio cuando recibí la llamada del inspector Sober. Esperaba que lo hiciera, pero no tan pronto. Este dentón iba a tirarse solo al fondo de la barca.
—Hola, Carlos, soy Telmo.
Una llamada de Toro Sober a mi despacho era algo completamente inusual. Llamaba picado por la curiosidad, así que ataqué primero. No es costumbre husmear en los casos de los demás, pero a fin de cuentas yo había dado el aviso del fiambre. Esperaba pillarlo por sorpresa y con la guardia baja.
—Qué tal, hombre. ¿Sabes ya quién era el muerto?
Iba a preguntarme por el rumor de su ascenso, lo que le obligaba en cierto modo a contestarme. Favor por favor. Aun así, dudó en el auricular.
—Un tal Justo Paz. Borrachín habitual del entorno de Churruca.
Antecedentes por tenencia y lesiones; por lo que parece el patronímico no le imprimió suficiente carácter.
Se le debió de calentar la boca y enfadó a quien no debía.
Nada que te pueda interesar. Oye... Lo del rumor que me comentabas ¿dónde lo oíste?
Ni el patronímico ni el antropónimo. Así es la vida. Un ghicho que trataba de librarse del destino impreso en su nombre se burlaba de un chaval empeñado en sobreponerse al destino impreso en sus células. El señor Paz tenía más en común con Pedro de lo que pensaba. Qué ironía. Y qué mierda de mundo.
—Pues no sabría decirte, pero es vox populi . ¿No te comentaron nada en la reunión del otro día?
—Qué va. Control de calidad y gestión de recursos. Estoy hasta los huevos de tanto cursillo de oficinista que no sirve para un carajo cuando estás ahí fuera jugándote el pellejo. En fin. Pues nada, hombre, si sabes algo más me das un toque. Un abrazo, Carlos.
Sí, un abrazo. O mejor, un beso en la mejilla. Pero de momento iba a dejar que se cociera un poco más en su salsa.
—Adiós, Telmo. Descuida. Si me entero de algo te aviso.
Cogí mi vieja cazadora de cuero. En tiempos me las daba de sheriff a lomos de una Bandit 650, muerta en acto de servicio contra un pretil.
No quise tirar la chupa y la tenía colgada de una percha de la taquilla, cogiendo polvo.
Como un samurái retirado con la espada guardada bajo la cama.
No combinaba con mi viejo coche, pero abrigaba bien y ya llevaba muchas horas a camisa puesta y con el frío anidando en los tuétanos.
Me acerqué hasta el laboratorio con una sensación extraña en el cuerpo.
Quería averiguar lo ocurrido, pero tenía un mal pálpito.
A lo mejor no me gustaba lo que encontraba.
Una voz en mi cabeza me seguía recordando que la realidad se encuentra con demasiada frecuencia en las antípodas de los guiones de Hollywood y que no suele tener ningún tipo de miramiento con los afectos de quien la desvela.
De repente ya no me parecía tan buena idea haberme ofrecido para ayudar a Pedro, y mis agotados huesos empezaban a reclamar un cálido retiro en alguna isla tropical. No tenía edad para salvar el mundo.
El laboratorio brillaba con esa luz angelical y estéril de las series de televisión. Y ahí se terminaba todo el parecido. Los chicos de la Científica se mostraron tan cordiales como inflexibles cuando les pedí el favor.
—¿Sabes la pasta que cuesta el análisis que nos pides?
Extraer el material de la colilla, procesarlo y enviarlo a genética rondará los seiscientos euros.
Eso sin contar que lo traes en un soporte contaminado.
Supongo que tendremos que filtrar tu ADN.
Necesitamos justificar un gasto así. Los de arriba nos comen.
Si me firmas la petición formal lo tienes en dos o tres días.
Si pones que es urgente puede que menos.
Antes todo era más sencillo. Un compañero te pedía un favor y se lo hacías.
Ahora priman la eficiencia y la contención del gasto.
A no tardar íbamos a tener que pagar un ticket moderador por cada bala.
Para evitar tiroteos inútiles a cargo del contribuyente.
Y cuando eso sucediera dejaríamos de disparar a las piernas y apuntaríamos directamente a la cabeza de los sospechosos. Mucho más barato, dónde va a parar.
Mi relación con los mandos se podía definir como manifiestamente mejorable.
Unas pocas más de esas y me tendría que echar al monte pero nunca he sido capaz de subordinar las tripas a la autoridad.
Firmé la hoja y la dejé en el cajetín de entrada, junto con la muestra para procesar.
Dentro de seis meses algún auditor me pediría cuentas y tendría que inventar excusas o falsificar un nuevo documento que volvería a ser auditado.
Con un poco de suerte, la muerte me alcanzaría antes en algún sucio callejón. Como a Justo Paz.
Volví a comisaría a buscar más información del difunto. Y a fingir que trabajaba.
Hasta la noche no podía hacer nada más.
Once
El hombre salió del hotel. Tras dar un breve paseo entró en el único sitio que le generaba expectativas y repasó con ojos de depredador la pista de baile.
Mucha carne joven e impresionable. Aunque de gesto torvo, el aspecto exótico jugaba a su favor.
Sabía que era tan de provincias como aquellas chicas, pero el pelo de un rubio imposible, la cicatriz de la barbilla y un fuerte acento eslavo las derretía sin apenas esfuerzo.
Y ninguna era capaz de ver las tinieblas que habitaban su interior.
Por eso las prefería a las otras. El anonimato le permitía un remedo de normalidad.
No soportaba el miedo en la mirada de sus amantes.
Estaba lejos de su hogar. Necesitaba compañía. Eligió pronto. Y resultó fácil.
Doce
A las doce volvía a estar aparcado en el mismo lugar de la noche anterior.
La discoteca Mandrake tenía el portón abierto y una luz roja, de puticlub barato, arrojaba sombras chinescas al exterior.
Un mago con chistera, capa negra y aire vintage me miraba desde el frontal pintado del local.
El callejón lateral lucía el precinto policial con el orgullo de diez minutos de fama del entrevistado ocasional que sabe que nunca volverá a salir en televisión.