Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #3
Lo cierto era que incluso yo tenía dudas.
La navaja de Ockham, esa herramienta deductiva, básica de todo buen investigador, me empujaba a pensar que la explicación más simple y obvia era la correcta, pero después de oír la historia en boca de Pedro no podía evitar la sensación de que estaba diciendo la verdad.
No, no me iba a meter en ese fregado por Lorena (aunque esa hubiera sido una razón más que suficiente).
Iba a hacerlo por la misma razón por la que me metí a policía: porque me jode que la Justicia tenga de obtusa lo mismo que de ciega.
Y porque, de un modo que no conseguía explicarme, Violeta, asesinada por dinero, seguía susurrándome al oído palabras negras cargadas de rabia.
Ahora, tiempo después, sé que esos pensamientos eran míos, no de Violeta.
Ella, como Pedro, no necesitaba ningún desagravio. Solo quería vivir.
Salí del coche en silencio. Eran casi las cinco y media.
Caminé hasta la entrada y me quedé escuchando junto a la puerta cerrada de la discoteca.
No se oía nada, sin duda porque ya no quedaba nadie dentro.
Un poco más adelante pude ver el callejón.
No tuve que adentrarme más que unos pasos para encontrarme con el fardo.
Caucásico, moreno, mal afeitado, entre los cuarenta y los cincuenta, ropa barata, obeso.
A pesar de la escasa luz pude comprobar que el padre tenía razón: había mucha sangre.
El cuerpo estaba boca abajo, con la cara de medio lado y desde mi posición no alcanzaba a ver ninguna herida.
No podía acercarme demasiado sin riesgo de dejar huellas sobre el charco, pero parecía evidente que algo le había reventado una cañería principal.
Bala o mojada . Sin darle la vuelta, imposible saberlo.
No se veían casquillos cerca. Me inclinaba más por el arma blanca.
Nadie usa revólver hoy en día y cualquier otro hierro dejaría chatarra.
Miré alrededor. No buscaba nada en concreto, pero a veces hay suerte.
En la pared junto a la que descansaba el cuerpo había un par de manchas que bien podrían ser de sangre.
Tal vez intentó apoyarse antes de caer y morir desangrado.
No parecía haber más signos de violencia alrededor del cuerpo.
El fondo del callejón era un cul-de-sac envuelto en sombras.
Por un momento se me pasó la idea de que podría haber alguien emboscado, aunque en realidad era poco probable, teniendo en cuenta que hacía varias horas que el ghicho departía con sus antepasados.
Aun así, ya no pude desprenderme de la idea de echar un vistazo.
El problema que se me planteaba era cómo sortear el cadáver sin pisar la viscosa pasta roja a medio coagular, porque el charco ocupaba casi todo el ancho del callejón.
Me sentí ridículo cogiendo impulso y saltando por encima del desgraciado.
Más me valía no ser visto ni oído o mi escasa reputación se iría al carajo.
Tras las sombras no se escondía nadie, claro.
Encendí la pequeña linterna de Decathlon que llevaba en el llavero y eché un vistazo por el suelo con poca fe.
Envoltorios de chicle, varios estratos de orina vieja, una colilla.
Juré por enésima vez cambiar de trabajo y me agaché a recogerla.
Marca extranjera. LD rubio. Seca, sin aplastar.
Aún conservaba el olor. La envolví en un clínex y me la guardé en el bolsillo.
Mi conciencia chillaba como una urraca histérica ante tanta insensatez y eso me trajo a la mente otra sentencia del sabio filósofo: cuando un pájaro te dice que estás loco debe de ser cierto: los pájaros no hablan.
Allí no podía hacer nada más, de momento, así que salté de nuevo por encima del bulto, retrocedí despacio sobre mis pasos y marqué el número de emergencias.
Iba siendo hora de llamar a la caballería.
Siete
—Repítelo todo desde el principio, Carlos, que no me entero. ¿Qué coño hacías en Churruca de madrugada?
—No jodas, Telmo, encima que me encuentro este tinglado sin estar de servicio y llamo al juez de guardia y al forense para que te encuentres la faena encaminada...
—¿No te estarás abujarrando, Mansito? ¿Buscabas compañía?
Telmo Sober encarnaba todos los tópicos universales en torno al policía falócrata, homófobo y prepotente.
Un macho alfa capaz de romperle a patadas los huevos a un proxeneta mientras piropea con exabruptos a su fulana.
El peor inspector de guardia que podía haber deseado para tratar con delicadeza el asunto que me traía entre manos.
Un reto tal vez a la altura de mi capacidad, pero, pronto lo iba a descubrir, no de mi paciencia.
—Vete a tomar por culo. La próxima vez aviso a la Local y te dejo el puro enterito para ti. Para que te lo metas por donde prefieras.
Claro que quemar todos los puentes con el que iba a ser el responsable de la investigación tampoco es que fuera un gran plan, así que después de sacar un poco de pecho tocaba envainármela.
—Por cierto, ¿qué tal la comida de la semana pasada con el comisario y los de Jefatura? ¿Es cierto el rumor?
Mi abuelo me llevaba de pequeño a pescar dentones.
Recuerdo cómo me explicaba, con infinita paciencia, mientras el sol se ponía tras la esbelta silueta de cetáceo de las islas Cíes, la manera de ensartar el pellejo de la jibia que usaba de carnaza para que se mantuviera viva.
Y cómo sonreía de medio lado al desvelarme que, de ese modo, era el pez el que acudía al cebo y, ya enganchado al anzuelo, seguía corriendo tras el hilo sin que el pescador tuviera que esforzarse apenas por sacarlo del agua.
—¿De qué rumor hablas?
—Venga ya, Telmo, no te hagas el estrecho. Sabes de sobra lo que se comenta por los pasillos.
—Ni idea, suéltalo.
—El puesto de Salgueira es tuyo.
—No me veo de inspector jefe.
—Sí, ya. Tú prefieres congelarte el culo husmeando cadáveres a las seis de la mañana hasta la jubilación o hasta que algún pringado te dé matarile por diez gramos.
—Bueno, ya se verá.
Me dieron ganas de limpiarle la saliva que empezaba a colgarle de la comisura de los labios, pero despaché el asunto con una palmada en la espalda.
—Acuérdate de tus colegas de trinchera cuando te codees con la crema. Nos vemos dentro de un rato en comisaría.
Lo dejé con sus sabuesos y me fui a por el forense, a ver si podía sacarle algo. Estaba agachado sobre el cadáver, hurgando, palpando, removiendo. Parecía un buitre sobre la carroña. Bien mirado, ambos lo parecíamos.
—¿No haces demasiadas guardias, Lema?
—¿Y a ti qué te importa?
—Cómo está el patio. No se os puede decir nada. Telmo casi me muerde y ahora tú. Se me quitan las ganas de hacer favores.
—Perdona, Carlos. Tengo todavía dos cuerpos en la nevera y ahora este. Estoy hasta arriba.
—¿Qué opinas?
—¿Sabe el inspector Sober que estás curioseando?
—¿Aún no lo han ascendido y ya con esas reverencias?
—Parecemos gallegos.
—Será que lo somos. Venga, hombre, te debo unas cañas, pero dime algo. Es un asunto personal. Nada de importancia, pero me gustaría averiguar quién ha hecho esto.
Me dirigió una mirada de extrañeza. Debía tener cuidado con el forense.
—No tendrá importancia, pero no te he visto pedir un favor en quince años. Tú siempre vas por libre. ¿No tendrás algo que ver con esta degollina?
—Nada que pueda airear.
Encogí los hombros y me di la vuelta, amagando con irme.
Era una moneda al aire, pero, si no me equivocaba, Lema era un buen tipo.
Con sus neurosis, como todos, pero también con algo del antiguo esprit de corps .
Imaginé que le dolería quedarse con la espina de no haber ayudado a un compañero.
A los dos pasos oí cómo me llamaba. Esta vez había salido cara.
—Mañana por la tarde espero tener un preliminar con más datos.
De momento te puedo decir que murió desangrado por una herida de arma blanca en el costado, que no parece haber otras lesiones, que huele a alcohol que tumba y que no llevará ni cuatro horas muerto.
Aún no ha empezado el rigor mortis y el hígado está calentito, a pesar de la sangría y del relente. ¿Te vale?
—Tendrá que valer. Muchas gracias, Lema.
Iba a marcharme, pero se me quedó mirando.
—Oye, Carlos...
—Dime.
—Estás cambiado. No sé. Más... humano. Cuídate.
Me sentí extraño. De repente fui consciente de que tal vez no era tan diferente de Telmo.
Asocial, engreído, misántropo, manipulador.
Poco humano. ¿O demasiado humano? El cansancio me asaltó de repente, sin transición, sin clemencia.
Y en media hora tenía que estar fichando en comisaría.
Me froté los ojos y me subí al coche. Puse la radio bajita y encendí la calefacción.
Sonaba Man Down de Rihanna y las sirenas de la melodía se mezclaban con las reales.
Algún dios burlón se estaba riendo de mí en alguna parte.
Media hora...
Ocho
El hombre hizo su trabajo con dedicación y esmero.
Identificar, vigilar, establecer pautas, vías de escape, recursos disponibles.
Anotar horarios, rutinas, fortalezas y debilidades de sus presas.
Era un profesional, formado entre los mejores.
Le llevó menos de lo que esperaba, pero lo hizo a conciencia y con discreción.
Los dos objetivos no sospechaban lo que se les venía encima y continuaban con su vida sin desconfiar.
Era increíble la desfachatez con la que pensaban que podían engañar a la organización.
Tras registrar las últimas notas decidió que esa noche se la iba a tomar libre.
El día siguiente iba a ser intenso.
Nueve