La ira de los mansos Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #2
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Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU #2

La voz preocupada, digna a pesar de las erres nasales, me pilló por sorpresa.

A fin de cuentas, mi experiencia con el síndrome de Down se limitaba a Violeta y ya estaba muerta cuando la conocí.

A pesar de los esfuerzos de Lorena por abrirme los ojos, yo seguía instalado en el mismo cómodo prejuicio que el resto de la sociedad: el de no considerarlos interlocutores válidos.

Ni siquiera para aquellos aspectos relacionados directamente con su vida.

—¿A qué te refieres?

Me salió un tono brusco, ligeramente provocador. Supongo que esperaba que se diera por vencido y me dejara seguir teniendo mi conversación de adultos.

—No vamos a la discoteca pa... pa... para protestar, ni co... como un desafío. Va... vamos a divertirnos. Mejor el martes. Na... na... nadie nos mira raro. Ni nos ha... ha... hacen descuento.

—Ya.

Su sentido común contra mi cinismo. A ver si iba aprendiendo a no subestimar a la gente por el hecho de tener la lengua grande y los ojos achinados. Lorena salió al quite, más que nada, supongo, para no seguir viendo cómo me humillaba yo solo.

—A la una se fueron de la discoteca, como siempre. Sus padres se turnan para hacer de taxistas. Este mes le tocaba a Antonio. Les esperaba en su coche para llevarlos a casa. Pero solo salieron dos: Aleixo y Tomás.

El café aún estaba demasiado caliente, pero me lo acabé de un trago y respiré hondo, mirando al padre. Si hay que hacer un trabajo, hay que hacerlo bien.

—Siga usted, Antonio.

Carraspeó y se masajeó la frente. Miró a su hijo y le puso una mano en el hombro, con sencillez, de un modo que parecía cotidiano, no impostado. Tuve una punzada de envidia. Qué estupidez.

—Al salir se sorprendieron al verme solo.

Me dijeron que Pedro había salido hacía un buen rato a tomar el aire y que pensaron que estaría fuera conmigo.

Me puse un poco nervioso y les grité que no debían perderse de vista entre ellos, que siempre se lo repetimos.

En fin, ya se imagina. Me puse en lo peor.

Le costaba hablar. Llevo muchos años viendo sufrir a la gente. Esa angustia parecía auténtica. Esperé a que siguiera hablando.

—Los dejé sentados en el coche y fui a buscarlo. Lo encontré enseguida, en un callejón lateral, llorando y vomitando. En cuanto me vio se abrazó a mí. Repetía todo el rato «Yo no he sido, yo no he sido». Le pregunté que a qué se refería y me señaló el fondo del callejón. Entonces lo vi.

Pronunció las últimas palabras con la voz quebrada.

Su mujer le pasó una mano por la espalda, pero sin soltar el brazo de Pedro.

Otra punzada. De repente, con esa facilidad innata que tienen algunas mujeres para leer los más íntimos sentimientos de los hombres, Lorena, de un modo discreto, casi imperceptible, me acarició la mano que sostenía el vaso vacío de café.

Tuve que hacer esfuerzos para seguir como si tal cosa.

—¿Qué vio?

—Al principio pensé que era un borracho, o un indigente.

.. Hasta que me di cuenta del charco de sangre.

Muchísima sangre. Nunca había visto tanta.

Me llevé a Pedro de allí a toda prisa, dejé a los otros en sus casas y desperté a mi mujer.

Ella decidió llamar a Lorena y... Bueno, aquí estamos. .. Sin saber qué hacer...

Hay que joderse. Así que al final sí había fiambre. No pude reprimir un grosero pensamiento relacionado con la antigua profesión de la madre de la vidente de la teletienda.

Cuatro

—Tal y como yo lo veo deberían ir a comisaría y contar lo mismo que me han contado a mí. No entiendo dónde está el problema.

—El problema es que el muerto llevaba toda la noche insultando a los chicos. Pedro y él discutieron y casi llegan a las manos. Hay varios testigos: la camarera y un par de clientes de la discoteca.

Lorena sabía resumir cuando quería. Me había dejado muy nítida la naturaleza del problema. Decidí reconducir mi relación con el chaval y darme a mí mismo otra oportunidad.

—Cuéntame qué ocurrió, Pedro.

El padre se adelantó a la respuesta.

—Ya se lo ha dicho la directora, van a culpar a mi hijo y él no ha hecho nada...

Era un consuelo. Si ni siquiera su progenitor podía evitar tratarlo como si fuera un crío, qué se podía esperar de un misántropo huraño como yo. Pero con ese hombre empezaba a tener algo personal, así que insistí con mal disimulada acritud.

—Disculpe, Antonio. Deje que sea su hijo quien me lo cuente.

Pedro se revolvió en la silla y miró a su madre antes de contestar. Levantó la cabeza y me aguantó la mirada todo el tiempo que le llevó explicarse. He conocido macarras con menos arrestos.

—Nos lla... lla... llamó retrasados. Al principio no le hi... hi... hicimos caso. Le dije que nos dejara en paz. Que no estábamos molestando a na... nadie.

Tomó aire para seguir. Yo también.

—Nos dijo que éramos nosotros los que le molestábamos a él.

Que no le gustaba que estuviéramos allí.

Que lo ensuciábamos todo con nuestras babas.

Me llamó mongólico. Yo me levanté y le llamé cabrón.

Fátima, la camarera, se puso en medio, le dijo que se largara y se largó.

Cuando acabé la bebida salí a tomar el aire y me lo encontré fuera, fumando.

De repente ya no tartamudeaba. Lo contaba, pero parecía revivirlo, como si estuviera otra vez en la discoteca.

Las lágrimas se le escapaban con rabia. No, con rabia no, con impotencia.

En tres lustros de oficio he visto y oído mucha porquería y ya casi nada me afecta, pero debo confesar que oyéndole se me revolvió el café en las tripas.

La madre le pasó una mano por el pelo y se calmó un poco. De un modo paradójico, con la calma volvió la disfemia.

—Cuando me vio salir volvió a gri... gritarme. Yo no quería pro... problemas, así que me fui a dar una vuelta. Cuando volví ya no estaba en la entrada. Oí un ruido en el ca... ca... callejón y me asomé a ver. Estaba ti... ti... ti...

Lo dejé desatascarse solo.

—Estaba ti... tirado en el suelo, todo lleno de sangre. Y yo vo... vo... vomité.

Era comprensible. Yo llevaba un rato con ganas. Esperé a ver si tenía algo más que decir. Cuando el silencio se volvió incómodo incluso para mí, miré a Lorena y me levanté.

—¿Puedes salir un momento?

—Sí. Claro.

De camino a la salida saqué un cigarrillo del bolsillo interior de la chaqueta.

—¿No lo habías dejado?

—Llevo el último siempre encima. Lo reservaba para una ocasión especial.

Me miró con esa cara que tiene de comprenderlo todo.

Me desarmó, como siempre. Algún día debería atreverme a decirle que detrás de mi fachada de policía desabrido y mordaz había un idealista que la admiraba.

Que se emocionaba cuando la oía hablar de sus chicos.

Que sentía envidia de su fuego cuando la veía luchando contra el mundo porque el mundo no tiene razón.

Y de su coraje terco y digno de soldado de tercio que se sabe en el bando perdedor y, aun así, o precisamente por eso, sigue presentando batalla.

Aunque supongo que todo eso ella ya lo sabe.

—¿Qué opinas, Carlos?

—No sé qué decirte. El chaval parece sincero.

—Pedro confía en mí. No creo que sea capaz de inventarse algo así.

—¿Y de guardarse algo?

—Tal vez. Pero es aún menos capaz de hacerle daño a nadie.

—Eso dicen las madres de todos los asesinos en serie.

—No me vengas con esas.

—Va a tener problemas.

—Por eso te he llamado.

El frío arreciaba y Lorena se pegaba sin pudor a mi costado. Podía haberme quedado así el resto de la noche, pero se agotaba el tiempo, si es que no era ya demasiado tarde. No encontraba el mechero, así que guardé el cigarrillo y me froté las manos.

—Vamos. Necesito otro café. Hay mucho que hacer.

Cinco

El hombre había calculado que solo necesitaría dos o tres días para llevar a cabo el encargo.

Dos objetivos. Pero también tenía otras indicaciones de sus jefes: no iban a perder un suculento negocio por culpa de un par de espabilados; había que retomar algunos contactos y aprovechar la ventaja negociadora que le iba a dar el espectáculo de sangre y vísceras.

Pero este país de gente huraña y desconfiada le obligaba a ir despacio, a no llamar demasiado la atención y asegurar bien cada paso.

Ni siquiera se fiaba del dueño de la pensión, un hombretón desgarbado y de escasas luces en nómina de la organización desde hacía años.

Eso era lo más difícil, contener la impaciencia, aplacar el nervio que lo mantenía vivo. Soportar el aburrimiento sin explotar.

Seis

Hace casi tres siglos nuestro Intendente General le prometió al felón de Fernando VII entregar a los delincuentes «en el plazo de ocho días, lo más tarde».

Y ese se convirtió en el lema de la Policía General del reino.

Por suerte Maquiavelo hacía furor por aquel entonces y no entramos en detalles con el monarca acerca de cómo lo íbamos a hacer.

Ese era mi parco consuelo. Pero iba a necesitar mucha suerte y muy pocos escrúpulos para ayudar a Pedro sin que la mierda me llegara hasta las cejas.

Lo primero era lo primero. Llegué a Churruca en diez minutos.

No había nadie a quien preguntar, así que tuve que dar un par de vueltas con el coche por la zona para encontrar la discoteca Mandrake, un garito cutre de moda.

Mucho ruido y whisky malo, muy alejado de mis preferencias.

Aparqué enfrente y esperé un momento antes de salir.

Todo parecía tranquilo. Nada que ver con el jaleo que se iba a montar enseguida: los de la Científica, el forense, el juez de guardia y hasta la prensa si alguien se daba prisa en dar el soplo.

La historia tenía todos los ingredientes para unos enormes, jugosos y amarillentos titulares.