La ira de los mansos Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU
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Segunda parte. MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU

Segunda parte MEDIANOCHE EN EL PAÍS DE LU

Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.

E DUARDO G ALEANO

Uno

Iba a ser otra noche larga. Llevaba casi una semana sin pegar ojo por culpa de un caso que ni siquiera era mío.

La televisión escupía la misma porquería de siempre y mi dedo sobre el mando alternaba, de manera errática e imprevisible, entre la teletienda y el horóscopo.

No es que estuviera especialmente interesado en el Magneto-Health o en la astrología, pero esa mugre barata e insípida me permitía dormitar en el sofá y burlar en parte al insomnio.

Tenía demasiados pensamientos intrusivos, demasiado ruido de fondo en el lóbulo frontal.

En la Academia no avisan a los pepinillos de esto, de las noches en vela, de los cargos de conciencia, del precio que se paga por pertenecer al cuerpo, del inevitable vértigo que se experimenta cuando uno se asoma al borde del abismo.

Los de Ávila deberían empezar sus clases a los futuros maderos con las sabias palabras del filósofo: cuando busques venganza empieza por cavar dos tumbas.

Seis días antes me habían pedido un favor.

Maldita la hora. Aquella noche también intentaba sin éxito engañar al sueño, tal vez preocupado de manera premonitoria por lo que había de venir.

Por eso, cuando oí a la vidente decir que los géminis estábamos en racha decidí apagar la pantalla y darme una ducha.

En realidad, lo que me apetecía era llamar a Lorena.

Después del funeral de Violeta no habíamos vuelto a vernos.

Apenas un par de llamadas de teléfono de cortesía.

De modo que no tenía ninguna excusa. Y además eran las cuatro de la madrugada.

Demasiado tarde para llamar a cualquiera. O demasiado temprano.

Estaba a punto de meterme bajo el agua cuando sonó el teléfono y a un inspector de policía de la Unidad de Delitos Violentos solo lo llaman a las cuatro de la madrugada por un motivo; de modo que contesté sin mirar quién llamaba.

—Soy Manso. ¿Algún fiambre?

Esperaba oír al agente de guardia. O a Lema, el forense. De modo que enmudecí cuando reconocí la voz de Lorena.

—¿Cómo?

Las cuatro. Desnudo. Lorena al teléfono. Tal vez mi suerte estaba cambiando. Y mi opinión sobre los horóscopos también.

—Perdona, Carlos, ya sé que estas no son horas. Supongo que estabas durmiendo, pero... No sabía a quién llamar. Necesito que me ayudes.

—Ah, no, no dormía. Dime.

Las palabras fluían de mi cerebro a borbotones, pero se atascaban todas en la lengua.

—¿Podemos vernos?

La inmediata respuesta formulada por mi corteza cerebral fue algo así como «¡por supuesto, solo dime dónde y cuándo y estaré allí! ¡Nada me apetece más ahora mismo que verte!». En cambio, solo pude pronunciar una palabra, fruto de la incredulidad.

—¿Ahora?

—Sí... Claro, por eso te llamo. Perdona otra vez, no te molestaría si no fuera importante. Estoy en la asociación.

—No, no, no quería decir... Es igual. Llego en diez minutos.

—Gracias, Carlos.

Volví a vestirme con la misma ropa a toda velocidad y bajé al garaje.

Tardé tres minutos en arrancar el viejo Citroën y me prometí a mí mismo cambiar de coche en cuanto pudiera.

En otros cuatro minutos había recorrido toda la Gran Vía, muy por encima del límite de velocidad permitido y saltándome un par de semáforos, porque desde mis ya lejanos años de universidad sostengo la mediterránea convicción de que las leyes están al servicio de los hombres, y no al revés.

Necesité dos más para subir Urzáiz y dejar atrás Jenaro de la Fuente.

En doce minutos atravesaba el coche con un tirón del freno de mano en la entrada de Alza-Down.

Tendría que pedir perdón por el retraso.

En la calle no se veía ni un alma. Lo normal en Vigo un martes de enero, de madrugada, y apenas a un par de grados por encima del punto de congelación del agua.

Empecé a pensar que no debería haber salido corriendo como un chiquillo en cuanto Lorena me llamó por teléfono.

Que tendría que haber preguntado de qué iba el asunto antes de saltar alegremente al vacío.

No habría sido la primera vez que perdía la dignidad y casi el puesto por una mujer, pero ya iba teniendo edad de morigerar un tanto mis impulsos.

O, por lo menos, de coger un puto abrigo antes de salir de casa a las tantas de la noche.

La luz de emergencia y la verja a media altura delataban la presencia de gente en el local.

Dentro se oían voces y me pareció percibir un tono alterado.

Por un instante lamenté no llevar encima la Heckler reglamentaria.

Quince son muchos años de profesión; cuatro, demasiadas cicatrices; y trece un número por lo general suficientemente tranquilizador de cartuchos.

Pero así es la vida, a veces uno va sobre seguro y otras hay que saltar sin red.

Además, no estaba de servicio. Me agaché para sortear la persiana y entré, debo confesar, con más curiosidad que prudencia.

—¿Hola?

Tras la pared acristalada de la sala de juntas pude distinguir a cuatro personas.

En un extremo de la mesa se sentaba la directora del centro, con cara de preocupación.

En la otra punta un chico con síndrome de Down, sentado y abatido, junto a un hombre y una mujer.

Ella, también sentada, abrazando al chico.

Él, de pie, tenso, inquieto, vociferante.

Ninguno de ellos parecía haberse percatado de mi presencia, así que aproveché para sacar un café de la máquina junto a la entrada.

El pitido avisando de que lo tenía listo hizo girarse bruscamente a los cuatro.

En el fondo me gustan las entradas teatrales.

Dos

La habitación estaba en penumbra. A través de la persiana llegaban ruidos familiares: las campanas de una iglesia, unos niños jugando, alguien vendiendo mercancía en la calle, coches.

El hombre, tumbado en la cama, contemplaba el techo con la mirada perdida.

Otro país. Otro hotel de mala muerte. Otro encargo.

El mundo estaba lleno de cabrones con ganas de joder.

Por suerte para él. Su trabajo era joder a los que jodían a sus jefes.

Y le gustaba. Le gustaba tanto que tenía que reprimirse.

Tenía que obligarse a recordar que era un profesional y que corría riesgos.

Tenía que ser prudente. Y matar lo justo.

Negocios. Solo negocios.

Tres

Lorena se levantó y abrió la puerta con un evidente brillo de alivio y agradecimiento en la mirada.

Me sentí muy a gusto en el papel de caballero andante, aunque pronto descubriría el error de ese análisis preliminar.

Yo no había sido convocado a aquella reunión en calidad de paladín.

De hecho, no tardaría en averiguar que el favor tenía más que ver con la limpieza de letrinas.

El muchacho apenas me dirigió una mirada esquiva y permaneció sentado, abstraído, sin moverse.

La mujer, probablemente la madre, me miró de frente y a los ojos, intentando evaluar, imagino, mi capacidad para resolver sus problemas.

Los suyos estaban arrasados en lágrimas.

El que tenía pinta de ser el padre se adelantó y me pareció que dudaba entre tenderme la mano o esperar a ser presentado.

Como no soy de los que piensan que las cosas importantes deben tratarse entre hombres, lo ignoré y me fui a estampar dos besos a Lorena.

Tan guapa como siempre. La noche había mejorado notablemente. Levanté mi café.

—¿Quieres uno?

—No, gracias, Carlos. Y gracias también por venir tan rápido. Siéntate, por favor.

Me indicó una silla a su lado. De ese modo los dos bandos quedaban claramente definidos.

—Déjame que te presente a Pedro. Es un usuario de nuestra asociación.

Me señaló al chico. Me sonaba de algo. Veintipocos.

Gafas. Pantalones color crema. Jersey negro y americana a juego.

Informal pero elegante. Nadie se viste así a esas horas si viene de casa.

Tuve la sensación de que el atuendo resultaba inconsistente con sus rasgos achinados.

De un modo inconsciente asumía que él no podía haber escogido esa combinación, o de que lo imaginaba con ropa más informal.

Entonces recordé de qué me sonaba. Era el chico de la camiseta de Star Wars que me había tomado el pelo durante mi primera visita a Alza-Down.

—Hola, Pedro.

—Hola.

Me aguantó la mirada unos instantes. En esa ocasión no parecía tener ganas de bromear sobre paracaidismo. No sabría decir si se acordaba de mí. Sus ojos rasgados también estaban rojos, como los de la mujer a su lado. Soplé en el vaso y di un sorbo al café.

—Ellos son sus padres, Carmen y Antonio.

—Mucho gusto.

Era un decir.

—Este es Carlos Manso, el amigo del que os hablé. Es inspector de policía y ya conoce un poco nuestro centro. Llevó el caso de Violeta.

—¿Encontró al que la mató?

Hizo la pregunta con autoridad. El padre de Pedro no se sentía cómodo sin tener el control de la conversación. Parecía acostumbrado a mandar. Y a obtener respuestas inmediatas. Aunque podría haber contestado con un simple «sí» decidí volver a ignorarlo. No soy un tipo vanidoso.

—¿Cuál es el problema?

El silencio que siguió auguraba malos presagios. De repente al padre empezó a picarle el bigote y se le quitaron las ganas de llevar la voz cantante; Lorena volvió a ocuparse de las explicaciones.

—Hoy Pedro salió con unos amigos a una discoteca. La Mandrake, cerca de Churruca.

—¿A golpe de martes?

—Suelen hacerlo un par de veces al mes. Los tres tienen trisomía. Siempre van al mismo local. Los conocen y han... Digamos que tienen un acuerdo. Los martes hay poca gente.

—Ya. Tres chicos con Down un viernes resultan demasiado... exóticos. Ahuyentan al personal. En cambio, un martes no hay ni Dios. Tres consumiciones más y poco jaleo. El negocio es el negocio.

—En re... re... realidad fue idea nuestra.