Primera parte. EL PINTOR DE VALQUIRIAS #9
En unos pocos días tendríamos los resultados de la Científica, pero ya no me hacía falta esperar para saber la verdad.
Al día siguiente Sandra llegó a comisaría tras localizar al dueño de la chaqueta.
Resultó que Violeta no tenía móvil, pero sí una agenda donde escribía, una y otra vez, los nombres de una docena de amigos especiales.
El señor Falcón había pretendido endosarle el marrón a uno de ellos robándole la cazadora.
Incluso se había asegurado de que no tuviera coartada, por lo que tendríamos que investigarlo un poco y redactar un informe exculpatorio para evitar que al juez le entrase la tentación de abrir una pieza separada de la instrucción.
Nada que no hayamos hecho mil veces. Con aficionados es muy fácil desmontar teorías.
En el informe definitivo de la autopsia, Lema tampoco aportaba indicios de violación: los pantalones bajados eran otro señuelo. Los del laboratorio se creían dioses, pero eran dioses ciegos. Como la justicia.
Lorena tenía razón. Y el forense. Los verdaderos enemigos de Violeta estaban a su lado.
Su abuelo. Su madre. Su padre. ¿Quién podía haberla protegido de ellos?
La única ajena a la inmundicia del dinero era la propia Violeta.
Y Lorena, cuya sombra benefactora había resultado insuficiente. Vaya mierda de mundo.
En resumen, solo quedaba presentar en el juzgado un informe culpando al padre de Violeta sin entrar en detalles sobre los motivos ni sobre su propio asesinato.
Nada que no hubiese hecho cien veces antes.
Solo era cosa de echarle un poco de creatividad, porque yo tenía intención de cumplir mi parte del trato, por supuesto.
Total, al señor Gándara le iban a caer un número abultado de décadas por delitos continuados contra la salud pública y por fraude fiscal.
El asesinato del señor Falcón se quedaría acumulando polvo en el cajón de casos pendientes de comisaría a la espera de comprobar si él cumplía su parte y una generosa donación anónima ingresaba en la cuenta bancaria de Alza-Down, para sorpresa y alegría de cierta directora.
Dieciséis
Ni siquiera tuve que inventar una excusa.
El funeral de mi madre y el de Violeta coincidieron el mismo día y yo siempre he sido muy profesional.
Para despedirla, desempolvé un traje de tergal negro que ya casi no me servía.
Había poca gente, y un viento frío y húmedo sirvió como inmejorable pretexto para despachar rápido el rosario de lugares comunes.
Acudió una representación generosa de Alza-Down.
Entre los muchachos estaba el de la camiseta de Star Wars.
Él también me reconoció y me saludó con una breve sonrisa de cortesía.
Le acompañaba el que me pareció que debía ser su padre, un hombre de traje elegante que no le quitaba el ojo de encima al abuelo de Violeta.
Supuse que sería morbo, porque todo el mundo allí sabía de los negocios de Xaime Gándara, pero me sorprendió verlos hablando juntos un poco antes de que el pequeño ataúd blanco desapareciera detrás del cemento.
También estaba Lorena, claro. Seria y hermosa como una figura protectora. La saludé desde lejos, tal vez para no parecer demasiado interesado. O, tal vez, porque me conozco bien y sé que a mí no hay nadie que pueda protegerme de mí mismo.
El señor Gándara no opuso resistencia, ni siquiera se sobresaltó cuando vio aparecer al operativo especial al concluir la ceremonia.
Casi parecía aliviado mientras los perros de Taibo lo esposaban.
Me acerqué a charlar con uno de los agentes de la UDYCO, como excusa para no tener que despedirme de Lorena. No soporto las despedidas.
—Os habéis cobrado una buena pieza. Felicidades.
El agente era joven, pero no idiota. Encogió los hombros y me miró con indiferencia.
—Mañana otro ocupará su lugar. Ya tenemos información de un grupo serbio que está buscando oportunidades de negocio por la zona. Ya sabes. A rey muerto, rey puesto.
Recordé la reunión pendiente con la Guardia Civil y tuve la certeza de que el compañero de Antidroga tenía razón: descabezar el clan Gándara solo iba a servir para empeorar las cosas.
Los vientos de cambio llevan mucho tiempo sin traer mejoras al mundo.
El crimen organizado de los Balcanes iba a hacer buenos a nuestros narcos locales.
Tuve una intuición y supe que alguien, en el futuro, iba a sufrir las consecuencias de nuestros actos.
Siempre es así. Todo es un constante batir de alas de mariposa.
De lo que no me avisó mi instinto de poli viejo fue de lo cerca que iba a caer el golpe.
En fin. No hay buenos y malos. Solo hay personas que toman malas o buenas decisiones.
Eso lo sabe hasta el madaleno más lerdo por poco que lleve en el cuerpo.
Por eso no suele haber gran satisfacción en enchironar a un criminal.
Solo es trabajo. Pero a veces el uniforme todavía me regalaba algunas pequeñas satisfacciones.
Yo no lo llamaría venganza, sino algo así como una indemnización moral.
Antes de entrar en el coche patrulla, Xaime me devolvió una última mirada cargada de amargura.
Mi cinismo, engordado durante años de convivencia con personas normales en sus peores momentos, también necesitaba de vez en cuando recrearse en pequeños y miserables desquites como ese.
Todo parecía estar terminando. Como si la muerte de Violeta, o la de mi madre, hubiera dibujado una línea invisible en el suelo.
Dediqué un fugaz pensamiento a mis padres.
A los padres de Violeta. Y amarré mi vieja convicción de que la paternidad era algo para lo que yo no había nacido, porque si algo soy es un misántropo convencido y coherente.
Pero, aunque todo pareciera estar terminando, yo no podía sacarme de encima la extraña sensación de que los últimos días solo habían sido un breve proemio.
Vi a Lorena alejarse bajo la lluvia, seguida por algunos de sus muchachos, como una valquiria después del funeral.
Ni siquiera miró atrás. Quien sí lo hizo fue el muchacho de la camiseta de Yoda, aunque no sé si me miraba a mí.
Mientras desaparecía, en mi cabeza resonó, a modo de funesto pálpito, la voz del chaval: Un paracaídas sirve para hacer paracaidismo. .. dos veces.
De pronto lo recordé: Hughes. Edward Robert Hughes. Ese era el nombre del pintor.