La ira de los mansos Primera parte. EL PINTOR DE VALQUIRIAS #8
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Primera parte. EL PINTOR DE VALQUIRIAS #8

O tal vez, simplemente, como sucede tantas veces, no pensó demasiado.

La mayoría de los crímenes, incluso los premeditados, son cometidos por personas inexpertas en el negocio de matar.

Eso es una ventaja en mi trabajo. Seguí hablando, intentando no hacer mucho caso a la cara recelosa de mi interlocutor. Asumí que no era algo personal. Aún no.

—Señor Gándara, su yerno estaba arruinado.

Su nombre era de los primeros en el ERE que está a punto de ejecutar el banco, puede preguntarle al director.

Tras la muerte de Silvia se quedó con una hija complicada a la que mantener y una hipoteca a la que llegaba cada mes con la lengua fuera.

Y de su matrimonio, en separación de bienes, como usted sin duda sabrá, solo había sacado en claro una cuenta corriente intocable, en régimen de patrimonio protegido, cuya titular era Violeta, mayor de edad desde abril.

De ser el rey del mambo en los felices noventa (interventor con aspiraciones y braguetazo, perdone la expresión) pasó a verse a punto de acabar en la puta calle, arruinado, embargado y con una hija dependiente que cuidar de por vida.

Cogí aire para seguir:

—Su hija nunca quiso incapacitar a Violeta.

Ignoro si porque confiaba en ella o por otro tipo de razones.

Me pregunto, y creo que usted lleva un tiempo haciéndose la misma pregunta, si el accidente de su mujer no lo provocaría él mismo, con la intención de hacerse con el dinero, un buen pellizco: diez millones de euros.

Pero los intentos de incapacitar a Violeta para poder tutelar la cuenta habían chocado una y otra vez con la obstinada negativa y los informes en contra de la asociación local para el síndrome de Down.

No creo que al padre le importara demasiado, solo era cuestión de tiempo y de dar con el juez adecuado que acabara logrando su objetivo, pero en agosto se produjo un hecho que lo complicó todo aún más: Violeta se quedó embarazada.

Aunque consiguiera incapacitarla él ya no sería el legítimo usufructuario del dinero.

La cuenta volvería a quedar en suspenso hasta la mayoría de edad de su nieto aún no nacido.

Demasiado tiempo. Sobre todo porque desde octubre sabía que lo iban a despedir.

En enero estaría en la calle, sin dinero, con una hipoteca colgada del cuello y la amenaza permanente del clan Gándara.

Porque en realidad se trataba de dinero de la droga puesto a buen recaudo bajo un casual y feliz subterfugio tributario.

Y no estaban ustedes dispuestos a perderlo sin ofrecer resistencia.

Xaime Gándara me miraba con creciente interés. Detuvo mi atropellado discurso con un gesto.

—Supongo que ha conocido a Lorena.

Lo dijo en voz baja, con tono de confidencia. Debo reconocer que me pilló por sorpresa.

—Es una hembra con coragem . Diría que es la persona que más ha querido a Violeta.

Asentí en silencio. Había pesar en esa afirmación. Como sucede tantas veces, Xaime Gándara tuvo que perder a su nieta para echarla de menos.

—Continúe, inspector.

Me asaltaron unas intensas ganas de fumar, pero tenía que seguir a pelo.

—Es decir, que Sergio Falcón sabía que diez millones de euros procedentes del narcotráfico descansaban fiscalmente en la cuenta de patrimonio protegido de Violeta.

Una cuenta exenta de inspecciones durante algunos años, siempre y cuando nadie tocara el dinero.

Pero al señor Falcón le hacía falta liquidez.

Y en algún momento la idea apareció en su cabeza como la única luz posible al final del túnel.

Era un plan redondo: matando a Violeta se libraba del lastre de su hija retrasada, y preñada, se quedaba con el dinero echándole los perros de la Unidad de Delitos Fiscales a su suegro y se fugaba con su nueva novia y un riñón forrado a algún perdido atolón caribeño.

—¿Le apetece un cigarrillo?

Me ofreció un Treasurer black. De importación.

A cincuenta euros la cajetilla. Solo los había visto una vez, de lejos.

No es fácil llegar a capo dei capi . Aquel hombre se estaba ganando mi respeto.

Eso, o estaba siendo víctima de un súbito e intenso síndrome de Estocolmo.

Por supuesto, rechacé su ofrecimiento. Mi médico se hubiera sentido orgulloso.

—Veo que lo tiene todo muy claro, inspector... ¿Cómo dijo que se llamaba?

Parecía estar diciendo «Me he quedado con tu cara y puedo averiguar dónde vives.

..». Era consciente de la amenaza implícita en mis suposiciones: quedaba claro quién había matado, entonces, al señor Falcón.

Pero a esas alturas del salto yo ya no podía tirar de la anilla del paracaídas.

Tuve que reprimir una carcajada al recordar el chiste del chaval de Alza-Down.

Un paracaídas sirve para hacer paracaidismo.

.. dos veces. En fin. Si había que morir, tenía que ser a lo grande.

—Manso. Carlos Manso. Aficionado al paracaidismo.

Creo que no pilló la ironía. O no le hizo gracia.

—Sigo esperando la pregunta.

—Ya estoy terminando, señor Gándara. En toda esta teoría solo hay una cosa que no encaja.

Me miró con un deje de aprensión. Creo que tuvo la intuición de que yo iba a dar en el blanco. Diría que había reconocimiento en el fondo de sus ojos. Casi consiguió sonrojarme.

—No conocí a su nieta. No sé cómo era. Pero puedo jactarme de conocer algo la mezquindad del ser humano.

Es mi maldito trabajo. Y no entiendo qué motivó a un chico joven, sano, con trabajo, moto, una joya en los tiempos que corren, oiga, a acostarse con una.

.. Con Violeta. Discúlpeme, pero me he cansado de emplear palabras como «discapacitada», «minusválida» o «retrasada».

Dejémoslo en Violeta. Sobre todo, porque si miro alrededor me parece que era la única persona decente, normal, en toda su maldita familia.

Los cementerios están llenos de valientes y honestos policías.

Por no hablar de los cimientos de algunas urbanizaciones construidas con dudosa financiación.

Pero si uno sale a hacer una faena tiene que darlo todo.

Y ahí estaba yo. Noche cerrada, en la mansión perdida de la mano de Dios de un narcotraficante, llamándole asesino y cabronazo a la cara.

En mi epitafio deberían poner: «Murió por sobrado».

—No se equivoque. No voy a preguntarle si pagó usted a Rafael para dejar preñada a su nieta.

Eso ya lo supongo. Un camarero necesita servir cafés durante un par de vidas para poder comprarse una R1200.

Lo que quiero preguntarle es si estaría dispuesto a reparar la memoria de Violeta. Y de su difunto bisnieto.

Se sirvió un whisky. Un Dalmore con varias décadas de barrica a sus espaldas. Esa vez no me ofreció. Una pena. Hubiera aceptado.

—Tiene usted huevos, inspector. O está loco. ¿De qué modo podría hacer eso?

—El dinero. Dónelo a Alza-Down, o a Down España, o a cualquier otra ONG.

Me imagino que matar al señor Falcón le devolvió algo de paz tras la muerte de su hija y de su nieta, pero aún puede aportar su pequeño grano de arena para que otras Violetas puedan caminar con la cabeza alta por la calle.

Sin miedo y sin vergüenza. Busque la manera, seguro que la encuentra.

Catorce

De vuelta a Vigo la noche se ofreció a ocultar mis pecados, pero no se lo permití. Mientras conducía llamé de vuelta a mi hermano.

—¿Xabier? ¿Para qué me llamaste? Estaba ocupado. ¿Qué coño quieres ahora?

No era algo personal. O sí, pero no con él. Las familias son así, una compleja red de intereses sostenida por un tapiz de rencores cruzados. Que se lo pregunten a Xaime Gándara.

—Vete a la mierda, Carlos.

El amor podía cortarse con un cuchillo a través de la llamada telefónica, pero yo estaba demasiado cansado para preliminares.

—¿Has hablado con papá? Si me vas a pedir más dinero en su nombre, olvídalo. No pienso ingresarle ni un euro más.

Él lo llamaba inversiones. Yo, ludopatía. Todo en la vida es cuestión de perspectiva. Todo excepto la muerte, que se empeña siempre en ser protagonista absoluta, como una vedette barata hambrienta de aplausos.

—Mamá ha muerto.

Las palabras de Xabier flotaron entre mis ojos y la noche, rota por los faros del vehículo.

Puse el intermitente y me detuve en el arcén.

En mi cabeza apareció una mujer joven y guapa sirviendo albóndigas de una gran fuente.

No era la mujer vencida y anciana de hacía unas pocas horas, sino un vago recuerdo idealizado de mi infancia.

Hice una pregunta tópica, pero otra cosa que consigue la muerte es dar sentido a los tópicos:

—¿Cómo ha sido? Hoy a mediodía estaba bien.

—¿Bien? Carlos, no me jodas. Sabes de sobra que no estaba bien.

—Papá dijo algo del colon...

Xabier no me dejó acabar. Saltó como un látigo, indiferente a la sangre.

—¿Qué colon ni que hostias, Carlos?

—¿Vas a denunciarlo por maltrato?

—Sabes de sobra que no. No se trata de eso. Nunca le puso la mano encima.

—Pues entonces no hay más que hablar. Mamá podía haberse largado de ahí hace años.

—No tienes ni puta idea.

—Seguramente.

—Ya me ocupo yo del funeral. ¿Vas a venir?

—No lo sé. Tengo cosas que hacer.

—Ya me lo imaginaba. Adiós, Carlos.

Quince

Aquellas palabras fueron las últimas que escuché de boca de Xabier, pero eso entonces no lo sabía.

Nos pasamos toda la vida despidiéndonos, aunque casi nunca seamos conscientes.

Nunca llegué a saber la causa de la muerte de mi madre.

No volví a preguntar. ¿Acaso importa? Vivió como quiso.

O como supo. Como dicen ahora, murió haciendo lo que más le gustaba.

O lo que mejor sabía hacer: aguantar a mi padre.

Supongo que murió de resignación. De impotencia.

De falta de ganas de vivir. Todo lo contrario que Violeta.