Primera parte. EL PINTOR DE VALQUIRIAS #7
Inspeccioné la entrada con la respiración contenida y una vaga opresión en el pecho.
Una estantería en la pared de mi izquierda, a la altura de la cadera, contenía un juego de llaves.
Un paraguas negro, con restos de humedad, me miró de abajo arriba.
En uno de los percheros descansaba un tres cuartos gris, adecuado para el día.
La calefacción estaba puesta. No se oía nada. Mal asunto.
Nada más atravesar la puerta del salón comprendimos por qué el dueño de la casa no había podido salir a recibirnos.
Dos orificios de bala se lo impedían, uno en la frente y otro en la mejilla derecha.
Con quemaduras alrededor de las heridas.
Una ejecución limpia y a quemarropa, excepto por el charco de sangre en la tapicería.
Por lo demás, ni un cojín fuera de sitio.
Tenía que hablar con Leo de inmediato, así que dejé a Sandra con el jaleo en cuanto empezaron a llegar los de la Científica. Bajé los siete pisos en tres saltos, tiré la multa al suelo y arranqué quemando rueda. Con lo bien que había empezado el día...
En el coche marqué el número del agente Santos.
—¿Inspector? He hablado con mi contacto en la Unidad de Drogas y Crimen Organizado, pero también con los de la UDEF.
—¿Delitos Fiscales?
—Ya sabes. Los narcos dan doble trabajo.
—Desembucha.
—¿Conoces a Santiago Taibo?
—He oído hablar de él. Un dóberman de Antidroga.
—Sí. Lleva tres años detrás del clan de los Gándara. Un colaborador de su equipo me ha pasado algo de información, con la condición de que no nos vayamos de la lengua. Su objetivo principal es Xaime Gándara, el patriarca, y lo tienen a punto de caramelo.
—Al grano, Leo. Voy conduciendo.
—La muerte de Silvia levantó mucho revuelo en el clan. No hay pruebas, pero parece que todos piensan que el accidente fue provocado.
—¿Por quién?
—Nadie lo sabe, pero se pusieron muy nerviosos. El grupo de Taibo cree que tiene que ver con una gran partida de dinero negro pendiente de pasar por la lavadora.
—¿Sabes dónde vive?
—¿Quién?
—Isabel Pantoja, no te jode. Acaban de matar al padre de Violeta. Busca la dirección de Xaime Gándara y me la mandas al móvil. Que sea rápido.
—A sus órdenes.
Debí darme cuenta antes de que todo estaba resultando demasiado fácil.
Dos muertos encima de la mesa del forense convertían el caso en un asunto bien diferente.
El asesinato de Violeta podía haber sido por impulso, no premeditado, pero el de su padre a las pocas horas ya anunciaba otro tipo de motivaciones.
Antes de recibir el mensaje ya estaba llegando al polígono de Sárdoma. Si el director del banco había hecho la llamada de teléfono que le había pedido, debería tener un paquete esperándome en las oficinas centrales de Prosegur.
Santa Claus is coming to town...
Trece
Una parte de mí estaba enfurecida con todo el asunto.
La muerte del señor Falcón era culpa mía.
De mi exceso de confianza. O de la asunción de que el crimen de Violeta no era importante más allá de su pequeño círculo.
Pero esa ejecución a sangre fría de su padre acababa de tirar todos mis prejuicios por el suelo y comencé a comprender que no era en absoluto así.
Que no se trataba solo de Violeta. Que ella solo había sido un daño colateral, el instrumento de una maniobra más compleja.
Cuando las piezas de un caso empiezan a encajar se produce un efecto dominó. Todo cobra sentido y las lagunas se rellenan solas, sin mayor esfuerzo, de un modo natural e inequívoco.
Mientras conducía hacia el Val Miñor por la PO-331 las ideas se me apelotonaban, porque, aunque empezaba a ver el conjunto, aún me faltaban algunos detalles.
Sin embargo, mi trabajo exigía transformar las hipótesis en evidencias, no bastaba con oler a quemado.
Tenía que localizar el fuego, y hacia allí me dirigí.
Hacia el centro mismo del incendio. Además, la cara ensangrentada de Violeta seguía pidiendo respuestas en mi cabeza, y para mi desgracia eso pasaba por meterme hasta la cocina en la guarida de un capo de la droga.
Apenas quedaba luz. Tras dejar atrás Bayona tomé una carretera secundaria que ascendía desde la ruda costa situada al sur de cabo Silleiro hasta las primeras casas de Mougás.
Desde allí un camino de tierra indicado milagrosamente por el GPS se internaba entre los eucaliptos y moría en un muro de bloques de cemento cerrado por una verja de aluminio verde.
El deliberado feísmo y la aparente falta de vigilancia eran engañosos.
Un grueso cable negro en el lateral del portón conectado a una cámara de vigilancia era el primer aviso para visitantes intrépidos de que tal vez no todo era lo que parecía.
Apagué el motor. No había timbre y estaba decidiendo si hacerme notar o saltar el muro cuando vi a un todoterreno acercarse desde la finca hasta la parte interior de la verja.
Mi móvil comenzó a sonar. La pantalla me mostraba el número de mi hermano. Quité el sonido sin contestar y lo dejé, junto con la pistola, en la guantera antes de salir del coche. Los hombres que bajaban del todoterreno tampoco parecían muy relajados. Me estaba metiendo en un maldito avispero.
—Esto es propiedad privada. Lárguese de aquí.
Ni el armario con acento eslavo ni su compañero llevaban nada en las manos, pero su tono de voz y su actitud hubieran combinado muy bien con un AK-47 o un par de Uzis. Por si acaso levanté los brazos.
—Mi nombre es Carlos Manso. Soy inspector del Cuerpo Nacional de Policía, pero estoy aquí a título personal. No voy armado. Quiero hablar con el señor Gándara sobre la muerte de su nieta.
El armario me miró durante un buen rato.
Supongo que le sorprendió mi franqueza. Se acercó de nuevo al todoterreno y cruzó algunas palabras con un talkie .
Pensé que me vendarían los ojos o algo así; en cambio, simplemente me invitaron a subir a la parte trasera del coche y arrancaron.
A medida que oscurecía comprendí que habría sido una tontería vendarme los ojos.
La montaña nos tragó en silencio ocultando bajo la espesa fronda todo rastro de nuestra existencia.
Enseguida dejé de ver la montaña a través de la ventanilla.
De hecho, solo me veía a mí mismo, reflejado en el cristal, sudando a pesar del frío.
La casa era, en realidad, un conjunto de edificios de estilo ecléctico. El todoterreno se detuvo frente al más grande, una mole de granito y acero en cuya fachada pude contar otras tres cámaras de seguridad.
Dentro olía a madera exótica. Xaime Gándara era un sexagenario bronceado, rapado al cero, con un vago aire militar en sus gestos y un gusto tan exquisito para la ropa como nulo para la decoración.
Me recibió, tras un cacheo exhaustivo por parte del armario, en una especie de despacho oval y estuve tentado de preguntarle por su colección de cuadros.
A lo mejor tenía el original de cierto pintor inglés cuyo nombre no conseguía recordar.
Finalmente decidí no hacer ningún comentario.
Mi anfitrión, como buen hombre de negocios, fue al grano.
—¿Qué hostias quiere?
La voz grave y el fuerte acento de A Raia, lejos de quitarle dramatismo a la situación, me pusieron aún más nervioso. Iba a necesitar algo más que unos trucos de aikido para salir de aquella casa con las dos piernas enteras. En fin: cuando el toro viene de frente no se le puede perder la cara.
—Hacerle una pregunta.
El trapo rojo era una tentación demasiado grande para ese miura.
—¿Y por qué cree que le contestaré?
Al menos nos tratábamos de usted, porque lo valiente no quita lo cortés.
—Mire, señor Gándara. Los dos somos zorros viejos y creo que me entenderá si le digo que intento hacerle un último favor a su nieta.
Le seré franco, me dan igual sus negocios y no voy a contarle a Taibo nada de lo que aquí se diga.
Ese es un asunto entre ustedes. Sus gorilas le pueden confirmar que no llevo micrófonos, ni armas.
Yo he venido a verle porque, de algún modo que aún no me explico, le he cogido afecto a Violeta.
Silencio. Buena señal.
—Violeta solía provocar ese sentimiento... Me sorprende que su influjo haya llegado hasta usted.
—A mí también me sorprende. No soy de piedra, pero digamos que mi colección de muertos daría varias vueltas a su bonita finca. No suelo jugarme el tipo de este modo por cada uno de ellos.
—No se las dé de gallito conmigo, inspector. ¿Cuál es la pregunta?
Tragué saliva. Era el momento de saltar. Intuía que el hombre que tenía delante había querido a Violeta. Que, a su modo primitivo y acre, lamentaba su muerte. Si no era así ya podía ir pidiendo cita con el traumatólogo. O, mejor, directamente con Lema.
—Déjeme contarle algo antes, aunque supongo que, de un modo u otro, ya está al corriente de casi todo lo que yo pueda decirle. En primer lugar, ambos sabemos quién mató a su nieta, aunque ya no nos importe, ni a usted ni a mí.
No era del todo cierto, pero tampoco era un órdago a lo grande.
La verdad es oscura y relativa. Tal vez no fuera exacta la afirmación así formulada.
Al menos yo no tenía la certeza, porque no había tenido tiempo de ver las grabaciones de las cámaras de seguridad del banco facilitadas por Prosegur.
Pero no me cabía ninguna duda de que en ellas podría confirmar cómo el señor Falcón se marchaba del banco hacia, digamos, las cinco, con tiempo suficiente para esperar a su hija junto al edificio en ruinas, matarla y aparecer casi tres horas después en Alza-Down preguntando inocentemente por ella.
Tal vez pensó que con la coartada facilitada por la cajera bastaría para alejar las sospechas de él.