Primera parte. EL PINTOR DE VALQUIRIAS #6
Siguió atendiendo parroquianos mientras lanzaba furtivas y constantes miradas a la pecera en la que los ancianos no acababan de despedirse.
Finalmente el director abrió la puerta, despachó a los clientes y pasé.
Durante los breves minutos que duró la conversación pude sentir los ojos de su empleada pegados a mi nuca.
Cuando me marchaba le dediqué la sonrisa más inocente de mi repertorio.
Salí del banco con la sensación de que estaba empezando a atar algunos cabos.
Y con Ennio Morricone silbando todavía en mi cabeza.
Aún no eran ni las once, una hora tan buena como cualquier otra para aparecer por comisaría.
En cuanto llegué comprobé que las autorizaciones habían llegado por fax.
Pura modernidad. Tras una breve puesta al día con Sandra, la envié a hacer el trabajo sucio: llamar a la compañía telefónica, repasar con minuciosidad monástica los números de teléfono, averiguar sus dueños y comprobar las horas con el fin de encontrar algo llamativo.
Yo me quedé con los datos de las cuentas bancarias, aunque no por gusto. Pero antes tenía que hablar con Leo.
—¿Alguna novedad?
—Nada. Tenemos dos agresores sexuales fichados localizados. Los dos con buenas coartadas. Yo que tú...
—Ni se te ocurra decirlo, Santos. Necesito que hagas una última cosa. ¿Tú no tenías un contacto en la UDYCO?
—¿En Drogas? Sí, conozco a un agente. De mi quinta. Lleva un huevo de años allí. ¿Qué necesitas?
—Mira a ver si puedes confirmar lo que nos contó Sandra sobre la madre de Violeta. Y a ver si averiguas algo más.
—¿No te fías de lo que encontró Sandra?
—De Sandra sí me fío. Del que no me fío es del novio ese que tiene en la UCO. Por un polvo los tíos cantamos La Traviata .
Once
La cajera se llamaba Carla. Me llevó apenas quince minutos averiguar que estaba liada con el señor Falcón. Simplemente consultando su muro en Facebook desde mi cómoda silla Volmar. Así da gusto. Por eso no tengo Facebook y me gusta tanto Suecia.
El resto de la mañana lo dediqué a revisar las cuentas de la familia Falcón-Gándara.
Un trabajo sucio, pero que suele arrojar luz sobre el móvil de la gran mayoría de los crímenes que he tenido que investigar.
Debían de ser casi las dos y estaba pensando en salir a comer cuando recibí la llamada de mi padre.
Siempre al olor del dinero, incluso aunque no fuera el mío.
—Dime, papá.
—Tu madre quiere verte. No se encuentra bien.
La misma historia de siempre. Un día el lobo iba a aparecer de verdad.
—¿Qué le pasa esta vez?
—No sé. El médico dice que tiene el colon irritable. Me tiene harto.
Lo verdaderamente irritable de mi madre no era su colon, sino su marido, pero eso no se lo podía decir por teléfono, de modo que zanjé el asunto.
—Está bien. Estoy ahí en una hora.
En coche patrulla no son más de diez minutos desde la calle Luis Taboada hasta Bouzas, pero no quería parecer preocupado.
Estaba harto de preocuparme y aún más de parecerlo.
Ese papel se lo había quedado mi hermano y se le daba de maravilla.
Cuando llegué, mi padre me miró con cara de querer impugnar su paternidad.
Mamá sollozaba mientras servía las albóndigas.
Un día normal en casa de mis progenitores.
Aún no me había sentado a comer cuando comenzaron los reproches.
—Un día vas a venir por aquí y nos vas a encontrar muertos. O lo que es peor, no nos vas a encontrar. —Papá era un optimista incurable y yo, digno hijo suyo, le di una respuesta a la altura:
—No te preocupes. Si no os encuentro avisaré de inmediato a la Policía.
Después de servir la comida, mamá se sentó sin decir nada.
Rebuscó entre la ensalada una hoja especialmente pequeña y anodina de lechuga y se la llevó a la boca.
Todo aquel teatro, representado mil veces, carne de psicoanálisis barato, me producía el mismo desagrado que una tarde de domingo o un funeral por compromiso.
Pregunté con el tono del sacerdote hastiado de la liturgia: participando del rito, pero con ganas de terminar las albóndigas cuanto antes.
—¿Necesitas más dinero?
Ese era el fondo del asunto. Siempre lo era. Un fondo con un roto enorme. Engullí una albóndiga dejando el proscenio libre para mi progenitor. Por supuesto, corrió a decir su frase, ensayada mil veces:
—¿Qué prefieres, que nos desahucien?
Me hice el sueco y volví sobre el fondo descosido del asunto.
—Lo que preferiría es saber a dónde va todo lo que te ingreso.
Mi padre también sabía hacerse el sueco. Llevaba toda la vida haciéndolo: conmigo, con mi hermano, con mi madre. Yo creo que se hacía el sueco hasta consigo mismo. Y mi hermano era la tapadera perfecta para el agujero negro de su alma.
—Xabier viene todos los viernes. Deberías aprender de tu hermano pequeño. Él sí que se interesa por tu madre.
El tono de voz fue subiendo de un meloso pasivo-agresivo a otro más arisco. Interrogar a despojos humanos en comisaría era mucho menos desagradable que aquello.
—Entonces no sé para qué me necesitas. Pídele dinero a él.
—¡Él no es inspector! ¡Y tiene familia! ¡No sé cómo has podido salir así, con la educación que has recibido!
No conseguí llegar ni al postre. Dejé la última albóndiga en el plato, agarré la chaqueta y me marché sin despedirme mientras mi madre lloraba y recogía la mesa.
Doce
Todos acabamos volviendo a donde nos sentimos como en casa, pero un inspector de la UDEV no tiene casa y mi piso tampoco merecía ese nombre, así que volví a comisaría. A las cinco y media la mitad de mi exiguo equipo estaba de vuelta en el despacho con el trabajo hecho a conciencia.
—Cuéntame, Sandra.
Abrió el cuaderno y empezó a buscar entre sus notas.
—Varias cosas interesantes. En primer lugar: el martes a las cuatro de la tarde, horas antes del asesinato, el móvil de Falcón recibió una llamada del abuelo materno de Violeta.
—¿Y por qué eso es interesante?
—Porque hacía por lo menos seis meses que no se hablaban. Y porque la conversación duró casi una hora.
—Tendrían mucho que contarse.
—Puede ser, pero hay más. Desde septiembre el señor Falcón mantiene una fluida comunicación telefónica con el Hospital de Fátima.
—¿Y?
—Con una extensión que pertenece al servicio de Obstetricia.
—¡Coño!
—Exacto.
—¿Tiene más hijas?
—No. La única mujer a su cargo era Violeta.
—¿Entonces lo sabía? ¿Y no nos dijo nada?
—Pues espera, que queda lo mejor. Un registro de llamadas justo el día en que murió Violeta. ¿No te dijo la cajera que estuvo toda la tarde trabajando en el banco con el padre?
—Sí. Hasta las siete y media.
—Entonces no entiendo por qué hizo una llamada a su móvil a las cinco.
Todo estaba resultando más sencillo de lo esperado. El trabajo de policía es, en realidad, así. Coger en una contradicción a alguien que miente es sencillo. Internet y los móviles lo han simplificado aún más. Cuanto más hablamos, más fácil es dejar desnuda a la verdad.
—Buen trabajo. Yo también he encontrado algo rebuscando entre sus finanzas. Creo que deberíamos volver a hablar con el señor Falcón. Coge las llaves del coche, bajo enseguida.
Me quedé un par de minutos pensando. Para ser exactos, un minuto lo pasé pensando, el otro lo empleé en sacar del cajón y cargar la Heckler de 9 milímetros reglamentaria. Cada trabajo tiene sus riesgos.
Sandra me esperaba con el motor en marcha en el garaje de la comisaría. Como siempre, discreta y eficaz.
—¿Qué tal la visita al centro de discapacitados?
Bueno, discreta a su manera, pero sin duda eficaz.
—Pues... debo reconocer que me sorprendió. Lorena tenía razón. La perspectiva es diferente cuando los conoces.
—¿Lorena?
Una agente muy eficaz. Y muy lista. Decidí callarme y dejar a la verdad vestida.
—Arranca, haz el favor.
El tráfico navideño en Vigo es espeso, como el de una coronaria obstruida, y con lluvia se vuelve insoportable. Después de varias vueltas la obligué a aparcar en una plaza para minusválidos a cien metros del edificio del interventor. Me pareció apropiado, casi kármico.
Llamé a varios pisos. En el tercero una voz frágil contestó:
—¿Quién?
Podía haberme identificado, pero opté por la contraseña universal.
—Yo.
Subimos en ascensor hasta el séptimo y antes de pulsar el timbre la mano derecha se me escapó, involuntariamente, a la parte interior de la chaqueta, bajo la axila.
El gesto no pasó inadvertido a mi ayudante.
Hizo una mueca de interrogación. Señalé a la puerta: una mínima rendija revelaba que no estaba cerrada.
Me encogí de hombros, enarqué las cejas y arrimé un dedo a la boca.
Estaba todo dicho. Se colocó a un lado de la puerta y empuñó su arma, pero sin sacarla de la funda.
Yo me enfrenté a la mirilla y pulsé dos veces el timbre.
Nada.
En estos casos hay dos opciones. El manual dice que hay que identificarse en voz alta y clara como policías y entrar. Yo soy más partidario de la discreción. Luego siempre habrá algún picapleitos malnacido que a la prudencia la llamará allanamiento. Pero querría yo verlo ahí en ese momento.
Abrí despacio la puerta y entré primero, con cautela.
Sandra sabía que su inspector era rara avis en el cuerpo, pero me quedó claro por la cara que puso que aún no había perdido del todo la capacidad de sorpresa conmigo.
Normalmente en estos fregados la posición de vanguardia es trabajo de los agentes rasos, pero si íbamos a entrar pasándonos el manual por el arco del triunfo prefería no dejarle el marrón a la subalterna.
Aun arriesgándome a que el picapleitos decidiera añadir comportamiento machista a la acusación.