La ira de los mansos Primera parte. EL PINTOR DE VALQUIRIAS #5
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Primera parte. EL PINTOR DE VALQUIRIAS #5

Todos volvieron a reír, incluida Lorena. Tuve que reconocer que era gracioso. Incluso me pareció pertinente, dadas las circunstancias, aunque en ese momento no di con el motivo. Necesitaba alguna respuesta antes de marcharme, de modo que durante la despedida me detuve en la puerta.

—¿Puedo preguntarte algo?

Después de un viaje así, aun de uno tan corto, el alma encogida necesita una mano amiga. Ella debía de saberlo, porque no le importó que mi tono se hiciese menos formal.

—Claro.

—¿Qué opinas del padre de Violeta?

—¿Con sinceridad?

—Por favor.

—No la quería. Era una carga para él. No le importaban sus avances, sus inquietudes, su felicidad. Jamás le vi darle un beso. Estaba empeñado en incapacitarla legalmente e ingresarla en una residencia.

—¿Y por qué no lo hizo?

—No le dejamos.

Lo dijo así, sin empacho. Sin arrogancia. Con un deje de nostalgia. Me acompañó despacio de vuelta al coche. La verdad es que no sabía muy bien cómo despedirme de aquella inquietante mujer.

—¿Sabes algo de pintura?

—¿De pintura?

—Sí, de arte. Pintores ingleses.

Se echó a reír. No me lo esperaba.

—No, ¿por qué?

—Por nada. En fin, gracias por la visita. Ha sido... reveladora.

—Me alegro. Yo también he conseguido algo.

—¿El qué?

—Que me tutees.

Volví a casa conduciendo con la compañía de James Brown. Su «Please, please, please» sonaba apropiado. El día había sido largo. Muy largo. Necesitaba dormir.

Diez

Dormí de un tirón hasta las seis y me desperté con el nombre del pintor en la punta de la lengua. Solo tenía que encender el ordenador y buscarlo en la Wikipedia, pero no soy de los que se hacen trampas jugando al solitario.

Estaba extrañamente contento. Una breve conversación con mi subconsciente hubiera aclarado algunas cosas, pero se hacía el ofendido después del reproche del día anterior y además normalmente hasta el segundo café no soy capaz de ver lo más obvio.

Tomé el primero y consulté el correo. Tenía dos mensajes en el móvil.

Uno era de trabajo: una reunión de coordinación con la Guardia Civil por un asunto sobre una mafia de trata de personas.

El otro, mucho más desagradable, de mi padre, pidiendo más dinero. No contesté a ninguno de los dos.

Me duché con las imágenes de los compañeros de Violeta flotando en la penumbra de la imperfecta vigilia que sigue al sueño profundo.

Volví a verlos, con ese empeño obstinado por demostrar su normalidad, su humanidad.

Con la absurda determinación de un personaje de poema escáldico enfrentado a los dioses en un épico combate perdido de antemano y, precisamente por eso, merecedor de ser escoltado por las valquirias al Valhalla. De nuevo las valquirias.

Mientras me vestía se me ocurrieron un par de ideas. Pero lo primero era lo primero. Más café. Después, llamar a Cambo, informarle y pedir la autorización para husmear en los trapos sucios del padre. Hacía frío y sol. Un día magnífico para rebuscar entre la basura.

—¿Juez Cambo? Buenos días, señoría. Soy el inspector Manso. Le llamo por el caso de la chica del solar Bandeira.

—Ah, hola, Carlos. ¿Cómo te va?

Un tipo llano, el magistrado. Primero el forense. Ahora el juez. Me di cuenta de que me estaba empezando a caer bien demasiada gente. Me sentí extraño. ¿Me estaría haciendo viejo?

—Bien, bien, gracias. En resumen, no tenemos nada en concreto todavía. Pero me gustaría comprobar algunos datos del padre. ¿Podría enviarme una autorización para revisar sus llamadas de teléfono?

—¿El padre? ¡No jodas!

—Bueno, no tenemos nada de momento. Solo quiero seguir un hilo.

—¿Qué hilo?

—Pues...

Fui bruscamente consciente de que no tenía nada sólido sobre lo que basar mi petición, de modo que tocaba improvisar.

—Una contradicción en su declaración. También me gustaría poder investigar sus cuentas bancarias. La madre de la chica era Silvia Gándara, la hija de Xaime Gándara, el narcotraficante. Murió hace unos meses y me gustaría aclarar cómo están sus finanzas.

—¿No prefieres esperar a ver qué nos cuentan los del laboratorio sobre la chaqueta?

Me contuve. Por poco, pero me contuve y cambié el enfoque por uno más apropiado para un juez.

—Preferiría ir adelantando trabajo. Por si se nos complica el caso y se nos echan los periodistas encima.

Sabía que mentar a la bicha obraba milagros.

—Bien... Te mando hoy mismo las autorizaciones. Pero mantenme informado. Si el asunto se va de madre y se mezclan los de Crimen Organizado y la prensa esto va a ser un circo.

El día empezaba bien. Decidí que el siguiente paso era hacer una visita al banco.

La sucursal en la que trabajaba Sergio Falcón estaba lejos.

Tardé una buena media hora en cruzar la ciudad y llegar al número 483 de Ramón Nieto.

Me sorprendió ver una furgoneta de una empresa de mudanzas en la puerta y decidí sacarle la placa a uno de los chavales.

—¿Qué hacéis?

—Cargando.

Por desgracia la placa ya no impresiona a nadie. Si no me andaba con ojo aún me acabaría pidiendo el número de identificación.

—Ya, lo que pregunto es qué.

—¿Tiene orden judicial?

La televisión ha hecho tanto daño en tanta mente joven e impresionable que a estas alturas ya no hay cristo que lo arregle. Pero a ese decidí darle un cursillo gratis.

—La orden judicial te la van a servir de cena hoy en el hotel si no me contestas.

Lo pilló al vuelo. Después de todo tal vez haya esperanza.

—Cierran la oficina. La crisis y eso. Nos han encargado que llevemos unos cuadros y parte del mobiliario a la Central.

—¿Ves como no era tan difícil?

—Vete a la mierda, madero.

Y luego se quejan los profesores de la falta de autoridad. Al menos pude apuntalar mi alicaída misantropía. Pasé del niñato y entré en la oficina abriendo la puerta de hoja doble como Clint Eastwood en la cantina de San Miguel: huraño y determinado a hacer mi trabajo.

El local era grande y luminoso, pero los huecos que estaba dejando el mobiliario durante la mudanza le daban un aire de ballena varada, o de Cinema Paradiso en plena decadencia.

La metáfora perfecta de una sociedad cogida con el pie del progreso cambiado.

Mi propia cuenta corriente yacía, moribunda tras varias inversiones fallidas de mi padre, en otra oficina de ese mismo banco.

El director estaba reunido con una pareja de ancianos.

Parecían discutir, aunque no se escuchaba ningún sonido tras la cristalera que separaba el despacho del resto del local.

La mesa del interventor estaba vacía, como era de esperar.

La cajera, una de esas mujeres de edad indefinida (o que yo no podía definir con más concreción que entre los treinta y los cincuenta), atendía a un tipo de traje.

De fondo se escuchaba música de ascensor, versiones sin alma de Stevie Wonder y Paul McCartney.

Esperé mi turno tras la línea blanca, como pedía que hiciera un gastado texto pintado en el suelo.

Enseguida despachó al cliente y tuve vía libre.

—Buenos días. ¿Qué quería?

Breve y al grano. Decidí corresponder a la franqueza.

—Buenos días. Soy el inspector Manso, de la Unidad de Delitos Violentos. ¿Podría hacerle un par de preguntas? Será solo un minuto.

Le dio la risa floja. Un día de estos me cambio el apellido. En cuanto cayó en la cuenta del motivo de mi visita la risa se le ahogó en la garganta.

—Es por la hija de Sergio... Qué barbaridad.

—Sí, horrible. ¿La conocía?

—Sí, pobrecita. Un ángel de Dios. Qué lástima...

Tenía una voz chillona y engolada. Las fulanas del Venus fingían mucho mejor.

—¿Usted estuvo trabajando aquí el martes por la tarde?

—Sí, sí. Tenemos que presentar los informes anuales antes del lunes. Es una locura. Estamos acabando todos los días a las siete o las ocho. No salimos ni para comer...

No conseguía darme pena. Que hubiera echado los papeles para la Academia de Ávila. Entonces sabría lo que es no poder ir a comer. Ni a casa a dormir. A fin de año y a principio de año. Laborables y fiestas de guardar.

—Además, los nuevos jefes nos están apretando tras la fusión. Bueno, en realidad esto no es una fusión. Nos han comprado, ¿sabe? Lo llaman fusión para salvar la cara, pero...

—Es suficiente. Solo dígame una cosa más. ¿Estuvo toda la tarde con el señor Falcón?

Antes de responder, bajó los ojos de un modo casi imperceptible.

Su mano derecha se acercó con disimulo a la oreja.

El tono de voz se hizo aún más agudo, cosa que hubiera tomado por imposible unos pocos segundos antes.

Su ello quería mentir. Su superyó le advertía de que no lo hiciera.

Y su yo, en medio, negociaba una vía intermedia: mentir, pero pagar peaje.

—Sí... Sí, claro. Estuvimos aquí... toda la tarde.

Atufaba a teatro. Aquel iba a ser uno de los casos más fáciles de mi carrera como inspector. Decidí aflojar para ahorrarle el bochorno.

—¿Y el director?

Recuperó el contacto visual. Sus manos volvieron a encontrarse. Casi pude oír el suspiro de alivio. Ahora iba en serio.

—No, no. El director nunca se queda más tarde de las tres.

—¿Había alguien más?

Un inesperado brillo de lucidez asomó por detrás de la gruesa capa de rímel. Creo que por un instante me leyó la mente. Para lo que le iba a servir...

—Una chica de la empresa de limpieza estuvo un par de horas. No sabría decirle cuándo se marchó. ¿A qué vienen estas preguntas?

—Es pura rutina, no se preocupe. Muchas gracias. ¿Podría hablar con el director?

—Sí, claro. Espere ahí sentado.

Señaló un silloncito naranja junto a la puerta del despacho. Me acomodé con dos certezas: me había mentido, aunque iba a tener que probarlo.