Primera parte. EL PINTOR DE VALQUIRIAS #4
—Según el informe preliminar del forense, Violeta Falcón murió entre las siete y las nueve de la noche por varios traumatismos craneales. Estaba embarazada de cuatro meses.
En esa parte se detuvo y me miró con cierto resquemor. No se lo tuve en cuenta.
—¿Quién dio el aviso?
—Un yonqui, hacia la una y media. Habitual del solar. Los de la Local dicen que se había meado del susto. No creo que tenga nada que ver, pero está localizado por si le queremos interrogar.
—Ya. ¿Y sabemos quién puede ser el padre de la criatura?
—El camarero confiesa varias relaciones sexuales por aquellas fechas, pero en el centro afirman que Violeta era una muchacha muy... sociable.
—¿Y al señor Falcón no se le ocurrió tomar medidas?
Esta vez fue la agente Ferro quien contestó, consultando unas notas de su pequeña Moleskine de tapas negras.
—La directora se reunió con él el año pasado para sugerirle algún tipo de solución contraceptiva. Según los de Alza-Down, les aseguró que se haría cargo del asunto.
—¿Y?
Era una pregunta retórica, dadas las circunstancias. Aun así, Sandra respondió con su habitual discurso breve pero concentrado:
—Pues queda claro que no se hizo cargo en absoluto.
Asentí sin tener muy claro a dónde nos llevaba todo aquello, pero cualquier policía sabe que en una investigación hay que ir paso a paso, sin saltarse ninguno. Me volví de nuevo a Leo.
—¿El testigo que la sitúa cerca del descampado no la vio acompañada? ¿Tal vez acompañada de alguien con camisa blanca y pantalón negro?
Insistí porque a testarudo no me gana nadie.
Y porque, a pesar de la coartada, la teoría del camarero seguía siendo la única que incluía un motivo para el crimen.
Un motivo miserable, pero un motivo al fin y al cabo.
En veinte años de profesión me había encontrado con asesinos cargados con todo tipo de impulsos y razones, no todos ellos moralmente reprobables.
Leo volvió atrás en el informe, subrayando la inutilidad de mi empeño.
—La chica salió hacia las 18:00 horas del centro de día...
—Tengo un déjà vu .
—Vale, vale. Sí, sola. De todos modos, el edificio en ruinas ofrece buena cobertura. Cualquiera pudo obligarla a entrar sin ser visto. Y la coartada del chaval es de Champions. Tenemos a diecisiete testigos que la corroboran.
Levanté las manos y rendí el pendón, no sin algo de acritud.
—Menos cachondeo, Santos. ¿Algo más? ¿Agente Ferro? ¿Algo sobre la madre de Violeta?
—Silvia Gándara murió en un accidente de coche. Viajaba sola.
Me quedé mirándola un par de segundos y me adivinó enseguida el pensamiento. No era difícil.
—Sí. Esa Silvia Gándara. La hija de Xaime Gándara.
—Espera... ¿El abuelo de Violeta es Xaime Gándara? ¿El narco?
—El mismo.
Tuve la intuición de que el caso se iba a complicar. Veinte años de experiencia como inspector de la UDEV me gritaban al oído que en una investigación policial las casualidades no existen. Supuse que Sandra ya habría comenzado a tirar de ese hilo.
—¿Algo sospechoso en el accidente?
—A primera vista, no.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, a ver, en primer lugar, no hace un año de su muerte, como nos dijo el señor Falcón en su declaración.
Fue en junio, hace apenas seis meses. No es que sea algo importante ni sospechoso, tal vez solo estaba nervioso y en shock, pero se puso muy tenso hablando de su mujer, así que le pregunté a un conocido de la UCO.
—¿Aquel novio que te echaste hace un par de años?
—No éramos novios. Solo nos enrollamos un par de veces.
—Ya. ¿Y qué te contó?
—Que a los de la Central tampoco les gustó el asunto del accidente, aunque no pudieron demostrar nada.
Mientras daba vueltas al vaso de plástico del café se me escapó un pensamiento en voz alta:
—A mí tampoco me da buena impresión.
—¿Entonces? ¿Te parece si pedimos permiso al juez para echarle un vistazo a las llamadas del señor Falcón?
Siempre está bien que los agentes tengan iniciativa, pero un inspector tiene que vigilar que no se les suba demasiado a la cabeza, que luego van por ahí colgándose medallas.
—Ya veremos. De momento, tú ocúpate de preguntar a los demás novios de Violeta, pídele la lista al padre.
Pasea una foto de la chaqueta a ver si es de alguno.
Y pregúntale también si su hija tenía teléfono, si era tan lista a lo mejor encontramos un atajo.
Santos, tú vete a hablar con los de la Científica, a ver qué van averiguando.
Y date una vuelta por la Unidad de Delitos Sexuales, por si tenemos algún agresor activo por el barrio al que se le pueda haber ido la mano.
La agente Ferro se cuadró de inmediato. El agente Santos se permitió un sutil desahogo, casi en el filo del desacato.
—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer? ¿Organizar la información?
Por supuesto, ignoré su impertinencia. No se llega a inspector sin algo de mano izquierda.
—Yo voy a hacer una visita.
Nueve
El local de Alza-Down era un bajo estrecho y oscuro enterrado bajo la mole grillera de un edificio de viviendas de protección oficial. La primera impresión que tuve fue la de que los hijos retrasados de la gente con pasta debían de tener su quiosco en otra parte.
En el ensanche ajardinado de la entrada fumaban dos chicas.
En cuanto me bajé del zeta tiraron los cigarrillos y entraron, ahuyentadas por la presencia de un agente de la ley.
Algunos días me gustaría tener otro trabajo.
Aún no había cerrado la puerta cuando salió la directora a recibirme.
Otros, en cambio, me encanta ser policía.
—Hola, inspector Manso.
—Llámeme Carlos, por favor.
—Con ese nombre solo tenía dos opciones: hacerse policía o asesino en serie. Ya sabe, por Charles Manson.
—Estoy un poco harto de ese chiste.
Bajó la cabeza, avergonzada. Casi me arrepentí de mi comentario.
—Disculpe. Pase, por favor.
En realidad, nunca me habían hecho ese chiste, pero la técnica del gatito herido es infalible. Al filo de ese pensamiento, una parte pequeña y rastrera de mi cerebro me preguntó, de manera retórica, para qué era esa técnica. Por supuesto, decidí ignorar la impertinencia.
—¿Han averiguado algo más?
—No mucho. De todas formas, entenderá que no puedo hablar de la investigación.
—Claro. No pretendía...
De repente, eché en falta el aplomo que había demostrado en comisaría.
—Parece más nerviosa que por la mañana.
Se detuvo a mirarme. Definitivamente era bonita. No muy alta. De ojos perspicaces y tristes.
—Los nervios del anfitrión, supongo. Debo admitir que me sorprendió su ofrecimiento de venir a conocernos. Para mí es importante la impresión que se lleve.
—El ofrecimiento fue suyo, no sé si lo recuerda.
A veces los silencios molestan. Este no fue de esos.
Me agarró del codo y me introdujo con delicadeza en su pequeño mundo.
Un mundo extraño, inesperado, poblado de seres de ceño fruncido, no porque estuvieran enfadados, sino de pura concentración, de puro esfuerzo.
Me había imaginado un repertorio vulgar de besos con babas y patéticos gañidos incomprensibles, pero me encontré con un Xanadú escondido, una isla del tesoro sin mapa, un reino perdido a la vista de todos.
Empezó presentándome a los más pequeños, risueños y juguetones, casi indistinguibles de cualquier otro niño más afortunado en la lotería de la genética.
Desde que apenas se tenían en pie, me explicó, ya luchaban a mordiscos con el mundo, con la dificultad que supone un aprendizaje lento, tosco, aunque tenaz y sufrido.
Aun así, disfrutaban con cada nuevo descubrimiento, con cada pequeño logro con un entusiasmo contagioso.
Me mostró a los que estaban empezando a leer, con ocho o nueve años, entregados a la tarea con una energía desconocida en otros chavales de su edad, tímidos y educados, conscientes ya de un modo incipiente pero lacerante de la barrera que les separaba de la normalidad.
En ellos se adivinaba la misma determinación que en sus compañeros de menor edad, pero teñida del amargo reproche de una sociedad impaciente, injusta, desmedida, que les exigía, a su corta edad, más de lo que les daba.
Conocí a los adolescentes, desorientados, expulsados incluso, qué contrasentido, de la enseñanza obligatoria, despertando a la sexualidad, a la vida, con el inmenso escaparate del mundo rebosante de dulces ante sus ojos y sin una miserable moneda en el bolsillo.
Y aun así serenos. De un modo budista, despejado, demostrando con cada gesto que poseían esa vieja sabiduría: cuanto más tienes menos eres.
Porque lo que no advertí en ellos fue rencor.
En su fuero interno se sabían desplazados, pero no parecían odiarnos a los demás por ello.
Y tampoco era resignación, sino llana aceptación.
En este grupo predominaban las caras largas.
De repente caí en la cuenta de que Violeta pasaba allí muchas horas.
De que la echaban de menos. De que esa era su pequeña familia triste en pleno duelo.
Más que su propio padre. Uno de los chicos levantó la cabeza del ordenador para mirarme.
Llevaba una camiseta de Yoda. Lorena me explicó que era el mejor amigo de Violeta.
Me habló directamente, sin presentarse, con la confianza de quien está en su casa.
Tenía una voz ronca que me recordó a la de mi hermano. A veces se atascaba en alguna palabra.
—¿Sa... sabes para... qué sirve un paracaídas?
La pregunta me cogió desprevenido. Miré a la directora, que se desentendió con una media sonrisa. Supuse que era algún tipo de broma entre ellos y le seguí el juego sin pensar demasiado.
—Vaya pregunta más fácil. Para hacer paracaidismo.
Los seis o siete chavales que componían aquel grupo soltaron una carcajada, abandonando por un instante el aire de funeral.
—N... no. ¡Pa... para hacer pa... paracaidismo dos veces!