La ira de los mansos Primera parte. EL PINTOR DE VALQUIRIAS #3
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Primera parte. EL PINTOR DE VALQUIRIAS #3

—A ver, Leo, un briefing de lo que tenemos.

—Oye, Carlos. Tampoco te mates. En cuanto nos lleguen los resultados del laboratorio con el ADN de la chaqueta tendremos cogido por los huevos al cabrón que ha hecho esto.

No es que me estuviera ablandando. Normalmente no permitía a mis agentes el tuteo, pero Leonardo Santos era un caimán .

En jerga, un poli veterano, habitualmente dedicado a tomar el sol y que solo espera tranquilamente a jubilarse, pero capaz de dar alguna buena dentellada de vez en cuando. A él sí se lo permitía.

—Tal vez, pero ya sabes que me tomo esto como algo personal y que soy de la vieja escuela. Me gustan las peleas limpias. Lo del ADN es casi como hacer trampa. Para eso que vengan los de la Científica y hagan nuestro trabajo. Además, a veces en el laboratorio también la cagan.

—Tú mismo. Te cuento lo que tenemos: en el centro de día confirman su salida sobre las 18:00 horas. He estado preguntando a gente del barrio, las tiendas, un par de taxistas con servicios en la zona a esa hora. Ya sabes cómo va esto.

—¿Y? ¿Has encontrado algo?

—Un testigo la sitúa a eso de las 18:30 a tres calles de su casa, en el cruce de Aragón con Jenaro de la Fuente.

—¿Al lado del escenario del crimen?

—Sí.

—Según el forense murió alrededor de las siete. Eso significa que estaba a punto de encontrarse con su asesino. ¿El testigo la vio con alguien?

Cuando Santos estaba a punto de responder, sonó el teléfono. Era Lema, con novedades. En cuanto colgué le dije que hiciera pasar al chaval. A tomar por culo el briefing. La cosa empezaba a ponerse interesante.

Seis

Miércoles, 21 de diciembre, 13:46

Toma de declaración a don Rafael Gudín Fernández, camarero de la cafetería Maracaná.

Oficiales/Agentes presentes: inspector Carlos Manso, agente Leonardo Santos.

—¿Rafael Gudín? Siéntate, haz el favor.

El chaval sudaba como un pollo, y no por la calefacción.

Salgueira, mi primer inspector jefe en Vigo, en paz descanse, solía decir que la última vez que recordaba que de aquellos radiadores hubiera salido algo más que ruido fue durante la ola de frío del 71.

La prehistoria, para aquel crío. No tendría ni veinte tacos.

Probablemente su primera vez delante de un madero.

Lucía uniforme de trabajo: pantalón negro y camisa blanca.

—¿Sales o entras?

—¿Có... cómo?

Hay veces en que hay que comenzar una toma de declaración descolocando un poco al interrogado, para que no sepa por dónde le va a venir el aire. Por la cara de susto del chaval la estrategia parecía funcionar.

—Que si sales de currar o entras. Por la ropa.

—Entro a las dos y media. Espero no llegar tarde.

Los jóvenes llevan de serie el manual de instrucciones para hacerse los valientes, pero los delata su bisoñez. No paraba de jugar con el llavero de la moto y de dar golpecitos con la punta del pie en la pata de la mesa.

—Seguro que llegas a tiempo, hombre. ¿Llevas el mismo uniforme de ayer?

—No. Me cambio cada día.

Nos miraba a Leo y a mí con cara de no haber roto un plato en su vida, pero por poco que llevara trabajando de camarero eso tenía que ser falso. Lo del plato, quiero decir.

—Ya. Eso le dices a tu jefe.

El chico se encogió de hombros con ese gesto de aburrimiento que también viene de serie con la adolescencia.

Interesante. Por la hora en que se produjo la agresión debería estar trabajando.

Si la hubiera matado y se hubiera deshecho del uniforme manchado de sangre le vendría muy bien mi teoría.

Podría intentar hacernos creer que, efectivamente, seguía con la misma ropa.

Pero no. Antes muerto que sencillo. Esa idea me llevó a fijarme mejor en el llavero.

—¿Tienes una BMW?

—Una R1200.

Joder con el sueldo de camarero... Por un momento me planteé cambiar de trabajo. O dejar de pagarle los vicios a mi padre.

—¿Qué nos puedes decir de Violeta? ¿Cuándo la viste por última vez?

—Ya pensaba que me harían esa pregunta. Llevo toda la mañana dándole vueltas. Diría que fue el miércoles o el martes de la semana pasada. Vino por el Mara, como siempre.

—¿El Mara?

—El Maracaná, el bar.

—¿A verte?

—Sí... Supongo.

Empezó la afirmación con un pellizco de chulería, pero se desinfló a mitad de la frase. Como si se hubiera dado cuenta del poco mérito que tenía. Por supuesto, se lo hice saber:

—¿Sueles ligar con discapacitadas psíquicas?

La agente Ferro hubiera estado orgullosa de mí. Leo no hizo el menor gesto.

—¡Oiga, no se pase! ¡Encima que le daba conversación!

Era el momento de usar la información que me había pasado Lema. No era muy ortodoxo, pero quería estirar aquella cuerda a ver cuánto daba de sí.

—Un pajarito nos ha dicho que en verano le diste algo más que conversación.

—¿Cómo?

Esa boca congelada en mitad de un bostezo era un poco forzada, pero parecía sorprendido. Decidí dejar de andarme por las ramas:

—¿No sabías que la habías dejado preñada?

En realidad, era un disparo a ciegas. El hijo podía ser de cualquiera.

Necesitaríamos cotejar el ADN para confirmarlo.

Hasta los cojones del puto ADN. Pero lo había pillado por sorpresa, y eso a veces es útil.

Hasta Leo tuvo que sujetarse a la silla para no caer.

Ser el jefe tiene que servir para darse estos caprichos. Le debía una cerveza al forense.

—¿Qué? ¿Estaba...? ¿Iba a...?

La sangre huyó de su cara como el agua del gore - tex .

—Toma, chaval, echa un trago, que parece que se te ha pegado la lengua al paladar.

Y así de paso conseguíamos una bonita muestra. Buenos reflejos, Leo. Mi pequeño ejército estaba a la altura.

—Tómate tu tiempo, pero cuéntanos la verdad.

Probablemente por primera vez desde el ya lejano día en que hiciera su triunfal entrada en la edad del pavo hizo lo que se le pidió: se tomó su tiempo.

Su camisa fue abandonando, lenta pero inexorablemente, la impecable presencia en torno a las axilas.

Sus manos repasaron con delicada y simétrica tenacidad el rasurado espacio situado entre la nuca y las sienes.

En fin, que estaba nervioso. Muy nervioso.

Y cuanto más nervioso estaba él, más disfrutaba yo.

Se ve que ya no le preocupaba llegar tarde a trabajar.

—Fue una sola vez, a finales de agosto... Ella me pidió... Yo pensé que no podía... Ya sabe... Quedarse...

—¿Embarazada? Pues te equivocaste, chaval.

Progresábamos. Iba a ser pan comido. El laboratorio se lo podía quedar la Brigada Científica para sus jueguecitos de salón. La vida real es esto. Psicología, sudor, instinto.

—¿Cuántos camareros trabajáis en tu turno?

Pregunta corta, directa, sencilla, que elude el espinoso asunto principal. A estas contestan del tirón, relajados, casi contentos.

—Dos.

Debería escribir un libro sobre interrogatorios. Me lancé de nuevo a la yugular.

—Mira, vamos a averiguarlo de todos modos. Si hace falta les preguntaremos a las cucarachas del chigre en el que sirves cocacolas. Así que contesta despacio: ¿te ausentaste del trabajo entre, digamos, las seis y media y las ocho?

—Imposible. ¿Usted no lo vio?

—¿Que si no vi el qué?

—El clásico.

—¿De qué coño hablas?

—El Madrid-Barça. El bar estaba hasta los topes. Tengo unos treinta testigos. No pude ni ir a mear.

Mierda.

Siete

Mientras esperaba el informe preliminar que Lema había prometido enviarme por correo, decidí bajar a la máquina del primer piso a tomar un sándwich y un café.

Un cigarrillo me hubiera ayudado a pensar, pero intentaba dejarlo por prescripción médica.

Apuré el cortado y dejé el bocadillo después del segundo mordisco, tras confirmar que no es tortilla todo lo que parece.

Saqué el móvil del bolsillo y busqué el número de mi hermano, porque los malos tragos es mejor bajarlos de golpe.

Contestó casi de inmediato, sin darme tiempo a pensar lo que iba a decirle y disparando a bocajarro una ráfaga de rabia parecida a la de mi cuñada.

El mundo era un lugar lleno de cólera y yo solo quería dormir.

—Hola, Carlos. ¿Te ha llamado Cris? Le dije que no lo hiciera, joder. Siempre aireando los trapos sucios.

—Cálmate, Rouco. ¿Qué ha pasado esta vez?

—¿Y a ti qué te importa? Déjame en paz, anda.

En algo tenía razón: hacía mucho tiempo que no me importaba demasiado lo que hiciera Xabier. Pero ejercer de hermano mayor, como de policía, no es algo que uno pueda dejar de hacer con facilidad.

—Dice Cris que la llames.

—¡Que me dejes en paz, hostia! —La voz afónica de nacimiento de mi hermano pretendía hacerme daño sin conseguirlo. Se lo impedía una capa de cuero en mi piel de muchos años de grosor.

—No mates al mensajero. Yo paso de todo, ya lo sabes.

El cabrón se permitió el lujo de soltar una carcajada y de darme un capotazo. A veces olvido que él es el listo de los dos.

—Sí, claro que lo sé. Y tu madre también.

—Venga, Xabier, ¿ya estamos otra vez? Somos todos adultos y cada uno sabe lo que tiene que hacer. O lo que quiere hacer. ¿Crees que sirve de algo el consuelo que le ofreces? Si de verdad está harta, que deje a papá. ¿No es lo que estás haciendo tú?

—A veces eres tan imbécil, Carlos.

—Yo también te quiero, hermanito.

Ocho

Colgué de mal humor, contagiado de la epidemia de ira que parecía estar extendiéndose por la ciudad. Volví al despacho y toqué a reunión.

En los buenos tiempos podíamos haber sido cinco o seis para el asesinato con violación de una muchacha embarazada, pero los recortes habían llegado también a Jefatura.

El signo del progreso. En realidad, estábamos acostumbrados; las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado han nadado siempre en las procelosas aguas de la precariedad como delfín en acuario.

El caso es que ahí estaba mi unidad: la agente Ferro, el agente Santos y yo. Y no me podía quejar del percal.

—A ver, ¿qué sabemos y qué ignoramos, Leo?

Santos comenzó con la letanía habitual, con el tono monótono del que ha oficiado demasiadas veces esa eucaristía.