Primera parte. EL PINTOR DE VALQUIRIAS #2
—Ayer por la mañana, hacia las ocho, antes de irme a trabajar, la dejé como siempre en el centro de día de Alza-Down.
A las siete y media de la tarde volví a recogerla y me dijeron que se había marchado sola a casa.
A veces lo hace... Lo hacía. En la asociación me dicen.
.. Me decían que era importante trabajar la autonomía de Violeta, permitirle cierta independencia.
—Perdone, ¿dónde trabaja usted?
Una leve, casi imperceptible, pausa. Un carraspeo. Un suspiro. O iba a mentir o no le apetecía responder.
—Soy interventor. En un banco.
Ah, el progreso. No hacía tantos años su empleo era motivo de orgullo. Ahora le provocaba vergüenza.
—Entonces se fue a su casa y...
—No, no. En el centro les contaba que se iba a casa, pero se iba al Maracaná, un bar al lado de casa. Pensé que la encontraría allí. Violeta estaba... ¿cómo decirlo? Le gustaba un camarero.
—¿Enamorada? ¿Eso iba a decir?
—Mire, mi hija es... Era especial.
Otra pausa. Capté una inflexión en la voz del padre y me eché hacia atrás, acomodando la espalda en el respaldo de la silla. Sandra se inclinó hacia delante y empujó un botellín de Mondariz hasta el centro de la mesa. Habíamos bailado esta pieza muchas veces.
—Tenga un poco de agua. Tranquilo.
—«Enamorada» es una palabra que no le cuadra bien a Violeta. A ella le gustaban muchos chicos. Supongo que como ninguno le hacía demasiado caso...
El torso del señor Falcón experimentó un sutil y previsto giro hacia mi compañera mientras cogía la botella y contestaba. Cuando volví a la carga, su flanco estaba descubierto.
—Necesitaremos una lista con el nombre de esos chicos. ¿Y cómo se llama ese camarero del Maracaná?
Antes de responder dio un trago largo, como si tuviera la boca seca.
—Rafael. Tiene turno fijo de tarde. Es un buen chico. Nunca contestó mal a mi hija ni se burlaba de ella. Supongo que por eso insistía en verlo.
Buena recepción del placaje. Aquel tipo era más listo de lo que daba a entender. Solo me quedaba un cartucho y se lo iba a lanzar a la cara.
—Una última pregunta, señor Falcón: ¿es suya esta chaqueta?
La prenda, una sucia americana de pana gris, lucía, a la penumbra fluorescente de la comisaría, unos inconfundibles lamparones color burdeos.
—No la he visto en mi vida.
Tras una brevísima sorpresa inicial contestó del tirón, sin echarle una segunda ojeada; sin demostrar ninguna reacción a la presencia de las manchas. Raro, teniendo en cuenta quién era la dueña de la sangre.
—Muchas gracias. Puede irse. Lo avisaremos en cuanto sepamos algo. De momento procure estar localizable.
El hombre se levantó con impotencia, abatido, dando la perfecta imagen de un padre desolado por el asesinato de su hija. Seguíamos oyendo el arrastrar de pies aun después de haber cerrado la puerta. Pero algo en aquella puesta en escena no encajaba. Me giré hacia mi compañera.
—Sandra... Una cosa...
—¿Averiguar cómo murió la madre de Violeta?
Una chica lista. La tercera de su promoción, creo.
—Y dile a Santos que traiga al camarero. Oye, otra cosa ¿no sabrás cómo se llamaba un pintor inglés de finales del diecinueve conocido por el cuadro de una valquiria?
—¿Lo busco en Google?
—No. Déjalo. Gracias. Que pase la directora del centro de minusválidos.
—Discapacitados.
—¿Cómo?
—Da igual. Ya la paso.
Cuatro
Miércoles, 21 de diciembre, 11:14
Toma de declaración a doña Lorena Sella Amorín, directora del Centro de Día Alza-Down para personas con discapacidad psíquica.
Oficiales/Agentes presentes: inspector Carlos Manso, agente Sandra Ferro.
—Buenos días. Tome asiento, por favor.
Me había imaginado a una mujer mayor, con gafas de pasta y aire de cooperante en una ONG, y acusé la sorpresa de ver a una joven de belleza discreta y ropa de escaparate de Mango.
Uno a cero. La agente Ferro me lanzó una advertencia por debajo de la mesa.
Para recuperar terreno me lancé al ataque. De frente y por la corta.
—¿Es normal que dejen marcharse solos a sus clientes?
—¿Perdón?
No había terminado de acomodarse en la silla y ya sudaba. Uno a uno.
—Nos consta que la víctima se marchó de su centro sobre las dieciocho horas sin que nadie la acompañara. ¿Se da cuenta de que eso los hace en parte responsables de lo ocurrido?
Aguantó mi mirada a puerta gayola, sin achicarse ni ceder, de un modo ligeramente turbador.
—Pues no. Se equivoca. Violeta tenía dieciocho años y no estaba legalmente incapacitada. A todos los efectos era una persona adulta. Podía entrar y salir cuando quisiese.
—¿Cómo? Pero ella era retr...
Recibí un nuevo aviso de Sandra por debajo de la mesa. Oído cocina. Sacudí la cabeza para deshacerme del hechizo de aquella mujer y volví a comenzar:
—Vamos a ver, ¿no tenía síndrome de Down?
La directora suspiró y adoptó un contenido aire condescendiente. Se recostó. Colocó una mano sobre la otra. Se las miró. Me miró. Debo reconocer que me tenía desconcertado. Pensé que al terminar con aquel asunto debería pedirle el teléfono.
—Mire, imagino que quiere datos concretos y acabar pronto, pero tiene que entender algunas cosas antes de seguir con la investigación. Lo adivino cargado de prejuicios y falsas ideas con respecto al síndrome de Down. No se ofenda. Eso es lo habitual en la mayoría de la gente.
Joder con la directora. Cinturón negro de aikido.
—Si quiere puedo presentarle a algunos compañeros de Violeta: chicos sensibles, despiertos, sociables.
Un poco ingenuos, claro. Y torpes. Necesitan tiempo y ayuda para desenvolverse en medio de la espesa complejidad formal de nuestra sociedad, pero tienen un instinto afilado para conocer a las personas, y una habilidad natural para hacerse entender, o para solicitar ayuda cuando la necesitan.
En muchos sentidos, son más capaces que la mayoría de esos niñatos que hoy en día se cobijan en el nido familiar hasta bien entrados los treinta, porque se les ha exigido más desde mucho antes.
Paradójico, ¿verdad? E injusto. Violeta manejaba dinero, viajaba en autobús, sabía llegar a su casa.
Podía hacerlo. ¿Por qué no permitírselo?
—¿Por su seguridad? ¿Para evitar que le pasara lo que finalmente ha ocurrido?
Fue una respuesta desesperada, porque con dos ippon en contra y un pie fuera del tatami no tenía muchas más opciones. Mi idiota interior se estaba dando cuenta de que tal vez ella tenía razón y yo estaba equivocado.
—Ya. Y según ese principio preventivo yo no debería ir a esquiar la semana que viene y usted debería cambiar de profesión. ¿Tiene madre? La mía camina con dificultad y ve muy mal.
Tuve que morderme la lengua para evitar preguntarle por su edad.
—Cada fin de mes va personalmente al banco, saca su pensión y se la lleva en un sobre a su casa. Desde su punto de vista está expuesta, desvalida, no debería exponerse a ese riesgo, ¿no?
—Bueno, eso no es exactamente...
La agente Ferro hacía esfuerzos para no reírse. Y no se molestaba en echarme un capote. Me tentaba la idea de ir a buscarle palomitas.
—¿No dicen ustedes que los crímenes los suele cometer alguien del entorno de la víctima?
¿Qué más da entonces que vaya sola hasta casa?
En realidad, estadísticamente hablando, es mucho más probable que mi madre sufra un accidente de tráfico cuando la llevo a ver a su hermana los domingos, o que se tropiece con algún bache de la acera y se fracture la cadera.
¿La encierro en casa? ¿Es eso lo que debería hacer?
Aguantaba la mirada como una profesional del póquer. En cambio, mis ojos alternaban entre su cara, el escote y la mesa. En el fondo tenía razón y yo no sabía nada acerca de lo que podía o no podía hacer alguien como Violeta. Toqué retirada levantando las manos.
—Bien, bien, me rindo. Entonces, ¿me confirma que Violeta salió de su centro ayer a esa hora?
—Sí.
—¿Tenía algún problema con alguien de la asociación? ¿Alguien la había amenazado o acosado?
—Pregunte directamente, inspector. ¿Quiere saber si sospecho de alguien? No. No tengo ni idea.
La agente Ferro decidió que era hora de tomar el relevo. Algún día debería proponerla para un ascenso. O mejor, no.
—¿Conoce a Rafael, un... amigo de Violeta?
—¿El camarero? Sí. Durante el verano venía de vez en cuando a verla. Desde septiembre no hemos vuelto a saber de él, aunque Violeta seguía mencionándolo con frecuencia.
—¿En qué términos?
Decidí volver de inmediato a la carga. Primero por un estúpido orgullo de género, ahora lo llaman micromachismo, pero también porque por un instante vislumbré una teoría.
—¿A qué se refiere?
—¿Enojada?
—Bueno, no exactamente. Seguía contándonos lo guapo que era, y los imposibles planes que imaginaba con él. Aunque sí había algo de resentimiento. Se quejaba con frecuencia de que no venía a saludarla antes de su turno en el bar como hacía en verano.
Realmente no sabía nada sobre el síndrome de Down. Pensé que sería útil para la investigación iluminar alguna de mis zonas oscuras, pero dejé caer un breve silencio antes de seguir.
—Comprendo. Una última cosa: ¿cuándo podría pasarme por su asociación a echarle un vistazo... y conocer a esos chicos que me comentaba?
Sandra y la directora rivalizaron por un instante por el título de Miss Boquiabierta. Duró solo un segundo, pero hizo buenos los muchos años de patrulla en el zeta hasta llegar a inspector.
Barrido, ippon y combate.
Cinco
En cuanto la señora Sella (nunca utilizo el nombre de pila en la primera cita) abandonó la habitación, di instrucciones a la agente Ferro.
—De paso que investigas lo de la madre, pásate por la cafetería y haz algunas preguntas, a ver qué sacas. Y si ha llegado Santos dile que pase, pero sin el chaval. Ah, y tráeme un café.
—Sí, jefe.
Odio cuando los subordinados adoptan ese falso aire de sumisión, pero la agente Ferro sabía imprimir el tono exacto para dejar la duda en el aire, de modo que no dije nada más. Tampoco tuve que esperar. El agente Santos ya estaba entrando antes de que Sandra hubiera acabado de cerrar la puerta.