La ira de los mansos
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Primera parte. EL PINTOR DE VALQUIRIAS
Primera parte EL PINTOR DE VALQUIRIAS
De lo que tengo miedo es de tu miedo.
W ILLIAM S HAKESPEARE
Uno
El reloj de la cómoda marcaba las dos de la mañana cuando me despertó el teléfono.
En media hora estaba vestido y en el coche, con «Love me or leave me » de Billie Holiday sonando en la radio, una taza de café recalentado ardiendo en la garganta y la misma sensación de siempre: la de ser el único idiota levantado a esas horas.
Al apagar el motor y atravesar la cinta de la Policía Local la sensación adquirió matices: los idiotas abundábamos, pero pocos pasábamos de los cuarenta.
Cuando el juez de guardia hizo acto de presencia en el ruinoso solar de las antiguas Bodegas Bandeira, el forense y yo ya llevábamos un buen rato acuclillados sobre el cadáver de la chica.
Era pequeña y rechoncha, de una edad difícil de calcular, tal vez entre los quince y los veinte.
De pelo brillante, lacio y rubio como el de la valquiria de aquel pintor inglés. .. ¿cómo se llamaba?
—Qué hay, Lema. ¿Puedes decirme algo?
El juez Cambo y el forense eran viejos conocidos. De esos compañeros de trabajo a quienes, a fuerza de saludarse a horas intempestivas, se acaba cogiendo cierto aprecio, fruto de una especie de piedad mutua. Lema se levantó y se sacudió el pantalón antes de contestar:
—Llevará unas ocho o nueve horas muerta. Varios golpes muy fuertes en la cabeza y la cara, con un palo o algo parecido. Eso oscuro junto a tu pie son restos de masa encefálica.
—¡Hostia!
Un juez, al fin y al cabo, es un juez y a las tres de la madrugada no hay víscera apetecible. Ni siquiera para mí, que ya estoy habituado a ese tipo de espectáculos.
—¿Violada?
Cambo era aprensivo con la casquería, pero también perro viejo y con ganas de acabar pronto la faena. No buscaba morbo, solo dejar el informe preliminar bien atado y encarrilar la instrucción. Todos allí queríamos irnos pronto para casa. La única que ya no tenía prisa era la víctima.
—No estoy seguro. Diría que sí. Tiene los pantalones a media asta. ¿Te suena la canción o te la tarareo? Chica retrasada, violada y apaleada hasta morir en un descampado por algún hijoputa. Tendréis que empezar con los sospechosos habituales. Amigos, primos, padres...
Me caía bien el forense. En el fondo yo experimentaba esa misma anestesia.
Es lo jodido de trabajar con muertos y con asesinos, que te acostumbras a ellos.
Dejas de sorprenderte cuando descubres que esa no era la primera vez que el padre la violaba.
O la primera vez que mataba. Ese áspero desconcierto ante lo perverso, que actúa como brújula moral en las personas normales, solía ser ajeno a mí, como el miedo a aquel personaje del cuento infantil.
Supongo que es una forma de sobrevivir cuando eres inspector de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta.
En mi trabajo no puedes permitirte el lujo de llorar por cada fiambre.
Por eso me sorprendió mi reacción al ver a la víctima.
No soy tan cabrón como aparento, pero tampoco me suelo ablandar con cada muerto.
Cuando el compañero de la Municipal me saludó y señaló el cuerpo tendido no pude reprimir un gesto de disgusto.
Con cuidado de no estropearle la fiesta a los de la Científica pude apreciar, bajo los hematomas y las heridas de la cara, unos rasgos inconfundibles: ojos achinados, lengua grande, frente amplia.
.. Los chicos con síndrome de Down dan bien en los calendarios, sonriendo al fotógrafo, pero pierden hechizo con la boca partida y los sesos desparramados por el suelo.
Me incorporé con una frase de Saramago dándome vueltas en la cabeza: «Defiéndenos, Señor, de la ira de los mansos».
El portugués propuso esta oración anticipando que un día los maltratados por la historia, los humillados, los mansos desprovistos de toda voz, se levantarían, cansados de callar, reclamando su derecho a figurar en la gran foto de la humanidad.
Ese día los dueños del poder, atemorizados, se arrodillarían elevando a Dios esta breve plegaria.
Mi hermano y yo solíamos bromear con su alusión a nuestro apellido.
Algo antiguo se removió en mi interior. El deseo de venganza, esa hija bastarda de la justicia que todo buen agente del orden debe reprimir, afloró en mí como no lo hacía desde mis primeros casos como subinspector de provincias.
¿Qué clase de cabrón podía haber golpeado así a una chiquilla incapaz de defenderse?
¿La había matado por venganza? ¿Por sadismo?
¿O por miedo a que lo reconociera tras la agresión sexual?
El viejo instinto de cazador se desperezó en mis tripas y la sensación era agradable.
El ser humano aspira a sentir. Da igual si la emoción es amor, odio, miedo o asco.
Vivir es agitarse. Y la rabia en mi interior, el deseo de que aquel asesinato no se hubiera cometido nunca, de atrapar al cobarde autor de semejante atrocidad eran, paradójicamente, mi mayor estímulo.
Los guripas somos así, moscas que se alimentan de la mierda ajena.
—¿Inspector...? —La voz del forense interrumpió mis pensamientos.
—¿Sí? Perdona, Lema, le daba vueltas a algo... Veo mucho ensañamiento para ser un simple intento de no dejar testigos. El que hizo esto odiaba a la chica, ¿no te parece?
—Puede ser. En todo caso se marchó cagando leches del escenario del crimen.
Se dejó la chaqueta tirada, aún manchada de sangre.
En cuanto a ella, tiene bordado en el forro del cuello de la blusa un nombre y una dirección.
Se llamaba Violeta. En un par de semanas podrás redactar el informe definitivo y cerrar el caso.
—Puede ser.
Yo no lo tenía tan claro. Alguien que se emplea a fondo, que no mata fruto de un impulso, sino que se toma su tiempo en hacer el trabajo y que no tiene reparos en golpear la cara de la víctima no se marcha olvidándose el abrigo.
Necesitaba más café. No iba a pasar por casa. El día ya había empezado para mí.
¿Cómo se llamaba aquel pintor...?
Dos
La llamada de Cristina me cogió por sorpresa en el coche, de vuelta a comisaría. Era demasiado temprano para una llamada de cortesía y demasiado tarde para cualquier otra cosa.
—¿Hola? ¿Carlos? ¿Puedes hablar?
—Hola, Cris, dime. ¿Xabier otra vez?
—Sí. Ha cogido sus cosas y se ha marchado.
La voz de mi cuñada supuraba rabia. No supe qué decir.
No por defender a mi hermano, sino porque llevaba veinte años viendo basura parecida en tantas parejas que a esas alturas ya me parecía lo más normal del mundo.
Contesté con esa malicia inocente de quien se lava las manos ante los males del mundo.
—Bueno, eso es lo que querías, ¿no?
La ciudad comenzaba a despertar, a pesar del huso horario que nos condena cada invierno a hacerlo a oscuras. Estaba muerto de sueño y un poco harto de todo. También de mi hermano.
—Lo que quiero es entender todo esto.
La cara rota de Violeta seguía flotando delante de mis ojos y solo pude darle la razón. El único problema era que queríamos entender cosas diferentes.
—Ya. Yo qué sé, Cris. Xabier es así desde que salió de la Academia. Era un hombre y ahora es poli . ¿Necesitas algo?
—¿Puedes hablar con él?
—Claro. ¿Qué quieres que le diga?
La rabia seguía allí. Agazapada, pero algo menos desafiante. La mayoría de los asesinatos se cometen de madrugada, pero el día ya había echado a andar. Cada vez había más coches en las calles y la hora de matar iba siendo sustituida por la hora de morir.
—Dile que me llame.
Tres
Miércoles, 21 de diciembre, 09:32
Toma de declaración a don Sergio Falcón Muñiz, padre de la víctima.
Oficiales/Agentes presentes: inspector Carlos Manso, agente Sandra Ferro.
—Siéntese, por favor.
—Gracias.
Los de la Local ya se habían encargado de la parafernalia previa de condolencias y papeleos.
Tenía delante a un hombre necesitado de un sueño que aún tardaría en conciliar.
Yo tenía la ventaja de una ducha rápida en comisaría y medio litro largo de café.
Ojeras aparte, su cara era un muro. Apenas se intuía el previsible sufrimiento bajo las cejas oscuras y pobladas.
—¿La madre de Violeta no ha podido venir?
—Su madre... murió el año pasado.
Contestó con desgana, con las manos apoyadas en la mesa. Con un aire contrito del que costaba compadecerse, y no solo por mi cinismo.
—Perdone. No lo sabía. ¿De qué murió?
O yo estaba perdiendo facultades o el ghicho estaba a la defensiva: su mirada, perdida hasta ese momento, se dio de bruces con la mía tras la pregunta. Había recelo en ella, y rabia, incluso puede que algo de miedo.
—¿Por qué lo pregunta?
—El trámite exige recabar la máxima cantidad de información posible, por si en un futuro fuera relevante.
Mi tono se volvió brusco y seco. Excesivamente formal.
Había que pasar al ataque, aprovechando su propio impulso.
Interrogatorio aikido, como lo llamaba la agente Ferro.
Si se había picado con la pregunta y se le calentaba la boca, igual teníamos pleno.
O a lo mejor solo estaba abrumado e irascible por la tragedia, pero la cacería estaba en marcha y lo primero era aventar las perdices.
En mi experiencia, un padre inocente que acaba de perder a su hija ignoraría mis impertinencias como un elefante ignoraría a una hormiga.
—Un accidente.
—¿De qué tipo?
—Pero ¿qué coño importa eso? ¿Me van a preguntar por mi mujer o por mi hija? ¿Así piensa encontrar al malnacido que la ha matado?
Así que no quería hablar del accidente. Hasta el punto de encararse con la autoridad. Mi curiosidad iba en aumento, pero insistir en el tema podía provocar una actitud atrincherada. Mente zen. Ser junco y no roble.
—Tiene razón, disculpe. ¿Cuándo vio por última vez a Violeta?