La Invitada CAPÍTULO 65
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CAPÍTULO 65

JAVIER

Te pido perdón, María

Mis ojos se abren y se cierran con lentitud.

La imagen que veo a través de ellos está muy borrosa.

Poco a poco se va volviendo nítida, después veo que no estoy en un hospital, tampoco estoy en mi casa, y por supuesto, tampoco estoy muerto.

Sigo en casa de Ángel, la vida me acaba de dar otra oportunidad, y la tengo que aprovechar.

Me pongo en pie. Estoy muy mareado. Me sangran las costillas, pero puedo respirar algo.

La sangre coagulada debe haber taponado parcialmente la herida que mi hizo Ángel.

En cuanto empiece a moverme un poco, se volverá a abrir, y entonces puede que me vuelva a ahogar en mi propia sangre.

Debo darme prisa. No sé si es tarde ya. Ahora ya sé que es muy peligroso, que, si no consigue llegar antes que él, matará a Lorena y matará a las niñas.

Necesito un arma para defenderme, necesito mi pistola, esa que le dije a Lorena que era de balines.

No lo era. Era una pistola de verdad, de cuando yo era policía.

También necesito la dirección de la cabaña, la que me dejó Lorena sobre el banco de la cocina.

Solo pienso en las niñas, en que debo darme prisa, Ángel va a matarlas si no consigo evitarlo.

Pero cuando llego a casa, la pistola no está donde se supone que debería de estar.

No entiendo nada. Bajo hasta la cocina en busca de la nota de Lorena, tampoco la encuentro, pero sí veo otra cosa.

La puerta del sótano está abierta. Esa misma que Lorena siempre dijo que ni yo ni las niñas podíamos abrir.

No doy crédito cuando veo lo que se ocultaba aquí abajo.

Es como una especie de vivienda. Hay dos camitas pequeñas.

También ha juguetes infantiles. Es como una gran casa de muñecas gigantesca.

Pero no es solo eso, veo que hay rastros de que allí abajo ha habido alguien encerrado recientemente.

Hay rastros de sangre, de fluidos corporales.

Es como si estuviese en medio de un sueño pesadillesco en el que nada es como debería ser.

Intento llamar a Lorena nuevamente, pero es inútil, sigue con el móvil apagado.

Entonces se me ocurre algo. En el móvil clonado de Lorena puedo ver el móvil de Ángel.

Corro hasta la tienda de telefonía de Elías y le pido que me localice en tiempo real la posición exacta de ese móvil.

Si encuentro a Ángel, encontraré a Lorena y a las niñas.

Le digo que es una cuestión de vida o muerte. Y en esta ocasión, Elías no me lo poner difícil. Supongo que tiene que ver por la herida que moja de sangre mi camiseta. Debe de pensar que esto no es ninguna broma.

Elías hace bien su trabajo y me da la posición exacta del móvil de Ángel, y está muy cerca del lago de Anna.

Comparte conmigo su ubicación en tiempo real y pongo rumbo hacia allí antes de que mis pulmones se colapsen.

Si hay un momento en el que pueda redimirme de todos los fallos y errores que he cometido en esta vida, es este.

Quizá sea esta la forma que me ofrece la vida de arreglar un poco todo lo mal que lo hice con María. Debí portarme mejor con ella. Y ahora estaría viva.

No me lo perdonaré nunca, pero menos me perdonaré que le pase algo a las niñas. Debo llegar como sea, tengo que salvarlas, ese es mi propósito en la vida, ser un salvador.

De camino hasta no dejo de pensar en María.

Le vuelvo a pedir perdón entre lágrimas.

No supe hacerlo mejor. No supe ver lo mal que estaba, tanto como para suicidarse.

Y yo solo me dediqué a acusarla de infidelidad, a presionarla, a seguirla, a desconfiar de ella.

Y la realidad es que solo estaba deprimida, solo buscaba su lugar en la vida.

Después me acusaron de acoso, de haber sido el causante.

Tal vez lo hice fatal, pero la quería con toda mi alma, y jamás le hubiese puesto una mano encima ni hubiese hecho nada para dañarla. Es solo que supe cómo amarla.