CAPÍTULO 62
JAVIER
Soy un salvador
Mientras espero a que mi antiguo compañero, Matías, me diga si ha podido averiguar la identidad real de Ana y si me confirma lo que me dijo Pepe, el hombre del bigote, que es una reclusa de la cárcel de mujeres de Alcalá de Henares, me dirijo de nuevo al domicilio de Ángel Hurtado.
Encontré al hombre del bigote, voy a averiguar la identidad real de Ana, averigüé quién es en realidad el amigo de Lorena, y ahora voy a averiguar dónde está. Llevo esto en la sangre.
Según me dice Matías, entró en la cárcel hace unos cinco o seis años, al parecer, después de que su hermana mayor falleciese en trágicas circunstancias.
Trabajaba como enfermera en un hospital psiquiátrico.
Un día hubo una especie de motín, y falleció casi en el acto.
Esa hermana era el ancla de Raquel, que hasta ese momento había coqueteado con las drogas y delitos menores.
Aquello la hundió y la cogieron atracando un banco a mano armada.
Ya en prisión se metió en líos bastante gordos, entre ellos, agredió a un guardia que según ella intentó violarla.
⸺Y bueno, hay otra cosa más bastante turbia que no sé si será verdad, pero tiene que ver con la hermana de Raquel que murió en el psiquiátrico.
Ante mis ojos veo pasar la figura de Ángel, que aparece de la nada y se cuela en el portal de su finca con mucha prisa.
⸺Matías, luego me lo terminas de contar, estoy a punto de atrapar a nuestro amigo Ángel.
⸺Claro, Javier, pero ve con cuidado, no me está gustando un pelo nada de esto.
⸺Lo sé, Matías, ni a mí tampoco. Pero tranquilo, no me pasará nada. Luego hablamos y me terminas de contar.
⸺Sí, podría ser importante.
Cuelgo el teléfono y cojo aire antes de abrir la puerta del MG y poner rumbo al domicilio de Ángel.
Cuando ejercía de policía nunca tuve miedo de enfrentarme a personas como él, pero antes no había dos niñas a las que quería y prometí proteger.
El miedo no es que me pasé algo a mí, el miedo es no poder estar ahí por si me necesitan algún día.
Me cuelo en el portal número 6 de la calle Jacomart y subo con paso ligero las escaleras hasta el piso número dos.
Espero unos segundos junto a la puerta número siete antes de tocar.
Intento controlar la respiración. No quiero que me vea nervioso, sino tranquilo.
Cuando noto que he recuperado la calma, llamo.
Ángel no tarda ni cinco segundos en abrir.
Se queda mirándome medio pasmado. Me pregunta quién soy y qué quiero.
Yo le digo simplemente que tenemos que hablar.
Él me pregunta sobre qué. Yo le respondo que sobre mi mujer.
Veo cómo se queda completamente pálido. Solo espero que aquello de que fue acusado de haber asesinado a una familia se quedase en eso, en una falsa acusación.
Me invita a pasar, está nervioso, pero no me da la impresión de que sea peligroso, solo asustado.
Cuando llegamos al salón del humilde piso, doy una vuelta sobre mí mismo para hacerme una idea del tipo de persona que vive en esa casa, y mi subconsciente, no sé por qué, me dice que a lo mejor Ángel sí es peligroso.
Me giro para localizar exactamente y no soy capaz de ver el rápido movimiento con el que me clava hasta el fondo un cuchillo en las costillas.
Durante unos segundos me quedo completamente paralizado.
Después cojo aire y noto cómo los pulmones me lo impiden.
Veo el rostro de Ángel completamente desencajado que me empuja con fuerza y hace que me caiga de espaldas al suelo.
⸺¿Qué habéis hecho con Raquel? O bueno, la conocíais como Ana, ¿dónde está? ⸺dice Ángel abalanzándose sobre mí y estrechando sus manos sobre mi cuello.
⸺No sé de qué me estás hablando…⸺digo con hilo de voz apenas audible.
⸺Mientes, dime qué le habéis hecho, dónde está.
Niego como puedo con la cabeza.
⸺Te juro que no sé de qué me estás hablando, no sé dónde está, yo también la estoy buscando ⸺digo con una voz que apenas puedo oír ni yo.
No sé el alcance de la herida que me ha hecho con el cuchillo en el pecho, pero sí sé que me estoy desvaneciendo, supongo es una forma amable de decirme a mi mismo que lo que me estoy es muriendo.
⸺Mientes, mientes, mientes, y voy a por las niñas y a por tu mujer, y te juro que las voy a matar si no me dices dónde está Raquel.
Voy a responder otra vez que no lo sé, y que ni se le ocurra tocar a las niñas ni a Lorena. Pero no consigo que la voz salga de mis palabras.
Soy un salvador. Tengo que reaccionar. No puedo dejar que me mate. Las niñas son lo más importante. Si me mata irá a por ellas. Tengo que reunir fuerzas como sea.
A continuación, mis ojos se cierran. Un milisegundo después, pierdo la consciencia.