CAPÍTULO 60
JAVIER
El hombre del bigote
Después de un rato intentando ver al hombre del bigote, me digo que ya he invertido suficiente tiempo, que hay que cambiar de actividad. Volveré más tarde. Tengo muy claro aquello de que el éxito, si lo intentas lo suficiente, siempre llega. Eso vale para cualquier cosa en la vida.
Vuelvo de nuevo al domicilio de Ángel Hurtado, pero sigue sin estar en casa. En esta ocasión la vecina de enfrente no despasa la mirilla quién llama. Me doy una vuelta por el barrio, por si acaso lo veo por ahí tomando algo, pero tampoco tengo suerte.
Pienso en Lorena y en las niñas. Me extraña que no me haya avisado al llegar a la cabaña.
Le escribo un mensaje, pero no le llega.
Cada vez tengo peores vibraciones con todo esto, es como si estuviésemos acercándonos al borde de un precipicio que no podemos ver.
La llamo para ver cómo van, pero tiene el teléfono apagado.
No sé si es debido a aquello que me dijo de la cobertura, que en la cabaña no era muy buena, o a lo mejor es que me tengo que empezar a preocupar seriamente por su seguridad.
Después pasaré por casa para coger la dirección que dijo que me dejó y pondré rumbo hasta allí.
Mi siguiente paso es ir a la vivienda en la que se supone que David estuvo con Lorena, en el centro de Valencia.
Tengo la dirección que él le dio a ella a través de un WhatsApp.
Sigo sintiéndome mal por haber clonado su móvil.
No está bien. Recuerdo otra vez todo lo que pasó con María.
Me prometo que cuando termine con esto, cambiaré radicalmente de vida.
No sé cómo, ni qué haré, pero sí que por mucho que me cueste, tengo que soltar para siempre ciertas costumbres, manías y obsesiones.
La vivienda en la que mi mujer se vio con Ángel está en la avenida Peris y Valero, junto al barrio de Ruzafa.
Y si la vista no me falla, veo allí a la policía.
Hay varias patrullas en la calle. Han puesto un precinto de seguridad.
Me acerco con cuidado, no sea caso que algún antiguo compañero me vea y me reconozca.
No quiero líos, entre otras cosas porque estoy suspendido.
Por lo que escucho, los dueños de la casa han denunciado que han sufrido un allanamiento de morada, que un hombre había ocupado su vivienda.
Pero que en estos momentos ya no está. Me pregunto qué habrá allí dentro.
Qué encontrarán. Si habrá muestras de Lorena.
Un sujetador. Una goma del pelo. Un pendiente.
No me apetece pensar en ello. No debo pensar en ello.
No ve va bien pensar en ello. No sé en qué tipo de lío se habrá metido, pero cada vez me gusta menos.
Vuelvo al centro comercial en busca del hombre del bigote.
Y tras una media hora de larga espera, mis ojos se agrandan como hacía tiempo que no lo hacía cuando lo veo aparecer saliendo de una tienda de decoración.
Lleva prácticamente la misma ropa que llevaba la vez que lo vi estando con Ana, también lleva a su mujer del brazo izquierdo, con el derecho sujeta un par de bolsas de ropa.
Me acerco a él sin saber muy bien cómo abordarlo, trato de ponerme en la piel del policía que un día fui.
Pero no es sencillo, porque ese policía no se parece a la persona que soy ahora.
Cuando estoy frente a él, simplemente, trato de ser lo más educado posible y le pido permiso para preguntarle algo.
El hombre del bigote, lejos de la imagen seria que aparenta, me sonríe con amabilidad.
⸺Sí, me acuerdo, sé a qué chica te refieres. Tengo muy buena memoria con las caras de las personas, otra cosa es recordar sus nombres, con los nombres es otra cosa.
⸺Sí, Pepe es un desastre con los nombres, a veces pienso que después de cuarenta años juntos cualquier día se olvidará incluso del mío ⸺dice su mujer con aire de reproche.
⸺Entonces, ¿dice que sí recuerda a la chica que iba conmigo con una muleta, la del pelo rizado? ⸺pregunto de nuevo para asegurarme de que sí la recuerdo.
⸺Por supuesto que la recuerdo.
⸺¿Podría hablarme de ella?
El hombre del bigote hincha el pecho de aire y adopta un rictus ceremonial, sobrio, casi trágico.
⸺No debería, ¿por qué necesita saberlo?
Pienso en decirle que era policía, que debería hablarme de ello y punto, pero no puedo hacer eso. Ya no.
⸺Bueno, le parecerá de película, pero contraté a esa chica hace una semana más o menos para que hiciese de canguro de mis hijas y ha desaparecido de la noche a la mañana, no la encuentro por ningún lado, y se dejó algunos objetos personales en mi casa.
No hay forma humana de localizarla, recordé cuando me crucé aquí usted, y la expresión que adoptó al verla, eso me llevó a pensar que tal vez me pudiese ayudar.
El hombre del bigote afila la mirada mientras le cuento mi improvisado relato, no muy lejano de la realidad. Mira a su mujer. Ella tiene las cejar arqueadas.
⸺¿Y cómo no le pidió referencias o la identificación cuando la contrató?
⸺Sí, por supuesto, pero me temo que la documentación que me dio era falsa.
⸺¿Y no ha ido a la policía?
⸺He ido, pero al no disponer de una documentación real, no me han podido ayudar. Además, la chica tampoco me ha hecho nada, solo quiero encontrarla para devolverle sus cosas, nada más.
El hombre del bigote no tiene ni un pelo de tonto, sabe perfectamente que sí hay algo más.
⸺Veo que es usted alguien que repara en detalles muy sutiles, cualquier diría que tuvo un pasado policía.
Siento un pequeño pinchazo en el pecho, el hombre del bigote, que en realidad se llama Pepe, es un lince de mucho cuidado.
⸺¿Policía? Pues fíjese que siempre he pensado que lo hubiese hecho muy bien, pero qué más quisiera, lo que sí soy es un gran aficionado a las novelas de misterio, a las novelas negras.
Pepe asiente, percibo cómo sus sistemas de alarma se relajan.
⸺Pues ya le adelanto yo que hubiese sido un agente de primera, la mayoría de compañeros ni se acercan a su nivel, eso se lo puedo asegurar por experiencia propia.
Bien, le ayudaré, la chica con la que iba, la del pelo rizado, es una reclusa de la cárcel para mujeres de Madrid 1, en Alcalá de Henares.
Si no recuerdo mal, la chica llevaba años allí encerrada, no recuerdo bien por qué, pero sí que había estado metida en algunos líos bastante gordos.
Si bien es cierto, y no me equivoco, le habían dado el tercer grado hacía muy poco y podía los fines de semana.
Noto cómo mis pulmones se quedan parados durante unos segundos. Analizo. ¿Ana una reclusa?
⸺¿Está seguro de lo que me dice? ¿Una reclusa, en serio?
⸺Completamente seguro, era agente en esa prisión, afortunadamente ya me he jubilado.
Como le he dicho, tengo una memoria prodigiosa con las personas, no tengo ninguna duda de que era ella.
Cuando los vi juntos me quedé un par de segundos pensando cómo era posible, aunque luego recordé lo del tercer grado y pensé que estaba de permiso. Era perfectamente plausible.
⸺¿Y por un casual no recordará su nombre?
Pepe se queda medio segundo pensando. Pero al parecer hace tiempo que renunció a esforzarse por recordar nombres personales.
⸺Imposible, del nombre imposible acordarme. Pero si me deja su número de teléfono seguro que puedo averiguarlo, podría llamarlo cuando sepa cómo se llama.
Ahora soy yo el que activa las alarmas internas. Si le doy mi número, probablemente averiguará mi nombre, entonces verá que sí fui policía, que me suspendieron indefinidamente y, sobe todo, que le he mentido.
⸺Claro, anote.
Le doy un número de teléfono falso y luego le doy las gracias por todo. Me sabe mal haberle mentido, pero prefiero que imagine cosas sobre mí, a que sepa cosas malas sobre mí.
A continuación, llamo a Matías y le pido que me averigüe lo que pueda sobre una reclusa de la cárcel de mujeres de Alcalá de Henares que está en régimen de tercer grado. Una reclusa que, obviamente, responda a la descripción física de Ana.
Ahora entiendo por qué se marchó sin decir nada de la noche a la mañana, tenía que volver a prisión.
También entiendo los dos mensajes de ese a quien ella tenía grabado en el móvil como “gordo cabrón”, alertándola de que tenía que volver ya, que la policía la estaba buscando.
Debía ser su agente de la condicional. Lo que todavía no sé cómo encaja en todo esto es por qué vino a mi casa.
¿Y el accidente? ¿También fue mentira? Yo la atropellé.