CAPÍTULO 54
LORENA
La única solución es irnos
El sábado por la mañana me levanto muy nerviosa. Más que nada por el mensaje que me esperaba en la bandeja de entrada.
“Sé quién eres. Sé lo que has hecho. Y vas a pagar por ello”.
El mensaje proviene de un número desconocido.
Es un SMS. Nadie, aparte de los organismos públicos y los sistemas de verificación, utiliza el SMS hoy en día.
Me estremezco por completo y me hace pensar en cosas terribles.
No sé de quién es. Pero si dice que lo sabe, es que lo sabe. No sé qué voy a hacer. Estoy bloqueada.
Paso por el salón y veo a las niñas viendo la tele.
Es sábado, y se supone que deberíamos hacer algo en familia.
Pero esta familia se parece cada vez menos a una familia.
Javier está muy raro desde que llegó anoche.
Parece otra persona. Una muy distinta a quién era hace solo unos días.
Yo llevo semanas con la etiqueta colgando del cuello de ser la persona que, oficialmente, está en crisis en esta familia.
Al menos esa es la percepción que yo tengo.
Pero Javier también está experimentando grandes cambios, y a él no se le ha puesto ninguna etiqueta.
Primero en su trabajo, que cada día estaba más estresado, más desconocido, más distinto a cómo era cuando yo lo conocí.
Luego llegó la maldita Ana y ya terminó de descentrarlo.
Pasó de ser un hombre estresado a ser un hombre que pierde el norte por la primera con la que se cruza que le hace algo de caso.
Y ahora, desde que Ana ya no está, todavía está más raro.
Y lo peor de todo es el silencio que se ha creado entre él y yo, es como si de pronto hubiésemos dejado de saber cómo comunicarnos.
Como si de pronto nos hubiésemos dado cuenta de que somos dos completos desconocidos y que todo lo que había hasta ahora, era pura inercia.
Escucho cómo toca la guitarra en la buhardilla y eso hace que me acuerde todavía más de Ana.
Se me ponen los pelos de punta solo de recordarla.
Qué maldita zorra. Cada día que pasa tengo menos dudas acerca de ella.
Tramase lo que tramase, no debió entrometerse entre Javier y yo, ni mucho menos entre mis hijas y yo.
Escuchar a Javier tocando la guitarra me hace pensar que ha vuelto a tocar por ella, ella ha sido la responsable de recordarle lo mucho que le gustaba la música.
Y no puedo evitar que, a lo mejor, mientras toca, también piensa en ella.
Me voy a volver loca si esto no termina pronto.
Pienso en el incidente de Natalia en el colegio que me contó ayer la directora. En aquello que decía que echaba de menos a su mamá. Que había estado llorando. Y luego lo del dibujo.
Ayer intenté hablar con ella, pero Natalia lleva una temporada muy complicada. Está siempre como enfadada. Me cuesta tener una conversación normal con ella. Eso también me hace sentir una mala madre, que no conozco a mi hija, que no sé llegar a ella.
⸺Natalia, ¿puedes venir un momento?
Natalia está sentada en el sofá, a su lado está Martina, están viendo unos dibujos. A bote pronto, me ignora. Las dos me ignoran. Eso es algo que me pone cardiaca.
⸺Natalia, te estoy hablando, ven un momento, por favor, quiero hablar contigo de una cosa.
Ahora sí, Natalia me mira.
⸺¿De qué?
⸺De una cosa, ven ⸺Mi tono se endurece y, entonces sí, se levanta del sofá y viene.
Martina nos ve alejarnos unos cuantos metros del sofá y llegar hasta la cocina office, si nos vamos a otro cuarto donde no nos pueda ver, nos seguirá.
⸺Quería que volviésemos a hablar de lo que pasó ayer en el colegio.
Ella levanta un poco la mirada, después la vuelve a bajar. Se cruza de brazos y se encoge un poco de hombros.
⸺No sé, no lo recuerdo bien.
⸺Natalia, estuviste llorando un buen rato, la directora me dijo que me echabas de menos. Luego dibujaste ese cuarto horroroso.
Natalia levanta una mirada de perfil, le cuesta centrarse en mis ojos. Se encoge otra vez de hombros.
⸺¿Por qué no me respondes, Natalia? ¿Por qué no me cuentas lo que te pasa por la cabeza? ¿En qué momento hemos dejado tú y yo de entendernos? ¿Te he hecho algo? Si es así, me gustaría que me lo dijeras y que lo hablásemos. Y que después lo arreglásemos.
Veo cómo el menudo cuerpo de Natalia se tensiona cada vez más. Sus ojos se humedecen un poco. Martina no nos oye, pero alza el cuello desde el sofá para intentar enterarse de qué hablamos.
⸺Es que no lo sé, de repente me puse triste, y ya está, ¿tan difícil es de entender? Y el dibujo ese por qué te importa tanto, se me ocurrió y lo pinté, y ya está, mucha gente pinta cosas así y nadie le dice nada.
Natalia está a punto de derrumbarse. Me da pena, y me pone muy triste. Sigue siendo una niña, a pesar de que a veces se sienta como una adulta.
⸺Ven anda, deja que te abrace.
Estrecho a Natalia entre mis brazos y cierro los ojos. Me concentro en la primera vez que la tuve entre mis brazos. Lo feliz que me hizo. No quiero que esto se estropee. No quiero que mi hija me deje de querer. Tengo que hacer algo por remediar todo esto. Por arreglarlo.
Pero el mensaje de esta mañana era muy claro, y no puedo obviarlo. Sea quién la persona que hay detrás, trama algo, quiere algo, y va a hacer algo.
Mientras pienso en posibilidades, mi mente vuela hasta algo que ha querido bloquear desde la tarde del jueves. Ese algo se llama David.
Me entra ansiedad.
Qué narices he hecho.
Y entonces lo veo claro. Tenemos que irnos de aquí. Ya.