CAPÍTULO 52
LORENA
Un dibujo
Hay algo en todo esto que no encaja.
La conversación con Verónica me ha dejado un poco descolocada.
Parecía muy segura de sus palabras, aunque también es cierto que me podría estar mintiendo perfectamente.
Continúo dándole vueltas a si es o no verdad lo que decían de ella.
Dudo otra vez de mi percepción. Como ya me pasó días atrás.
Dudé muchas veces de Ana, en realidad sigo dudando de ella.
No sé hasta qué punto me he equivocado con esa mujer.
Lo que sí sé es que algunas cosas que haces en la vida, aunque en algunos casos tengan arreglo, jamás tienen marchar atrás.
Todavía sigo sintiéndome horrible por lo que pasó ayer con David.
Por lo que hice. No estoy orgullosa. Fue un error muy grande, y ahora, desde que Verónica me ha dicho que todo lo que me dijo sobre Javier no era más que una invención para hacerme daño, todavía me siento peor.
Soy una madre horrible. Una esposa pésima.
Y por encima de todo eso, soy una mala persona.
Javier siempre me ha tratado bien, esa es la realidad.
Habrá estado más o menos presente, pero siempre ha estado cuando lo he necesitado.
Y yo se lo pago así. Desconfiando, engañándolo, traicionándolo.
Él me lo dio todo, todo lo que tenía, y yo a él qué, qué le di yo.
Si las niñas se enteran algún día de lo que he hecho, no sé cómo me mirarían.
Si ya casi ni me hablan. Y eso por no hablar de si se enteraran de lo otro. No quiero ni pensar en lo otro.
Carlos me llama hacia el final de la mañana para que acuda a su despacho.
Ya no me intimida como lo hacía antes. Voy tranquila.
De camino hasta su puerta yergo la postura, saco culo, los hombros atrás, la espalda recta, aprieto piernas.
Me pongo esbelta. Desde que va de cara, a pesar de que sus intenciones sean las que sean, lo llevo mejor.
Es como que la tensión de la incertidumbre ya no está en el aire.
Las cartas están sobre la mesa, y eso hace que las cosas se vean de otra manera.
No hay nada peor que no tener ni idea de lo que el otro piensa.
Es como caminar a ciegas por un bosque en cuyo interior hay un pozo oscuro y profundo en el que podrías caer en cualquier momento.
Me siento en la silla que hay frente a él con total confianza. Lo cierto es que está más serio de lo normal. Termina de arreglar unos papeles. Recoloca los bolis sobre la mesa. Está haciendo tiempo para ponerme nerviosa, ya me conozco sus estrategias.
⸺¿Qué tal estás, Lorena?
⸺Bien, como siempre, supongo,
⸺Como siempre, no, yo diría que un poco más nerviosa, ¿no crees?
⸺¿Nerviosa? ¿Yo? ¿Por?
⸺En fin, Lorena, creo que ya te he dado muestras suficientes de mi capacidad de observación, y no solo eso, también de mis recursos para saber algunas cosas. ¿No crees?
Asiento. No sé dónde quiere ir a parar, pero esto no va de ponerme nerviosa, está serio de verdad.
⸺Sí, por supuesto, ¿por qué lo dices?
Suspira. Se cruza de brazos, algo raro en él.
⸺Ayer tuviste una discusión un poco fea con Verónica, ¿puedo saber qué te pasa con esa chica?
Invierto unos segundos en pensar la respuesta.
Si le digo lo que de verdad me pasa con esa chica pensará que estoy chalada, que soy una cuarentona celosa, envidiosa y amargada.
Si me invento algo poco creíble, se va a dar cuenta, es muy listo.
Trato de responder desde una postura de calma.
Dicen que aquello que estás sintiendo cuando hablas con alguien expresa más que las palabras que salen por tu boca.
⸺Si te soy sincera, ni yo misma lo sé bien, pero puedo decirte que tiene con algo que percibo en ella, algo relacionado con la soberbia.
⸺Vamos, Lorena, ¿soberbia? ¿En serio?
⸺Sí, qué pasa, soberbia. No lleva muy bien la autoridad, cuando le hablo, le pregunto, le pido que haga algo, noto cómo me mira, o mejor, cómo no me mira.
A Carlos se le escapa una pequeña sonrisa de suficiencia.
⸺Vamos a ver, Lorena, ayer me dijeron que, literalmente la acusaste de estar liada con un hombre mayor, con un hombre casado, y que ese hombre la había dejado tirada de muy malas maneras, ¿puedes explicarme qué tiene todo eso que ver con la soberbia?
Vuelvo a tomarme unos segundos en responder, trato de encajarme en esa sensación de tranquilidad, calma, si hablo desde los nervios y la irracionalidad, él lo notará.
⸺Bien, es cierto, le dije cosas que no tenían que ver con el trabajo, estaba enfadada y reaccioné mal, pero ya me he disculpado con ella, no se volverá a repetir un episodio así, puedes estar tranquilo.
Carlos me mira atentamente. Es una mirada analítica, introspectiva.
⸺Eso espero, Lorena, los cargos de responsabilidad tienen que dar una buena imagen, ¿me has visto a mí gritar alguna vez?
⸺No.
⸺Pues es porque no hay que hacerlo. Los cargos de responsabilidad, somos de alguna manera una especie de referente, como lo es un padre o una madre con sus hijos. Si tú haces algo mal, ellos copiarían, imitarán, y terminarán por hacer cosas mal, ¿lo entiendes?
⸺Sí, por supuesto.
⸺Vale, confío en ti. Puedes marcharte.
Me levanto de la silla con una sensación extraña. La sensación de que Carlos tal vez esté pensando que no voy a estar a la altura del cargo.
Antes de salir por la puerta de su despacho, dice:
⸺Por cierto, Lorena, creí decirte que David no era de fiar, que incluso iba a dejar de formar parte de esta organización, ¿qué no entendiste de eso?
Con una mano apoyada en la puerta de su despacho, me doy la vuelta despacio. Definitivamente la he cagado.
⸺No sé qué decir, Carlos, él siempre ha sido amable conmigo.
⸺Si yo te digo que alguien no es de fiar, y tú sigues intimando con ese alguien, significa que en quien no confías es en mí, ¿eso lo entiendes también?
Bajo un poco la cabeza. Lo que ahora siento es la rendición total. Y es justo lo que quiero que sienta. No voy a presentar batalla.
⸺Sí.
⸺¿Y entiendes también que yo me sienta defraudado y poco considerado?
Alzo la mirada, pero me cuesta sostener el cuello recto. La vergüenza y la culpa tiran de mi barbilla hacia abajo, como esperando sin ofrecer resistencia a que llegue la guillotina.
⸺Sí.
Durante unos segundos se queda mirándome muy serio. Se me hacen eternos. Sigue evaluándome. Sigue pensando hasta qué punto la ha cagado o no conmigo.
⸺Ya hablaremos, Lorena. Por cierto, hoy no ha venido a trabajar, ¿sabes algo de él?
Vuelvo a mirar a Carlos haciendo un gran esfuerzo por mantener el cuello recto. Digo que no con la cabeza.
⸺Bueno, ya dará señales de vida, supongo que ese pájaro se olido, o bien alguien le ha chivado que íbamos a despedirlo y está empezando a jugar sucio.
Salgo del despacho de Carlos con una sensación horrible en el cuerpo. Mis axilas vuelven a desprender mal olor. Miro el reloj, tengo que irme ya a por las niñas.
De camino al colegio todo me da vueltas.
Pero cuando llego, la cosa se complica todavía más.
La directora me dice que quiere hablar conmigo durante cinco minutos. Yo me temo un nuevo episodio de violencia por parte de Martina, pero no es eso. Me vuelve a preguntar si está todo bien en casa, si estamos teniendo problemas de pareja.
Yo le respondo que está todo bien, pero a poco que María Jesús, que es así como se llama la directora, sea un poco avispada, se estará dando cuenta de que le estoy mintiendo como una bellaca.
Después es cuando me cuenta que Natalia, la mayor, ha estado llorando sin parar, decía que echaba mucho de menos a su mamá, después me dice que cuando en clase han hecho una actividad en la que había que pintar cómo recordaban su cuarto cuando era más pequeñas, ella ha dibujado una especie de zulo sin ventanas, con dos camas, cubierto de oscuridad.
Cuando subo a las dos niñas al coche para ir a casa, tengo la sensación de que alguien nos observa.