CAPÍTULO 51
JAVIER
Un antiguo amigo
Tras mi encuentro con Verónica invierto algo de tiempo en decidir dónde concentrar mis esfuerzos, si en saber quién era Ana y por qué nos dio una identidad falsa, o en saber quién es realmente mi mujer. Si es que Verónica tiene razón y oculta cosas que puede que no sean muy buenas.
A veces, un simple y mero hecho aparentemente casual, puede ser suficiente para desencadenar un tsunami de consecuencias que arrase con todo lo que con tanto esmero y dedicación habías construido.
Es como si la vida, en determinados momentos, se empeñase en demostrarte que no eres más que un títere en sus manos.
Yo puse muchísimo esmero y dedicación en convertirme en alguien mejor, en alguien distinto a quien era hace unos años, antes de conocer a Lorena.
Pero parece que la vida tiene otros planes para mí.
Qué se le va a hacer.
Desde el día que atropellé a Ana, todo empezó a cambiar muy deprisa.
Cuando estoy solo en casa, me dedico en cuerpo y alma a registrar la buhardilla. Mi buhardilla. Si Ana dejó allí aquellas fotos, quién no me dice que también dejó algo más.
Registro cada uno de los cajones. Miro por debajo de los sillones.
En el baño. Dentro de la ducha. Todavía permanece su aroma en el ambiente.
No puedo evitar que vengan a mí agradables recuerdos de felicidad.
Pienso en las niñas, en lo felices que también se las veía.
También he querido ser mejor persona por ellas.
Porque la infancia es el único lugar en el mundo donde todavía permanece la inocencia y la pureza, y ningún adulto debería contaminar eso con sus propios problemas.
Si descubro que había algo realmente malo en Ana, debo de impedir a costa que las niñas lo sepan.
No puedo pensar y ejercer de salvador una vez más.
Sigo buscando en las estanterías. Entre los libros y en el interior de los discos de vinilo.
Me digo que tiene que haber algo en alguna parte.
Cuando estoy a punto de abandonar, me da por mi mirar debajo del asiento del sofá de lectura.
Vi que Ana lo había movido un par de veces de sitio.
Hundo mi mano derecha en el hueco que se forma entre el respaldo y el asiento, algo así como un lugar de objetos perdidos que hay en todo hogar, y allí, por fin, encuentro algo más.
Son dos pulseras de hilo, en una de ellas está escrito el nombre de Natalia, y en la otra el nombre de Martina.
También hay un par de pendientes de niña.
Una goma de borrar, el colgante de un osito, una de las gomas del pelo preferidas de Martina.
Antes de procesar todo lo que estoy viendo, noto cómo se pone la piel de gallina.
Mi subconsciente, siempre por delante, advierte que hay muy siniestro en todo eso.
Por qué demonios Ana se escondió esos objetos de las niñas.
Cada minuto que pasa tengo más dudas acerca de todo cuanto creí conocer de Ana. Sus gustos musicales, su amor por la guitarra, su arte en la cocina, sus sonrisas, ¿de qué iba? ¿Era real todo aquello, o mentira?
Me froto la cara en un gesto instintivo por espabilar. Necesito saber qué pasa.
Y lo peor de todo es que estoy empezando a pensar que todas las sospechas de Lorena eran ciertas, Ana no era de fiar, Ana era peligrosa.
Tengo que encontrar a Ana como sea. Si escondió todos esos objetos de los niños, ¿quién no me dice que podría tener en mente algo peor?
Dios mío, no quiero ni pensarlo. No hay nada peor que la divagación sin límites.
Pero, ¿sería Ana capaz de hacerle daño a las niñas por algún motivo?
Necesito encontrarla, y asegurarme de que las niñas van a estar bien.
Movido por la desesperación, voy a hacerle una visita a un antiguo amigo, un antiguo compañero de trabajo ya jubilado. Él es uno de esos recursos que tengo y que hace tiempo que no uso.
Matías vive en las afueras de la ciudad, concretamente en Godella, un pueblo pegado a Valencia por su parte oeste.
No es que me sobrasen los amigos en mi anterior trabajo, pero los pocos que tuve todavía los conservo, aunque rara vez hablo con ellos.
Se suponía que ahora era un padre de familia, con dos hijas, una mujer, un trabajo más que respetable.
Se suponía que el pasado se había quedado encerrado en el pasado.
Toco a la puerta de su casa y espero pacientemente a que habrá.
Sé que está dentro porque he visto cómo se encendía una luz en el piso de arriba, el césped ha sido regado hace unos pocos minutos, en el ambiente todavía puede olerse el aroma de un café recién hecho.
Si hay algo que rara vez me falla, es mi memoria olfativa.
Se me da tremendamente bien los olores, a qué o a quién pertenecen, dónde los he olido antes.
La persona que abre la puerta está bastante lejos de la que yo conocía. Matías tiene casi veinte años más que yo, pero la jubilación debe haberle acribillado de lleno, porque parece un auténtico viejo.
⸺Javier, dichosos los ojos, ¿qué se te ha perdido por aquí? ¿Necesitas dinero?
Matías tiene el pelo blanco, el poco que le queda, le crece concentrado a ambos lados del cráneo. Como a un payaso.
⸺Qué gracioso.
⸺Siempre lo he sido, es algo que va conmigo.
⸺Por lo que veo por fin te has arreglado el pelo.
Matías me mira muy serio durante un par de segundos. Después rompe a reír con estruendo. Ha subido bastante de peso, entorno a los diez kilos desde la última vez que lo vi. También le han crecido las orejas y la nariz. Por el cuello de la camiseta le asoman pelos blancos.
⸺Ven aquí, anda, y dame un abrazo.
Al acercarme a Matías percibo un potente olor a tabaco. Aparte de ese café recién hecho.
⸺Pasa, anda, y dime qué es lo que te trae por aquí.
Al entrar en el interior de la casa de Matías tengo una especie de visión extraña. Es como si estuviesen presenciando una vida alternativa que podría llevar yo de aquí unos años. En el caso de que me hubiese quedado solo y no hubiese decidido cambiar de vida, claro está.
⸺¿Un café?
⸺Sí, por favor.
Matías tiene la casa hecha un asco, pero la cafetera es buena, y el café es de muy alta calidad.
Pasamos unos cuantos minutos hablando de todo un poco. Me pone al día sobre qué ha sido de algunos de los compañeros que compartíamos. No me agrada regresar a esa parte de mi vida, pasaron cosas malas.
⸺¿Y tú qué tal? Escuché que te volviste a casar y que formaste una familia.
A mí cabeza llega el recuerdo del día que conocí a Lorena. La vi tan sobrepasada, con las dos niñas tan pequeñas. Ella sola. Y esa forma en la que me miraba, como si yo fuese su ángel de la guarda. Echo de menos sentirme así. Su protector. No sé en qué momento me perdí.
⸺Estoy bien, ¿no me ves? Casado y con dos niñas.
⸺Ya veo, también te has comprado uno de esos nuevos híbridos, ¿no?
⸺Efectivamente, veo que sigues teniendo buen ojo. Para tu información, a esos nuevos híbridos se les llaman híbridos enchufables.
⸺Vaya con Javier, quién te ha visto y quién te ve. ¿Sigues tocando la guitarra?
⸺Menos de lo que quisiera, estoy intentando sacar algo más de tiempo.
Matías asiente. Le da un par de sorbos a su café. Su respiración se ha vuelto ruidosa. Le han salido venitas en la nariz. Las cejas las tiene muy pobladas y alborotadas.
⸺Bueno, dime, ¿qué te trae por aquí, amigo? Y antes de que empieces a pedir, te advierto que las cosas han cambiado bastante en la policía desde que te fuiste, y ahora, dispara.
Se me escapa una sonrisa nostálgica. Aun no le he dicho nada, y Matías ya ha empezado a negociar, como si quisiera regatear con la cantidad de ayuda que sabe que le voy a pedir.
Pienso bien qué contarle, no es plan de narrarle con todo lujo de detalles toda la historia de Ana, de mi atropello a Verónica, de mis problemas conyugales con Lorena.
Todo eso sobra, así que lo reduzco a lo imprescindible:
⸺Necesito que me ayudes a encontrar a una persona, Matías.