La Invitada CAPÍTULO 48
68%

CAPÍTULO 48

LORENA

Debería haberte elegido a ti

Ayer noté a Javier un poco extraño, entre preocupado y enfadado.

Una mezcla rara. Desconocida, más bien. Supongo que seguirá estresado por su trabajo, debería dejarlo cuanto antes, se lo he dicho un millón de veces, pero no me quiere hacer caso.

Por la noche le digo que en dos semanas vuelvo a irme de viaje.

Le pregunto si se podrá hacer cargo de las niñas.

Me dice que sí, aunque me lo dice en modo semi automático, como si tuviese la cabeza en otra parte.

Hoy me siento bien. Muy bien. No sé si es porque Ana ya no está o porque me siento mejor como mujer, la puta crisis de los cuarenta ya no está.

O al menos eso creo.

A quienes sigo notando tristes son a las niñas.

Bastante tristes para ser exactos. Eso me hace sentir mal como madre.

Se supone que es a mí a quien deberían alegrarse de ver cada día, a quien deberían abrazar con todas sus fuerzas cuando voy al colegio a por ellas.

Pero no es así. A veces me pregunto por qué todo es tan complicado.

La maternidad es complicada, el matrimonio es complicado, las relaciones son complicadas.

Me dejo la vida y la piel por ser la madre perfecta, por intentar llegar a todo, pero tengo la impresión de que, en lugar de acercarlas, las alejo de mí.

Pero, afortunadamente, Ana ya no está. Y todo va a mejorar.

Si algo he podido aprender de ella, es que tengo que tomarme las cosas de otra manera.

Ser menos seria, llegar a menos cosas, disfrutar más de cada momento.

Es algo que Ana hacía muy bien y que a mí me costaba bastante, así que le doy las gracias.

Gracias, Ana. Además, esa actitud frente a la vida coincide bastante con lo que me ha estado intentando transmitir Carlos, alguien a quien ahora veo de una forma completamente diferente.

He de hacer más caso al subconsciente, y menos al cerebro consciente.

En otras palabras: me he de soltar. Y eso es lo que ya estoy empezando a hacer.

Como cada día, leo un poco la prensa, no encuentro nada relevante.

Antes de salir de casa miro de reojo la puerta por la que se accede al sótano.

Recuerdo lo mucho que me preocupaba por que Javier y las niñas no entraran.

No entendían que necesitase tener mi espacio, mi lugar privado.

Pero es que así son las personas. Basta con que les prohíbas algo, lo que sea, para que se convierta en una prioridad absoluta para ellas.

Es algo que no entiendo. Esa propensión a querer saber y meterse en la vida de los demás.

A quien veo más raro de lo normal es a David.

Supongo que tendrán que ver mis idas y venidas, ahora le hago caso, y ahora no.

Lo cierto es que todavía no he tenido fuerzas para revisar la conversación de WhatsApp que tuve con él la otra noche, la noche de Santander en la que a punto estuve de serle infiel a Javier.

Y no creo que lo haga. Francamente, me da que lo estoy utilizando un poco, debe pensar que estoy un poco loca.

Cuando me aseguro de que Carlos está en una de esas reuniones que duran varias horas, me acerco hasta la mesa de David, está reorganizando sus cosas, le pregunto si podemos hablar un momento. Apenas me mira.

⸺¿Qué quieres?

⸺Hablar un momento.

Echo de menos sus bromas, que esté pendiente de mí. Que me pregunte si me apetece café. Que me diga que conoce un sitio nuevo que me quiere enseñar. O las fotos de su futuro nuevo coche. Supongo que eso me convierte en alguien que está muy falta de cariño, ¿no?

Tras unos instantes en los que se hace el remolón, finalmente se levanta.

Yo pongo rumbo a mi despacho. Él me sigue.

Muevo las caderas de un modo un poco más exagerado de lo normal.

No lo puedo evitar. Estoy redescubriendo lo bonito que era agradarle a alguien, lo bien que sienta ser vista.

Hoy llevo una falda de seda que se me pega bastante a mi silueta.

Eso me recuerda que hoy volveré al gimnasio, tal y como lo reanudé hace una semana y que, a pesar de las agujetas, tan bien me estaba sentando.

Cuando estamos en mi despacho, cierro la puerta, pongo ambas manos sobre mis caderas y miro a David fijamente.

⸺¿Y bien? ¿Me vas a decir de una vez qué te pasa?

⸺¿Qué me pasa a mí? ¿Qué te pasa a ti?

⸺A mí no me pasa nada, eres tú el que está más raro que un gato verde. ¿Te he hecho algo?

David ríe con sarcasmo y niega con la cabeza. Debe pensar que claro que le hecho, lo he estado calentando para después nada. Pero quiero comprobar si tiene lo que hay que tener para decírmelo.

⸺No te entiendo, Lorena, eso es lo que me pasa.

⸺¿El qué no entiendes?

⸺Que un día estés súper amable conmigo y al día siguiente casi ni me hables, que una noche me digas que te atraigo muchísimo y que quieres pasar un fin de semana conmigo y al día siguiente ni leas mis mensajes.

Que sea alguien sonriente no signifique que pase de todo, Lorena.

Como todo el mundo, tengo mis sentimientos.

Lo miro a la cara buscando esa expresión de humor que siempre tiene. No la encuentro. Lo cierto es que tiene razón, la cuestión es, ¿se la doy?

⸺No sé cómo tienes tanto morro de decirme todo esto, David, con lo que sabes que estoy pasando.

No estoy bien con mi marido, las niñas últimamente apenas me hablan, y para colmo el jefe casi me tiene de esclava, todo el día de aquí para allá, casi forzándome a crear una unidad nueva desde cero.

Y a todo eso súmale esta puta crisis de los cuarenta que no se acaba.

Ya te acordarás de mi cuando tú llegues.

Me parece que estás siendo muy egoísta por tu parte, David, no pensaba que fueses así.

Él me mira desde la incredulidad y la impotencia. Debe pensar que, o bien estoy chalada, o bien soy una manipuladora de mucho cuidado. Finalmente baja un poco la cabeza. Yo permanezco con las manos sobre las caderas.

⸺Perdona, Lorena, es que… te echo de menos y, también, me había hecho ilusiones. Tienes razón, no me he comportado bien contigo.

Sigo evaluando su expresión. Parece un corderito indefenso. Me da hasta pena. Ahora es cuando está empezando a decir lo que quiero oír. Ese fallo ya lo han cometido millones de hombres antes que él. Se llama dar el brazo a torcer, y se hace por puro miedo a dejar de gustarle a alguien.

⸺No pasa nada, David, pero no lo vuelvas a hacer, ¿vale?

No vuelvas a presionarme, por favor. Te necesito tal y como eres siempre, sonriente, feliz, alegre, que me dejes mi espacio y me permitas estar más callada algunos días.

Tienes que entender que mi vida está cambiando mucho en muy poco tiempo, vivo como en el interior de una tormenta, ten paciencia, por favor.

Él asiente un poco más sonriente.

⸺Por supuesto, Lorena, entonces, ¿qué me dices si comemos juntos? ⸺dice con esa sonrisa de picardía de nuevo en su rostro.

Las palabras de Carlos sobre aquello de que me deje llevar vuelven a mi cabeza.

⸺A comer, que quiero picar algo rápido y después ir al gimnasio, pero después, si quieres… querías enseñarme tu casa, ¿no?

Veo cómo David abre los ojos de par en par. No da crédito a lo que está oyendo.

⸺Por supuesto, ¿a qué hora?

⸺Todavía no lo sé, yo te aviso durante la tarde, ¿de acuerdo?

Él asiente como un perro al que le acaban de dar un hueso. Esto de dejarme llevar me está gustando demasiado, y todavía no he empezado.

⸺Ahora vete, que tengo una reunión con mi nuevo equipo.

Él me mira como tratando de descifrar a mi nueva yo. No lo consigue. Ni lo conseguirá.

Hacia el final de la mañana vuelve a llamarme la directora del colegio para decirme que Martina ha tenido otra pelea, y esta vez ha sido peor que la anterior, que tiene que hablar conmigo muy seriamente.

Todos esos síntomas que asocio a la crisis de los cuarenta, como el desasosiego, la inseguridad y la sensación de estar perdida, vuelven a mí de golpe.

Y eso hace que, cuando tengo la reunión con mi nuevo equipo, discuta de lleno con Verónica, no puedo evitarlo.

Le digo cosas feas, como que no se puede ir por la vida como va ella, y que no se puede ir por la vida liándose con hombres casados, ella me responde algo que me deja helado, me dice que, antes de seguir hablando y juzgando a hombres casados, me pregunte por el mío.

Me pregunte si el mío es tan fiel y leal como yo creo.

Que, a lo mejor, si investigo un poco, me llevo una desagradable sorpresa.

No sé si Pocahontas está diciendo eso desde la rabia y la desesperación, o desde el conocimiento real de lo que está diciendo, en cualquier caso, todas mis alarmas se disparan.