La Invitada CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

JAVIER

Quién era ella

Me despierto el jueves por la mañana pensando en Ana.

No entiendo cómo finalmente se quiso marchar sin despedirse, sin decir nada, le pasases lo que le pasase, yo podía haberla ayudado.

Tengo recursos, buenos recursos. Llevo toda la vida ejerciendo el rol de salvador, sé de lo que hablo.

Lo que peor llevo es que ni tan siquiera haya querido mantener el número de teléfono enchufado, como si no quisiese que la localizase.

No poder comunicarme con alguien, aunque solo sea para que deje mis preguntas sin respuesta, es difícil de llevar.

Ahora entiendo un poco mejor cómo se sentía Verónica cuando la bloqueé.

Lorena se despierta muy cariñosa, quiere sexo, pero a mí no me apetece. Ella se enfada. Nunca le ha sentado bien ser rechazada. Pero así son las cosas. Aunque a veces le he podido hacer creer que mandaba ella, en el fondo, sobre ciertas cosas, siempre he mandado yo.

Las niñas también están más tristes de lo normal.

El desayuno, al contrario de lo que eran los de los últimos días, el de hoy parece un entierro.

Apenas hablamos, solo nos miramos. Al menos Lorena está más contenta de lo que lo estaba estos días.

Intenta animarnos a todos un poco, se la ve radiante, más viva, y eso que la he rechazado en el plano sexual esta mañana.

Es como si la energía que desprendía Ana la hubiese heredado ella.

Lorena se encarga de llevar a las niñas al colegio, como era lo habitual antes de que llegase Ana, y yo hago algo que hacía muchísimos años que no hacía: no voy al trabajo.

Llamo a Reme y le digo que no me encuentro bien, evidentemente, a espaldas de Lorena.

Ella me responde diciendo que vale, y que, si sé algo de Cristina, que no da señales de vida.

Le digo que no. En estos momentos estoy tan bajo de ánimos que no me preocupa que Cristina me amenace con denunciarme, o que se coja la baja.

Qué mujer más insoportable. De la que se ha librado su marido dejándola.

Lo que le he dicho a Reme acerca de por qué no voy al trabajo es cien por cien real: no estoy con ánimos.

Ana le había dado aire fresco a esta casa, oxígeno, pero, tal y como llegó, se ha ido.

No entiendo nada. Es la primera vez que me pasa algo así.

Me siento vacío. Recuerdo mi anterior matrimonio.

Apenas le he hablado a nadie de él, en lo referente a las personas de mi entorno actual, claro está.

Se llamaba Raquel, y hubo un tiempo en el que pensaba que no podría vivir sin ella.

Estuvimos muy unidos, pero luego todo se empezó a torcer.

Al final todo acabó de un modo que no siempre me apetece recordar, mucho menos contar.

Estuve yendo al psicólogo y todo, pero eso tampoco fue demasiado bien.

Otra de las razones por las que no he ido al trabajo ha sido porque me resisto a pensar que Ana se haya ido de esa forma, sin decir nada.

Y también porque tengo un pequeño problema en cuanto a las relaciones se refiere: no me gusta que huyan de mí, soy yo quien decide cuándo se termina, no ellas.

Subo a mi buhardilla y miro a mi alrededor a ver si se ha podido dejar algo.

O, mejor dicho, con la esperanza de que me haya dejado algún tipo de pista para encontrarla.

Sé que había algo especial entre nosotros, al principio traté de obviarlo, pero era innegable.

Y eso es algo que Lorena vio al instante.

Registro la buhardilla palmo a palmo. Reviso mis guitarras, después las vuelvo a poner en su sitio.

Si hay algo que podía reprocharle a Ana, es que, en lo referente a su espacio personal, era un poco desastre, muy desordenada.

No me gusta el desorden. Pero, en fin, eso es algo a lo que me he ido acostumbrando con los años, nadie es perfecto, yo menos.

Sigo con mis discos de vinilo, con mis revistas, todavía apiladas en el suelo.

Recuerdo el otro día, cuando subí aquí con Ana y estuve esperando fuera del baño mientras se duchaba.

Fue un momento muy erótico, pero, después, cuando me pidió que la ayudase a vestirse…

no puedo quitarme esa imagen de la cabeza.

Respiro profundamente y todavía puedo oler el agradable aroma de Ana.

No debí permitir que se fuera. Debí ser más convincente.

Debí ser algo más elocuente, por decirlo de algún modo.

No llevo bien el abandono. Tal vez por eso adopto siempre el rol de salvador, puede que, en el fondo, hay una parte de mí que necesita ser querida y piensa que, si deja de ejercer ese rol, el de salvador, lo dejarán de querer.

Es como mi mejor arma en cuanto a técnicas de seducción se refiere.

Si una mujer necesita ayuda, algo que todas necesitan tarde o temprano, yo voy y se la presto, y después ya viene el resto.

Me siento en la cama de la buhardilla y pongo una mano sobre cada una de mis rodillas.

Me intento concentrar. Me pongo en la piel de Ana y me pregunto en qué lugar de esa buhardilla escondería algo personal.

Está claro que era una chica desordenada, pero también que tenía sus propios secretos, como todo el mundo.

Ocultó que fumaba, como también ocultó algo acerca de su pasado que no quiso revelarme de ningún modo.

El hombre del bigote del centro comercial.

La llamada de teléfono de la que no me quiso hablar.

El mensaje en el que alguien le decía que la buscaba la policía.

Eso me recuerda su teléfono móvil. Tal y como ya hice ayer, la vuelvo a llamar, pero el teléfono está apagado. Me estoy planteando rastrearlo, no sería la primera vez, ya veré lo que hago.

Me tumbo en la cama entrelazando las manos por detrás de la cabeza. En esta misma posición pasé largas horas en mi adolescencia.

Vuelvo a pensar en Ana. No debería pensar tanto en ella, no está bien, pero no lo puedo evitar.

Me obsesiono con las cosas, con algunas cosas, para ser exactos.

Eso decía mi psicólogo. Que debía aprender a soltar más las cosas, a no darle tantas vueltas.

Pensé que lo tenía controlado, pero ya veo que no.

Está claro que mi trabajo no ayuda demasiado, necesita que una parte de mi cabeza le dé vueltas a muchas cosas.

Cuando me pongo de lado para levantarme percibo algo extraño bajo el colchón. Escucho como un ruido que me recuerda al plástico.

Me levanto de la cama con el corazón palpitando y levanto el colchón con una mano, bajo él puedo una carpeta de plástico negra. De las que se cierran con un par de gomas.

Esa carpeta, evidentemente, no es mía. Me quedo unos segundos mirándola pensando en lo que habrá en ella.

Cuando la abro veo algo que hace que se me hiele la sangre por completo.

Hay fotos de las niñas. Hay fotos mías. Y hay fotos de Lorena. En concreto, hay una foto de mi mujer en la que se ve acompañada por otro chico que no conozco, pero que hace que se me activen todas las alarmas.

Con una sensación muy rara recorriendo mi interior, me pregunto quién era Ana en realidad, y por qué Lorena aparece con ese chico.

Me parece que voy a tener que poner en marcha todos mis recursos.

No me gusta cómo soy cuando me obsesiono con algo, ni las cosas que hago.

Se suponía que el plan familiar me ayudaría, me rehabilitaría, pero ya veo que no ha funcionado.