CAPÍTULO 44
LORENA
La parte que nadie conoce
Me despierto con un terrible dolor de cabeza, hacía mucho tiempo que no me levantaba así.
Tampoco recuerdo bien qué pasó la noche anterior.
Cuando terminó el congreso por la tarde fuimos a tomar algo con algunas de las personas que Carlos y yo conocimos y con las que siempre está bien establecer un contacto para futuras relaciones. El problema ese algo que tomamos se convirtió en otro algo.
Me lavo la cara con agua fría para intentar despejarme. Miro el reloj, son las diez de la mañana. Dios santo de mi vida. No recuerdo los años que hacía que no me despertaba más tarde de las nueve.
Llegan más imágenes a mi cabeza. Carlos estaba muy sonriente, lo estaba pasando bien, y lo cierto es que yo también. En algún momento de la noche fuimos a picar algo para llenar el estómago, y después seguimos con alguna copa más.
Dios, qué mareo.
Había un chico muy simpático cuyo nombre no recuerdo ahora mismo pero que no dejaba de mirarme y de intentar sacarme sonrisas.
Y también recuerdo tener constantemente en la cabeza las palabras de Carlos, aquellas relacionadas con dejarme llevar, con que no hay nada de malo en sacar lo que mi subconsciente quiere.
En tener relaciones con otras personas, no hay nada de malo porque es algo natural, y porque no hacerlo te va tensionando por dentro hasta el punto de poder llegar a romperte si la presión interior sigue creciendo.
Me siento en la cama y reviso los mensajes de mi teléfono móvil. Veo que Carlos me ha enviado un mensaje hará unos diez minutos.
“Buenos días, Lorena, ¿qué tal has dormido? Yo muy bien, anoche lo pasé genial, espero que tú también lo pasaras bien, y que estuvieses a gusto. Solo quería recordarte que a las once y media nos espera el taxi el en hall del hotel para llevarnos al aeropuerto. Un beso, ahora te veo, guapa”
Se me ponen los pelos de punta al ver los términos con los que me escribe Carlos. ¿Acaso pasó algo entre él y yo anoche?
Trato de hacer memoria, como exprimiendo mi cabeza para acceder a esas partes que a veces se bloquean, como pasa con los sueños que tenemos cada noche.
No veo nada, solo imágenes mías en las que no para de reír, a Carlos riendo también, muy cerca de mí.
Nos abrazamos varias veces y yo le di varios besos en la mejilla, le dije que lo apreciaba mucho, que era un jefe maravilloso, el mejor.
Dios, ¿qué hice? ¿Solo fue eso o terminamos…?
Mi mente, de momento, bloquea el resto de recuerdos.
Sigo revisando la bandeja de entrada y también veo algunos mensajes de David.
Son de anoche. Al parecer estuvimos intercambiando mensajes bastante subidos de tono.
No entiendo nada. Veo que tengo un mensaje de él de esta mañana, de hace una hora aproximadamente, me pregunta si sigue en pie lo que hablamos anoche, si sigue en pie lo de este fin de semana, que tiene muchas ganas de verme, y de que le cuente eso que tengo que contarle que es tan importante acerca de su futuro.
También me dice que ya ha firmado el contrato del coche, que en unos días se lo dan.
Antes de ponerme a repasar en el móvil toda la conversación que tuve con David anoche, algo que de momento decido evitar por pura vergüenza, me meto en la ducha y abro directamente el grifo del agua fría. Necesito despejarme y empezar a reordenar poco a poco todo lo que pasó anoche.
Hay una parte de mí muy preocupada por lo que pude hacer y decir, pero hay otra parte, tal vez, esa parte subconsciente de la que me hablaba ayer Carlos, que está como más relajada, con más ganas de hacer cosas, de volver a ser, de salir, de sentir.
Esa es la parte que en el pasado hizo algunas cosas malas. Cosas que no sabe Javier ni nadie.