La Invitada CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

JAVIER

Abrázame

Pasamos una tarde una noche maravillosa.

Ana evoluciona tan bien que cualquiera diría que no le ha pasado nada. Ayer se cayó por las escaleras y por poco se mata y hoy ya está como quien dice haciendo vida normal. La voy a echar mucho de menos cuando se vaya.

Las niñas dicen una y otra vez que están muy felices de que esté allí, le preguntan si no se puede quedar para siempre.

Yo noto que cuando las niñas le preguntan eso, los ojos de Ana se humedecen.

Es como si les hubiese cogido un grandísimo cariño en solo unos días y tuviese muchísima pena de no volver a verlas.

Tras una cena en la que Ana vuelve a deleitarnos con una de sus sabrosas recetas, en esta ocasión, berenjenas rellenas, nos vamos los dos juntos a acostar a las niñas.

Ana les cuenta una historia acerca de un hombre que era piloto de carreras, uno muy bueno.

Un buen día tuvo un accidente y a partir de entonces tuvo que dejar de hacer lo que más quería porque los médicos le dijeron que si volvía a hacerlo, si volvía a subirse a un coche de carreras de nuevo, podría perder la vida perfectamente.

⸺¿Y qué pasó luego? ⸺pregunta Natalia, que desde que está Ana parece que ya se le haya pasado esa fase de estar enfadada con el mundo constantemente.

Ana se queda pensando un instante. Se pone seria.

⸺Luego pasó que el piloto de carreras comprendió que conducir era lo único que había hecho en la vida, lo único que se le daba bien en la vida, y que, si tenía que morir en la carretera, pues que así sería.

Tras la historia de Ana, a la que le da un tono muy trascendental y solemne, las niñas se quedan durante unos segundos en silencio pensando en el significado del particular cuento de Ana.

Saben que es una de esas historias que esconden algo más, que no son tan sencillas como aparentan, aunque todavía son bastante pequeñas para conocer su alcance real.

Las niñas no tardan en dormirse, después Ana y yo salimos de la habitación. La noto bastante triste.

⸺¿Todo bien, Ana?

Se encoge de hombros. Los labios le tiemblan. Esta imagen temerosa y frágil choca con la imagen de mujer alegre y viva que transmite siempre.

⸺Estar aquí, en tu casa, no sé si me está yendo del todo bien, Javier.

⸺¿Por qué lo dices?

Ana mira hacia su derecha, más que para ver algo, para que su mirada no sea interceptada por la mía.

⸺Se me están revolviendo muchas cosas, cosas de mi vida que tú no conoces, y que no sé si está bien que se revuelvan tanto.

A mi cabeza regresan con fuerza dos imágenes: la del hombre con bigote que se quedó mirando a Ana en el centro comercial como si la conociese de algo, y después los dos pequeños incidentes que tienen que ver con su teléfono móvil.

Cuando recibió esa llamada de teléfono y dijo que se habían equivocado, a pesar de que todo parecía indicar que no era así, y cuando vi los mensajes en los que alguien le decía que tenía que volver ya, que la policía la estaba buscando.

Me pregunto si finalmente Lorena tendría razón, y Ana no es lo que parece.

⸺Ana, aunque no nos conocemos de hace mucho, si hay algo que me quieras contar, puedes contármelo sin problema. Lo sabes, ¿verdad?

Dos lágrimas ruedan por sus mejillas. Se lleva la mano izquierda al labio superior, como para aguantarse el llanto, la mano derecha la pone sobre una de sus caderas.

⸺Es un poco complicado, Javier, creo que mañana buscaré un lugar donde quedarme, no es buena idea que siga aquí.

Hay algo en la forma de hablar y en las palabras de Ana que me preocupan. Algo le pasa, y mi rol de salvador se acaba de activar de golpe, no lo puedo evitar.

⸺Pues yo creo que sí que es una buena idea, no te puedes ir así, y te pase lo que te pase, estoy seguro de que puedo ayudarte.

⸺No, Javier, no puedes.

⸺Ponme a prueba, te aseguro que soy capaz de hacer cosas que ni imaginas.

Ana niega con la cabeza. Se tapa los lagrimales con los dedos índice y pulgar de su mano derecha. Es como una especie de ejercicio con el que parece relajarse. Después me mira a los ojos.

⸺No puedes ayudarme, Javier, te aseguro que no puedes, en cambio sí hay algo que me gustaría que hicieses.

⸺Claro, dime.

Ana traga saliva, duda sobre si decírmelo o no.

⸺Me gustaría que te tumbaras conmigo un rato en la cama, y que me abrazaras, solo eso, abrazarme, ¿puede ser?

⸺Por supuesto que sí, Ana, faltaría más.

⸺Gracias.

Después de eso subimos a la buhardilla, iluminada solo por la luz de la luna que entra por la ventana.

Ana se tumba de lado, dejándome espacio para que me tumbe tras ella.

Yo la abrazo y escucho cómo solloza y llora en silencio.

No digo nada, solo me quedo ahí con ella.

No soy consciente del momento en el que me quedo dormido.