La Invitada CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

JAVIER

Estoy harto

En cuanto le veo la cara a Cristina, ya de alta, tal y como supuse tras la conversación con Reme del viernes, me viene a la cabeza el mensaje que envió a última hora de la mañana, cuando ya estaba a punto de empezar el fin de semana, ese simple y aparentemente inofensivo “hola” que se quedó sin responder y que para ella es una ofensa mortal.

⸺Cristina, qué alegría tenerte ya por aquí, ¿cómo estás?

Trato de parecer natural, ser cordial, ponerme en la piel del Javier que quedó el jueves pasado con ella para comer, pero no me lo va a poner fácil.

Cristina resultó ser encantadora, pero hay algo en su interior que está lleno de rencor y resentimiento.

Es una de esas personas un cuyo interior parecen convivir dos personalidades distintas.

⸺Estoy bien, Javier, aunque no sé lo que duraré, llevo aquí media hora y ya me han puesto nerviosa cuatro veces.

Mi verdadero yo le diría que se aguantase, que probablemente el problema no sea de la gente, sino suyo, pero no quiero líos ni vuelva a seguir llorando y diciendo que la estoy acosando.

No sé qué me pasa con Cristina, pero tan pronto me puede parecer una chica encantadora, como una insoportable de mucho cuidado.

⸺Estoy seguro de que vas a estar bien, Cristina, ya lo verás, ¿hablamos más tarde?

Veo cómo Cristina abre bastante los ojos cuando le digo eso, Reme también me mira de reojo y con una media sonrisa en la cara. No me gustan nada estos royos. Bastantes problemas tengo ya en mi vida como añadir otro más.

⸺Luego, ¿cuándo? ⸺pregunta Cristina, que parece estar queriendo cerrar una especie de trato.

⸺Deja que me planifique la mañana y te aviso en un rato, ¿te parece?

Ella me mira y asiente tras unos segundos de duda, hubiese querido algo más de precisión para ese cuándo, pero se conforma con lo que hay.

No me gusta nada la gente que te presiona para que hagas ciertas cosas, en mi anterior matrimonio, de hecho, había mucho de eso, y acabó como acabó.

A medida que avanza la mañana me voy notando más apagado, y eso tiene que ver con Ana.

Apenas hace una semana que está en casa, pero ha sido una semana muy intensa a varios niveles, y también muy significativa.

Ha servido para recordarme a mí mismo lo mucho que tenía olvidadas ciertas facetas que echaba mucho de menos, como, por ejemplo, la música.

Siempre ha sido una parte muy importante de mi vida, pero la tenía completamente olvidada.

También ha servido para que me pregunte si realmente Lorena es la mujer con la quiero estar, si realmente me merece la pena.

Hace unos pocos días ni tan siquiera me hubiese planteado lo que estoy pensando ahora, pero la vida es así, ya me lo ha demostrado otras veces, te sorprenden constantemente, y lo que hoy creías firmemente, mañana es solo un viejo recuerdo del pasado.

No es que me haya enamorado de Ana, aunque he de reconocer que, si la convivencia hubiese durado más, no sé qué podría haber pasado, pero la cuestión no es esa.

La cuestión es que el hecho de haber compartido cosas con ella, y haber hecho cosas con ella que jamás hubiese hecho con Lorena, me han hecho preguntarme si realmente estoy con la persona correcta.

Después de haber estado hablando con Cristina un rato en mi despacho, cosa que ha servido para que la expresión amarga de su cara mejore un poco, y también para que aumente la sensación de que, si sigo así, me voy a meter poco a poco en otro pozo, miro el reloj y veo que ya son más de las doce del mediodía.

Me planteo escribirle un mensaje a Ana para preguntarle cómo va, tenía cita hoy a las doce y media aquí en el hospital La Fe.

Así que, o debe estar llegando en un taxi, o ya debe haber llegado, en cuyo caso me extrañaría que no me hubiese dicho nada.

Según lo que nos comentó el traumatólogo que la vio, le harían una ecografía de control en la propia consulta externa y, si lo veían todo bien, le darían el alta para que pudiese hacer vida normal.

Francamente, y tras los más de veinte años que llevo trabajando en un hospital, me extrañaría muchísimo cualquier otro escenario distinto a ese.

En mi vida he visto una contusión como la de Ana que, habiendo descartado una fractura o una fisura tras las pruebas realizadas, se hubiesen complicado en una semana.

Pero todo es posible en esta vida.

A la una del mediodía decido escribirle a Ana para ver cómo va, me extraña no saber nada de ella, pero casi como si estuviésemos conectados de un modo casi diabólico, justo en el momento en el que empiezo a escribir, recibo una llamada entrante por su parte.

Noto cómo se estiran en mi cara los músculos de la risa.

⸺Dime, Ana, justo ahora te estaba escribiendo, ¿qué tal ha ido en el trauma? ¿Ya te4 ha dado el alta?

Durante los siguientes segundos no escucho nada, luego oigo una respiración entrecortada, agitada, un sollozo quejumbroso, a continuación, un desgarrador llanto de dolor.

⸺¿Ana? ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?

De nuevo solo escucho su llanto y sus gemidos de dolor.

⸺No… Javier…

Ana habla de un modo tan entrecortado y cubierto de lágrimas que me es imposible entender nada.

⸺Ana, me estás preocupando, ¿qué ha pasado?

⸺Lla… llama a una ambulancia, Javier…

⸺¿Qué ¿Cómo dices? ¿Dónde estás?

De nuevo escucho solo su llanto y su dolor. Grita algo inaudible. Suelta improperios y berridos que no alcanzo a entender.

⸺Ana, por favor, dime dónde estás y qué es lo que ha pasado para que te pueda ayudar.

⸺E… estoy en casa, en el suelo, no puedo moverme, me he caído por las escaleras cuando iba a salir para ir al médico… ayúdame, Javier, por favor, tengo mucho miedo.

⸺Tranquila, Ana, voy a llamar al SAMU para que vaya hacia allí lo antes, tú te intentes mover ni poner en pie, ¿de acuerdo?

⸺Vale, Javier, gracias.

⸺Tranquila, Ana, verás como no es nada.

Salgo pitando del trabajo ante la atónita de todo el servicio. De camino al coche llamo a la ambulancia para que vayan lo más rápido que puedan a mi casa. Por los síntomas que me ha descrito Ana, es posible que se haya hecho una lesión importante en la espalda.