CAPÍTULO 35
JAVIER
Lunes negro
El domingo estaba destinado a ser un día maravilloso, uno de esos días que recuerdas pasados los años como claro ejemplo de cómo debería ser un domingo perfecto. Pero al final, se terminó empañando. Bueno, más que empañando, ensombreciendo.
Primero sentí una pena tremenda cuando vi ese lado de Ana triste, sentimental, nostálgico.
La vi realmente afectada por tener que marcharse.
Más tarde, cuando vi que en su móvil entraba ese mensaje, me empecé a preguntar en qué estaría metida Ana como para que alguien a quien ella, que es todo dulzura y buenas palabras, tenga grabado como Gordo Cabrón, le dijese que la policía la estaba buscando, que volviese de una vez.
No soy de los que tiene por costumbre pensar mal de la gente, pero tampoco soy estúpido, o al menos eso creo.
Sí que es cierto que tampoco tengo por qué pensar mal, probablemente sea una chorrada y lo que leí seguro que es algo más bien metafórico, algo con doble sentido.
Gordo Cabrón probablemente sea un amigo de Ana, o un familiar, y ella se refiere así a él en un tono cariñoso.
Porque no puedo imaginarme ningún escenario en el que Ana esté siendo asediada por la policía. De ninguna manera.
Le doy vueltas a ese pensamiento para convencerme de que mis primeras impresiones de ella no han sido equivocadas, han sido las correctas.
Pero no es fácil, porque el final del domingo también termina con el extraño comportamiento de Lorena.
Sí, está claro que se ha pasado todo el día en el baño, aunque ya parece que está mucho mejor, y que eso puede haber hecho que tenga mal cuerpo.
Pero detrás de todo eso, percibo otra cosa.
Es como una gran preocupación que no me ha querido contar.
Tan solo me ha preguntado varias veces que a qué hora tenía Ana la visita con el médico, que, cuando le dieran el alta, cosa que ya da por hecho, cuándo se iría a su casa.
Yo le he respondido que supongo que se irá con el primer vuelo a Francia que haya disponible, que a lo mejor eso es hoy, o a lo mejor es mañana.
Las niñas nos han suplicado que no se vaya hoy, que hay que hacerle una fiesta de despedida como Dios manda.
Y tanto yo como Lorena les hemos dicho que no olviden que Ana tiene su propia vida en Francia, que no se puede quedar aquí de por vida, y que, si hoy hay un vuelo libre, se tendrá que ir hoy.
Antes de salir al trabajo, y tras un desayuno bastante más callado de lo que han sido los de la última semana, voy un momento al baño y hago una consulta rápida en internet para ver si hoy hay vuelos libres a Francia, concretamente al norte de Francia, pero caigo en la cuenta de que Ana no nos ha dicho exactamente en qué ciudad vive, eso me lleva a pensar otra vez en lo poco que sabemos de ella, que sé de ella.
El norte de Francia podría ser París, Amiens, Reims, Metz, Nancy.
Evidentemente, hay vuelos libres a París, pero no al resto de ciudades.
Así que, antes de precipitarse en el caso de que Ana diga que no hay vuelos libres a su ciudad, habrá que preguntarle qué ciudad es esa.
Las niñas piden efusivamente que, como tal vez ese sea el último día de Ana en casa, las lleve ella al colegio.
Pero Lorena se niega en rotundo. Y aquí vivimos una escena un poco dramática.
Las niñas llorando, Lorena encolerizada, Ana a punto de echarse a llorar, y yo en medio de todo tratando de mediar, de poner paz, de poner un poco de cordura.
Al final, y muy en contra de las niñas, es Lorena quien las llevará al colegio, que, por cierto, apenas me ha dirigido la palabra desde que se ha despertado. Tan solo me ha dicho: ya hablaremos tú y yo cuando estemos a solas. Algo que, por experiencia, no suele traer buenas cosas.
Cuando salgo de casa para ir al trabajo, casi como el que huye de un incendio, alguien a lo lejos grita mi nombre.
Me giro para ver de quién se trata y puedo distinguir saliendo tras unos coches la inconfundible figura de Verónica.
Trago saliva con una gran dificultad, como si me acabasen de dar un puñetazo en la tráquea y apenas pudiese respirar.
Tras un par de segundos de incertidumbre, me acerco a ella con determinación.
⸺¿Se puede saber qué narices estás haciendo aquí, Verónica? ¿Qué te dije? ¿Eh? ¿Qué te dije?
Verónica tiene los ojos ligeramente empañados. Ha estado llorando. No puedo ver a una mujer llorar.
⸺Perdón, Javier, pero tenía que hablar contigo. Y como me tienes bloqueada…
⸺Ya, pero es que yo no quiero que hablemos, ¿no lo entiendes? Tienes que empezar a acostumbrarte a que las cosas no siempre son como tú quieres, tienes que acostumbrarte aceptar el no, a aceptar las decisiones de los demás.
Ella niega con un nudo en la garganta. Las lágrimas resbalan por su cara.
⸺Sí, lo sé, y tienes razón, pero es que…
⸺Es que nada.
⸺Javier, estoy segura de que Lorena lo sabe.
Miro a Verónica a los ojos y veo a una joven muy sola y muy perdida. Una joven que no sabe qué hacer con su vida. Yo tampoco sé bien qué hacer con la mía, pero no voy por ahí llorándole a nadie.
⸺¿El qué sabe?
⸺Pues que tú y yo… pues eso.
⸺Tú y yo, qué, ¿Verónica? Entre tú y yo no hay nada, ¿cuándo lo vas a entender?
⸺¿Por qué me hablas así, Javier? ¿Qué te he hecho yo?
⸺Ser una pesada, eso es lo que me has hecho, te plantas aquí en mi casa, sin avisar, ¿para qué? ¿Para joderme la vida? ¿Es eso?
Ella niega. Se tapa los ojos. Llora.
⸺No me hables así, Javier, tú no, no lo soporto, no lo hagas, por favor.
⸺Pues vete, y no vuelvas más, ¿te queda claro?
⸺Pero… y Lorena…
⸺Lorena, ¿qué?
⸺Que lo sabe, es más lista de lo que te crees, pero me parece que tú no lo quieres ver, y ahora encima voy a tener trabajar para ella, y me va a hacer la vida imposible.
⸺¿Trabajar para ella? ¿De qué hablas?
⸺¿No te lo ha dicho? Su nuevo cargo, le han creado una unidad para ella sola, ¿y a que no sabes a quién ha elegido de entre toda la planta?
⸺¿A quién?
⸺Pues además de otras tres personas, a mí.
Pienso durante dos segundos en las palabras de Verónica.
¿Será cierto que a Ana la han ascendido?
¿Y por qué no me ha dicho nada? Eso me hace pensar que, a lo mejor es verdad que no me cuenta algunas cosas, como por ejemplo dónde ha estado algunas de las tardes de la última semana, que apenas ha pasado por casa.
Cojo aire a fondo y veo de nuevo el dulce y triste rostro de Verónica, ahora se me antoja un poco menos maléfico que dos minutos antes.
⸺Mira, Verónica, perdona por cómo te he hablado, ¿vale? No he debido hablarte así, pero por favor, no vuelvas por mi casa. Y en cuanto a lo de Lorena, hablaré con ella, pero estate tranquila y tú ve a la tuya, ¿de acuerdo?
Verónica me mira un poco más tranquila. Se seca las lágrimas. Esta mañana apenas va maquillada.
⸺¿Te importa si te doy un abrazo, Javier?
Cojo aire y lo suelto lentamente.
⸺Claro que no. Anda, ven aquí.
Verónica y yo nos damos un fuerte y sincero abrazo, después recuerdo que hace unos días dijo que tenía algo importante que contarme.
⸺Por cierto, Verónica, hace unos días querías contarme algo importante, ¿no? ⸺digo dando por terminado nuestro abrazo.
Ella asiente.
⸺Sí.
⸺¿Y qué era?
De lejos escucho las voces de Natalia y Martina. Deben estar saliendo del portal de casa con Lorena para ir al colegio. Mierda. Si me ve allí con Verónica estoy muerto.
⸺Tienes que irte ya, Verónica, ya me lo contarás, y por favor, procura que Lorena no te vea.
La joven de piel morena y rasgos ligeramente asiáticos se marcha procurando que mi mujer, acompañada por las niñas, no la vea.
Cuando veo que el peligro de que me vean ya ha pasado, pongo rumbo al trabajo con la sensación de que este lunes va a ser muy negro.