La Invitada CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

LORENA

Sus cosas

Menos mal que el estómago ya me está dejando respirar. Hacía tiempo que no lo pasaba mal. Me consuelo pensando que a lo mejor he adelgazado algo. Va, qué tontería. En cuanto me rehidrate un poco recuperaré los dos kilos de agua que he perdido hoy.

Parece mentira cómo le cambia el aspecto y el aura a un cuarto con la mera presencia y estancia de otra persona. Es como si dejásemos algo impregnado de nosotros mismos por allí donde pasamos. Y no me estoy refiriendo al olor corporal, que también, me refiero a otra cosa, a algo que está más allá.

A mi vista le cuesta habituarse un poco al principio.

Abro las ventanas para que corra un poco el aire y entre la luz.

Todavía me encuentro un poco mareada debido a mis continuas visitas al baño, espero no caerme aquí arriba desmayada, lo último que quisiera es que llegasen Javier, Ana y las niñas, y me encontrasen aquí arriba tirada, ¿qué pensarían?

Se me revuelven las tripas solo de pensar en la idea de estar profanando la habitación de alguien en mi propia casa.

¿A dónde vamos a ir a parar? ¿No es esta mi casa?

¿Acaso no puedo entrar y salir donde me dé la gana?

Además, la persona que ahora habita en la buhardilla, o sea, Ana, no debería tener derecho a las mismas consideraciones que se deberían tener con cualquier otra persona.

Ana es una okupa de mucho cuidado que por mucho que Javier no lo quiera o no lo sepa ver, está usando artes de suplantación, yo lo tengo claro.

Me sorprende lo desordenado que lo tiene todo. Para lo bien arreglada que está ella siempre, lo cierto es que tiene la buhardilla como una leonera. No sé bien qué es lo que estoy buscando, supongo que alguna prueba que reafirme mis sospechas, que Ana no es de fiar.

Hay ropa tirada en el suelo. Noto cómo la sangre que circula por mis venas se convierte en una especie de ácido corrosivo cuando veo que entre toda esa ropa que hay tirada en el suelo, hay ropa interior.

Ropa interior muy sexy y muy bonita, para qué vamos a mentirnos, lencería fina.

El hecho de que tenga por ahí esa ropa implica necesariamente que la ha comprado estando aquí, en esta casa, y que yo sepa solo ha ido de compras con Javier y las niñas, eso significa que fue a comprarse ropa interior estando con él.

Tengo que sentarme un momento en la cama para irme al suelo del mareo que ahora mismo siento.

¿En serio Javier no lo ve? ¿O soy yo que me estoy volviendo loca?

A unos metros de dónde estoy veo dos bolsas de la tienda Intimissimi , la misma a la que suelo ir yo, precisamente con Javier, y más concretamente cuando busco ir provocándolo lentamente, suscitando en él el deseo.

Trato de mantener la cabeza fría y sigo buscando.

A parte de la pila de discos de vinilo que ha sacado de las estanterías y que ha dejado junto al tocadiscos, también ha descolgado las cuatro guitarras de Javier.

También están por ahí tiradas de mala manera.

Las púas en el suelo, los cables del amplificador desenrollados, varias de las revistas musicales que Javier coleccionaba y que se guardaba con tanto mimo y recelo, abiertas de par en par, despanzurradas en el suelo, en el sillón de lectura, sobre la mesa de centro, encima de la vitrina en la que Javier guarda algunos objetos de decoración de cuando era joven.

No puedo con tanto desorden.

Entro en el cuarto de baño de la buhardilla y, aparte de encontrarme nada más entrar con un par de toallas tiradas en el suelo, también me encuentro con más prendas de ropa sucia.

¿Cómo puede ser tan desastre? Percibo un olor raro que no sé bien a qué se debe.

No son las tollas húmedas tiradas en el suelo, ni la ropa sucia, ni las gotas de agua que no han sido retiradas de la mampara y se han secado, dejando en ella su fea y blanca silueta.

Es otra cosa. Aspiro aire por la nariz varias veces para intentar detectar la procedencia del mal olor y, casi instintivamente, me agacho y busco con la mirada bajo el mueble de lavabo.

Mis ojos se encuentran de frente con un cenicero lleno de colillas.

Lo saco con cuidado. Son restos de tabaco de liar.

Boquillas amarillas, trozos de papel sin quemar, hebras sobrantes de color marrón chocolate.

Así que Ana fuma, ¿no? ¿Y por qué se oculta?

Al mismo tiempo que estar encontrándome con todo esto me inquieta un poco, también siento algo de alivio al comprobar que nuestra invitada no es tan perfecta como parecía.

Eso hace que yo deje sentirme tan mala madre, y esposa, y mujer.

Vuelvo a dejar el cenicero donde lo encontré y, antes de salir del baño, no puedo evitar abrir las ventanas. Ahora que he visto que Ana fuma aquí arriba, es como si el mal olor hubiese aumentado de intensidad.

Vuelvo de nuevo al cuarto y abro las puertas del armario. Me encuentro con la ropa de Javier, la que se ponía cuando solía tocar aquí o quedaba más con sus amigos, últimamente apenas queda, lo de ayer fue una excepción.

Javier no es que sea el rey del orden, pero juraría que solía tener su armario bastante mejor, en cambio ahora parece que aquí hayan entrado los ladrones buscando una caja fuerte.

Un fuerte retortijón hace que me retuerza sobre mí misma y que por un instante me quede sin respiración. Odio los virus estomacales.

Doy una vuelta sobre mí misma pensando si vale la pena buscar algo más o me marcho ya, pero un nuevo retortijón decide por mí, me tengo que marchar ya, o de lo contrario tendré que entrar al baño y puede que tarde bastante en salir y que cuando Ana vuelva perciba el olor que he dejado aquí.

Empiezo a cerrar ventanas para dejarlo todo tal y como estaba y cuando estoy a punto de marcharme recuerdo un lugar en el que no he mirado y que en él la gente suele guardar cosas personales: la mesilla de noche que hay junto a la cama.

Me dirijo hacia ella y abro el primer cajón.

Veo la ropa interior de Javier que ha sido invadida parcialmente por algunas prendas de ropa interior de Ana.

¿En serio? Está tía es una hija de puta.

Aparte de eso, que hace que vuelva a entrarme un nuevo retortijón, no veo nada.

Abro el segundo cajón y me encuentro con algo parecido.

Solo que, en lugar de ropa interior, es ropa normal y corriente.

Camisetas de tirantes, de manga corta, algún pantalón de deporte.

La mayoría de prendas también son de Javier, pero la indeseable de nuestra invitada también ha tenido que colonizar esto con un par de camisetas de tirantes con acabados de lencería.

Es como una bruja que ha ido dejando por cada rincón de la casa una parte suya.

En el tercer cajón hay calcetines y un par de mecheros Clipper.

Ana debe estar lo suficientemente enganchada al tabaco como para no poder estar un día entero sin fumar.

Imagino que en el Bioparc, después de todo un día para arriba y para abajo, lo estará empezando a pasar mal, la nicotina la estará llamando sin parar.

Recuerdo perfectamente cómo los adictos del centro en el que trabajé hace ya bastantes años.

Todos eran casos sin remedio que reincidían una y otra vez.

Al intentar cerrar el tercer cajón veo que hay tras él con el que tropieza.

A veces, simplemente, el cajón no desliza bien por su raíl.

Pruebo otra vez, pero sigue topándose con algo.

Saco el cajón con cuidado y meto la mano hasta el fondo de la cajonera para ver de qué se trata.

Mis dedos acarician un duro, frío, pesado. Lo cojo para ver bien que es.

Frente a mí tengo que hace que me asuste de verdad: el objeto que he sacado es una pistola.