CAPÍTULO 33
JAVIER
El incidente del Bioparc
Me ha dado cierta pena Lorena esta mañana, la verdad es que hay una parte de mí que la entiende.
No debe ser fácil para ella. Yo no sé cómo reaccionaría si estuviese en su lugar.
Yo no sé cómo reaccionaría si hubiese por ahí alguien que está detrás de ella, por ejemplo, en el trabajo.
En los últimos años he estado más relajado, pero recuerdo que antes era bastante celoso.
Así que supongo que, si tuviese motivos para preocuparme por algún indeseable que estuviese bailándole el agua a mi mujer, creo también me pondría histérico, puede que incluso más de lo que lo está Lorena.
Las niñas y Ana se entienden a la perfección, su sintonía ha sido buena que casi me he sentido un poco desplazado. Así que, por esa parte, también he comprendido un poco mejor a Lorena. Y eso que no son mis hijas verdaderas, son de ella.
Vemos a los flamencos, a las distintas familias de monos, chimpancés y simios, también a las cebras, los tigres, leones y jirafas. Eso por la mañana. Por la tarde seguimos con los rinocerontes, los elefantes, los lémures y los hipopótamos, entre muchos otros.
Resulta admirable la forma física de Ana, que yendo como va con una muleta, parece la más entera de los cuatro.
Yo aprovecho cada vez que paramos para ver a algún animal para estirar la zona lumbar.
Resulta un poco lamentable, pero es lo que hay.
Uno ya no tiene veinte años, qué digo veinte, tampoco treinta.
Al menos conservo lo que se dice una planta y todo el pelo de la cabeza.
Hace poco escuché un podcast que la mayoría mujeres, a la hora de buscar pareja, y en lo referente al físico masculino, lo que más penalizan es la calvicie y la barriga. Y no tengo ni una cosa ni la otra.
Hacia el final de la tarde, nos sentamos a tomar algo en una de las cafeterías del parque y veo a Ana un poco más triste de lo normal, como más apagada.
A su lado están Natalia y Martina, que están completamente rendidas.
Me parece ver algo que hasta ahora no había visto en Ana, una especie de nostalgia muy profunda, de herida que proviene del mismo centro de su ser.
Hasta hoy, solo había visto en ella vitalidad, energía, vida.
Pero ahora veo que en ella también hay lugar para la pena.
O a lo mejor solo es que está cansada, y no hay nada más.
⸺¿Todo bien, Ana?
⸺Sí, ¿por qué lo preguntas?
⸺Te noto un poco apagada.
Me mira y sonríe, pero no es una sonrisa como la de estos días. Es distinta. Es una sonrisa de despedida.
⸺Pues la verdad es que has dado justo en el clavo, estoy un poco apagada.
⸺¿Y eso?
Ella hincha un poco el pecho para coger aire. Mira a Natalia y después a Martina. Por último, me mira a mí.
⸺Te parecerá una tontería, pero me está dando mucha pena que pronto tendré que volver a Francia y ya no os volveré a ver. Te pareceré una niña tonta, pero soy una sentimental, no lo puedo evitar.
Veo con los bonitos ojos color miel de Ana se humedecen. Las niñas, que perciben mejor que yo lo que le pasa, se pegan más a ella, que las rodea con ambos brazos y las aprieta contra ella con fuerza.
⸺No me pareces ninguna niña, Ana, lo que dices es muy bonito, nosotros también te vamos a echar mucho de menos, créeme.
Esta semana ha sido… no sabría cómo decirlo, pero, creo que nos hacía falta algo como tú para darnos cuenta de muchas cosas, de que hay una gran vida esperándonos ahí fuera cada día.
Tras mis palabras, Ana se emociona y rompe a llorar.
⸺No llores, Ana, anda, podemos seguir en contacto vía telefónica, vía correo, vía WhatsApp.
Ella pone los dedos índice y pulgar sobre la base de la nariz, entiendo que para no moquear. Se levanta y se disculpa para ir un momento al baño, yo asiento.
Cuando se ha ido, las niñas me preguntan por qué tiene que irse, por qué no se puede quedar un poco más. Yo intento hacerles ver que la vida es así a veces. Entran y salen personas de nuestras vidas sin pedirnos permiso. A veces, nos parecerá bien, pero otra nos parecerá una gran mierda.
El móvil empieza a vibrar encima de la mesa donde estamos tomando algo.
Lo cojo para ver si Lorena necesita algo, para ver si está bien, pero cuando lo tengo frente a mis ojos me doy cuenta de que ese no es mi teléfono móvil, sino el de Ana.
La pantalla está iluminada, y a pesar de que el móvil está bloqueado, puedo leer parcialmente el mensaje que le acaban de enviar y que se deja ver por la parte superior de la pantalla.
Alguien a quien Ana tiene grabado como Gordo Cabrón , le dice que dónde se ha metido, que la policía está buscándola, que lo llame inmediatamente, pero, sobre todo, que vuelva ya.
Sin saber bien qué significa eso, ni en qué lío puede estar metida Ana, dejo cuidadosamente el móvil sobre la mesa cuando veo que ya está de vuelta.