La Invitada CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

LORENA

El santuario de Javier

El sábado pasa bastante tranquilo.

Por la mañana, como solemos hacer muchos sábados, aprovechamos para recoger todos los trastos que durante la semana vamos acumulando por todos los rincones de la casa.

Hay que ver lo rápido que avanza el desorden cuando no le dedicas un ratito todos los días y, por qué no decirlo, cuando tienes niñas o niños.

Recuerdo cuando vivía sola, o en mi anterior matrimonio, dejabas una cuchara en el suelo y cuando volvías, ya fuera por la noche o al día siguiente, allí seguía.

Nadie había tocado nada porque nadie había estado allí en tu ausencia.

Lo mismo ocurría con la suciedad, o con la limpieza, con pasar un poco el polvo y barrer tenías la casa hecha un pincel.

Tras recogerlo todo por encima hacemos algo de limpieza, no a fondo, pero sí lo suficiente como para que no se nos caiga la cara de vergüenza si viene una de esas visitas inesperadas de fin de semana.

Básicamente, amigas de las niñas que quieren venir a jugar, las cuales vienen acompañadas irremediablemente por sus respectivos padres.

Lo mejor de todo es que Ana prácticamente no ha bajado de la buhardilla en todo el día.

De tanto se escucha cómo pone algo de música o toca la guitarra, cosa que hace que empiece a sudar como una loca de puro nerviosismo, pero quitando de eso, está bastante comedida.

No es esa fuerza de la naturaleza que viene siendo estos días, lo cual me alegra y me tranquiliza.

Las niñas siguen muy pendientes de ella, como esperando que las divierta, que les sonría, que les pregunte por sus cosas, por sus amigas, por su día a día. Lo que se supone que debería hacer yo si no estuviese siempre tan cansada.

Por la tarde, Javier se va a tomar algo con unos amigos y yo me llevo a las niñas a un cumpleaños de una de las mejores de Martina.

Ana se queda en casa, cosa que, por una parte, me alivia, porque eso significa que no va a estar ni con Javier ni con las niñas, pero por otra parte me inquieta un poco, porque no me apetece nada que vaya por ahí tocando mis cosas.

Ya tocó mi ropa, ha tocado todo cuanto hay en mi cocina, tocó mis perfumes y mi maquillaje.

Eso que yo sepa. Al menos me consuelo pensando que ya queda un día menos para que se largue de una vez.

Y que el sótano, mi sótano, sigue sin corromper.

Lo sé, a medida que cumplo años me voy volviendo más maniática, más recelosa de mis cosas.

Me parece que tampoco es tan raro pedir un rinconcito para mí sola, ¿no?

Me paso todo el cumpleaños, que es uno de esos gigantescos y ruidosos parques de bolas, intentando evitar a Isabella, la mamá de Cloe, que arde en deseos por saber quién es la atractiva mujer que ha acompañado a mi marido a recoger mis hijas varias veces esta semana.

Pese a mis esfuerzos, Isabella está decidida a sacarme la información como sea, pero lo cierto es que tampoco me apetece contarle toda la historia del atropello, así que finalmente me invento que es una amiga de la familia, punto final.

Isabella pone cara de circunstancias, pero deja de preguntar.

Odio los chismorreos, y odio a la gente que pone todo su empeño y su tiempo en averiguarle la vida a los demás.

Cuando despierto el domingo por la mañana tengo la impresión de que todos los problemas de mi última semana, todas mis sospechas, dudas y discusiones con Javier, han sido fruto de mi imaginación.

Que nada de eso ha pasado. Vuelvo a sentirme en paz.

A mi lado todavía duerme Javier, como solía hacer.

A lo mejor nos podemos acariciar un poco, solo eso, unas caricias, todo el mundo necesita algo de cariño de vez en cuando, ¿no?

Pero entonces empieza la debacle.

Cuando estiro el brazo para rozar la espalda de Javier y, quién sabe si alguna que otra parte más de su piel, me doy cuenta de que en realidad no está en la cama.

El bulto que había bajo las sábanas y que yo intuía de reojo como la silueta de mi marido, es solo el cojín con el que suele dormirse, el que se pone entre las piernas.

Cierro los ojos buscando volver a la calma.

Eso no tiene por qué significar nada, lo normal es que Javier se haya despertado un poco antes, como hace muchos días, y que esté abajo preparando café, como solía hacer.

Recuerdo que antes me preparaba el desayuno los fines de semana.

Bajaba al piso de abajo tratando de no hacer ruido y empezaba a cortar naranjas para prepararme un zumo recién exprimido.

También me hacía un par de tostadas con tomate rayado.

Eso sí era empezar bien el fin de semana.

No sé qué le ha pasado. Ni por qué ya no me quiere. Es muy triste cuando se acaba el amor.

Me lavo la cara y sonrío levemente al verme un poquito mejor que ayer.

Algo es algo, al menos hoy no parezco el adefesio de estos días.

Al final, Javier va a tener razón y lo único que necesito es descansar un poco.

A lo mejor, también he estado exagerándolo todo y no soy más que una muñeca de trapo en manos de la estúpida crisis de los cuarenta que pasará en cuanto deje de darle importancia y pensar tanto en ella.

Pero por alguna jodida razón no puedo parar de pensar que, para una mujer, es una putada envejecer. La vida moderna no está hecha para mujeres viejas.

Bajo las escaleras y veo a Javier terminando de preparar el café.

También huelo a tostadas recién hechas. Por ahí vamos bien.

Me falta el zumo. Las niñas están sentándose en la mesa de la cocina office.

La garganta se me estrecha un poco cuando veo a aparecer la figura de Ana.

Tan jodidamente esbelta y radiante a primera hora de la mañana.

¿Esta mujer nunca está cansada? ¿Qué pasa con sus ojeras?

¿Tampoco tiene canas? Porque su pelo cobrizo no parece tintado, todo lo contrario.

Parece tan natural como el aire que respiramos.

Para hoy teníamos compradas cuatro entradas para ir al Bioparc , el parque de animales al que nadie se refiere como lo que es: un zoo.

Vale, no hay jaulas con barrotes, como se hacía antiguamente, pero eso es solo porque la mayoría de las personas no ha visto sus instalaciones al completo.

Bajo la superficie que todo el mundo ve tras pagar su cuantiosa entrada, hay un zoo bajo tierra, de los de toda la vida, con sus correspondientes celdas y barrotes.

Es a donde van a parar todos los animales cuando se hace de noche.

Lo vi en un documental, y me partió el corazón.

El plan del Bioparc me resulta especialmente estimulante porque vamos a estar los cuatro juntos todo el día, sin Ana, y a pesar de que pueda parecer triste, ahora eso es para mí un motivo de alegría.

A pesar de que sigue tan radiante como siempre, Ana continúa con el mismo perfil bajo que adoptó ayer.

Creo que se está empezando a dar cuenta de lo que es una familia.

De que aquí hay unas inercias y unas rutinas.

No todo puede ser siempre improvisación y risas.

A veces también viene bien el silencio y la seriedad.

Mientras saboreo el café que ha estado preparando Javier, leo un poco la prensa, los titulares más que nada, como hago siempre.

Ya haga frío o calor, que es lo que está haciendo estos días de primavera, adoro calentarme las manos con el café.

Eso es algo que no ha cambiado con aquello de cumplir cuarenta años.

Sigo siendo muy friolera en lo que respecta a mis manos, nariz, orejas y dedos de los pies.

Es como si esas partes de mi cuerpo tuvieran un termostato distinto al resto.

Mientras las niñas le cuentan a Ana qué animales son los que más ganas tienen de ver y cuáles son los que más le gustan, yo empiezo a notar unos retortijones en el estómago, parecido a como cuando tengo la regla.

Es raro, porque según mis cálculos, todavía me falta casi una semana.

Le doy otro sorbo al café y vuelvo a escuchar un ruido cavernoso que procede del centro de mi estómago.

Al parecer, va a ser que no es la regla.

Me levanto de la silla sin decir nada y me apresuro a ir al cuarto de baño. Tengo la impresión de que, si no acelera, me lo voy a hacer encima.

La siguiente media me la pasa sentada en la taza del váter, con el tronco prácticamente plegado sobre mis piernas y notando cómo recorren unos despiadados escalofríos que por un momento me llevan a pensar que me van a hacer perder la conciencia.

¿En serio me está pasando esto a mí? ¿Y precisamente hoy que nos íbamos al Bioparc?

⸺¿Todo bien, Lorena? ⸺pregunta Javier dando unos tiernos golpecitos en la puerta del váter.

Voy a responder que no, pero antes de eso también siento una fuerte arcada y vomito algo de bilis en el bidé, que lo tengo justo enfrente. Me noto la cara sudorosa. Estoy rota de dolor y malestar.

⸺¿Lorena? ¿Estás bien? ¿Puedo entrar?

Cuando el rostro se descongestiona un poco después de vomitar, alzo un poco el cuello para hablar.

⸺Creo que he cogido uno de esos virus del estómago, Javier, me encuentro fatal.

⸺No me digas, qué mala pata, ¿quieres que te acompañe al médico? ¿Necesitas algo?

⸺No, gracias, lo único que quiero ahora es tumbarme un poco, a ver si se me relaja un poco el estómago.

⸺Como veas, Lorena, te traeré un poco de agua, no sea que te deshidrates.

Agradezco que al menos Javier esté siendo atento, aunque agradecería más que mis hijas también estuviesen aquí preguntándole a su madre qué tal está, preocupándose un poco por ella.

Intento levantarme para ir a tumbarme a la cama, pero es inútil, el dolor estomacal me sienta.

Javier regresa y da unos golpecitos en la puerta.

⸺¿Dónde te dejo la botella de agua?

⸺Déjala al lado de la cama, a ver si se me relaja un poco el estómago y puedo tumbarme un poco.

⸺Vale, cariño. Por cierto, ¿cómo te ves para ir al Bioparc ?

⸺¿Al Bioparc? Cariño, pero si no puedo ni moverme…

⸺Ya, lo sé, pero las niñas preguntan si vamos a ir o qué. Hacemos lo que tú digas.

De fondo escucho cómo las niñas han puesto un poco de música. A pesar de que están en el piso de abajo, se escucha perfectamente. Y lo que menos necesito ahora son ruidos. En estos momentos me molesta todo.

⸺Ir, Javier, por supuesto, las niñas tenían mucha ilusión, no te preocupes, estaré bien. Pero gracias por preguntar ⸺digo con total sinceridad, porque esto es justo lo que necesitaba y reclamaba, joder, un poco de atención hacia mi persona, tampoco pido tanto, ¿no?

⸺Vale, Lorena, genial, las niñas te lo agradecerán. Otra cosa.

⸺Qué.

Javier tarda unos segundos en decirme esa otra cosa. Lo conozco, tiene miedo a mi reacción.

⸺Las niñas me preguntan si, en el caso de que tú puedas ir, si puede venir Ana. Y antes de que respondas, quiero que sepas que me trae sin cuidado si viene o no, lo único que quiero es que tú estés bien, y que estés tranquila, así que decidas lo que decidas, me parecerá bien.

Tengo que coger un poco de aire para no responder gritando y que el grito acabe en un nuevo vómito. Respiro. Al menos Javier me ha parecido convincente y sincero. Y lo cierto es que, estando como estoy, no me apetece salir del cuarto y encontrarme por ahí a Ana.

⸺Claro, Javier, que Ana vaya con vosotros, no pasa nada. Gracias por consultármelo.

⸺De nada, cariño, voy a ir arreglando a las niñas y en un ratito nos marchamos y no te molestamos más. Te quiero.

⸺Y yo a ti, Javier.

Todavía tardan como una hora en salir de casa, y a pesar de que estoy un poco mejor, todavía me encuentro un poco mal.

Hasta mediodía no consigo ser persona, al menos parece que esto va remitiendo.

Me doy una ducha y me digo que es un buen momento para ir a hacerle una visita a la buhardilla, el santuario, la habitación temporal e improvisada de Ana.

Ya que a ella le gusta tanto mirar mis cosas, yo miraré las suyas.