CAPÍTULO 30
LORENA
El sótano
Llego a casa bastante tranquila, inusualmente tranquila, de hecho.
Me está empezando a ilusionar bastante lo del nuevo puesto y eso hace que mi mente no se vaya por otros lugares.
A pesar de que no era lo que yo quería ni buscaba, ahora pienso que puede estar bien.
De pequeña siempre fui como una especie de líder, en el colegio, en el barrio, en el equipo de vóley, luego me fui retrayendo, después llegaron los problemas.
Pero volvamos al principio, al origen, a cuando ejercía de líder.
Por qué no. Dicen que los cambios, los grandes cambios, empiezan por una vuelta a los orígenes.
Son como un volver a empezar, un volver atrás, una nueva oportunidad.
No sé por qué, pero no me extraña que no estén ni Javier ni las niñas, ni, por supuesto, Ana.
Pero hoy no me quiero alterar. Hoy voy a ser paciente, hoy voy a confiar.
Eso no quita para que no siga queriendo que nuestra invitada se vaya cuanto antes.
Vale, es posible que pueda que haya estado exagerando algunas cosas, pero eso tampoco quita para que su presencia me haga sentir mal, y lo último que necesito en esta fase de mi vida son problemas añadidos.
Son más de las seis y media de la tarde, y sigo sin saber nada de Javier.
Pero antes de empezar una discusión que solo llevará a tensionar más las cosas, decido que, en lugar de eso, me pegaré un buen baño, como solía hacer hace años.
Apagando la luz y poniendo velitas, quemando una barita de incienso al son de algo de música relajante. Solo el pensarlo ya hace que me relaje.
Paso por la cocina y veo que en la pila todavía están los platos de la comida.
Como si de un autómata me tratara, los introduzco en el lavavajillas.
Por la cantidad de platos y de cubiertos que hay intuyo que han comido al menos dos personas, eso me lleva a pensar que Ana y Javier han comido juntos en casa, o eso, o Ana se ha traído un invitado, cosa que veo bastante improbable, ya que ella vive en Francia.
Podría haber otras posibilidades, pero últimamente yo solo concibo lo malo.
Cierro los ojos pensando aquello de que la mayoría de las preocupaciones y miedos nunca se cumplen, nunca se hacen realidad.
¿Por qué esta preocupación iba a ser distinta?
Haciendo un gran esfuerzo por no alterarme ni visualizar esa hipotética comida entre Javier y Ana en mi propia casa, pongo en marcha el lavavajillas y termino de recoger la cocina.
Sobre el banco veo tres tercios de cerveza completamente exprimidos, no se han dejado ni una sola gota.
Esta mañana tampoco estaban ahí. Mi nivel de alteración sube otro escalón.
Qué coño está pasando aquí. Paso el paño húmedo por la encimera y arrastro algunos restos de comida, piso el pedal del cubo de basura que hay bajo el fregadero y veo algo en su interior que, a simple vista, no reconozco.
Dejo caer las migas de la bayeta y remuevo un poco los restos de basura para poder ver bien qué es eso que no reconozco.
Son dos bolsas de comida mexicana preparada.
La cabeza me da vueltas. Vuelvo a cerrar los ojos tratando de no pensar mal.
La comida mexicana era la preferida de Javier cuando yo empecé a salir con él.
Pero yo odio el picante y las especias, principalmente porque no me sientan bien.
Así que jamás fui con él a un mexicano, a pesar de que lo propuso algunas veces.
Intento poner en práctica los ejercicios que Andrea me enseñó, esos para contrarrestar los pensamientos negativos, pero no surten efecto.
No dejo de visualizar a Javier yendo a comprar comida mexicana para compartirla con Ana en mi propia casa, bebiendo cerveza y riendo como dos estúpidos.
Después los yendo a por mis hijas y después a pasar una estupenda y maravillosa tarde quién sabe dónde.
Me vuelve a venir a la cabeza el mensaje que ayer me envió la mamá de Cloe, Isabella, preguntándome si la mujer que iba con Javier era mi cuñada o mi hermana.
Hoy habrá vuelto a ver que nuestra invitada ha vuelto a ir a por las niñas con Javier.
Y lo peor de todo es que Isabella sabe perfectamente que ni yo tengo una hermana ni Javier tampoco. Mierda.
Estoy tan alterada que tengo la impresión de que me voy a romper. Me tiemblan hasta las piernas. Siento una especie de mareo.
Subo las escaleras amarrándome bien fuerte al pasamos.
Entro en el baño y enciendo el grifo del agua caliente. Noto una especie de malestar en la boca del estómago, como si estuviese a punto de vomitar. Tengo ganas de llorar, tengo ganas de gritar, y tengo ganas de dejar de pensar, de cerrar los ojos y olvidar.
Me siento en la taza del váter para quitarme los zapatos de tacón, me bajo las medias, me quito el bonito vestido que había llevado hoy al trabajo pensando en la comida con Carlos.
Me quito el sujetador. Cuando estoy desnuda frente al espejo vuelvo a sentirme gorda y fea.
Pienso en cómo se sentirá Ana cuando esté así, como estoy yo ahora, desnuda frente al espejo.
Seguro que tiene un cuerpo de escándalo.
Seguro que sonríe pensando lo mucho que debe atraer a los hombres.
Luego me viene a la cabeza Verónica. Joder.
No puedo más. La cabeza me va a estallar.
Abro el mueble que se esconde tras el espejo del baño en busca de la caja de velitas y de la barita de incienso, y lo que veo hace que se me hiele la sangre.
Alguien ha estado toqueteando mis perfumes, concretamente el exclusivo perfume que Javier me regaló hace dos aniversarios.
Me doy cuenta de esas cosas. Dios mío, ¿por qué me están haciendo esto?
¿Tan mala fui en el pasado? ¿De verdad me merezco yo esto?
Pero eso no es todo, también veo uno de mis pintauñas que no está en su sitio.
Concretamente el pintauñas blanco nuclear que me compré y me puse para una ocasión muy especial. Dios. Esto no puede estar pasando.
Noto cómo mis puños se cierran en un acto que trasciende mi voluntad. Tengo la mandíbula más tensa de la que la he tenido nunca. Puedo escuchar cómo las muelas me rechinan.
De pronto me viene a la cabeza una idea muy loca, ¿Ana habrá sido capaz de entrar en el sótano de casa? ¿Y Javier? Es lo único que le pedí cuando se mudó a vivir aquí conmigo.
⸺En el sótano están mis cosas, cosas que pertenecen a mi pasado, a mi anterior matrimonio, en fin, a una vida que no quiero recordar pero que tampoco borrar, ¿podrás respetar eso?
⸺Por favor, Lorena, por supuesto que sí. Creo que si hay algo puede definir nuestra relación, es la sinceridad que hemos tenido desde el principio el uno con el otro. Puedes estar cien por cien tranquila.
⸺¿De verdad?
⸺Te lo prometo.
⸺Gracias, Javier, no sé cómo he podido tener tanta suerte contigo. Eres un ángel. Puedes hacer lo que te dé la gana en el resto de la casa, como si fuese tan tuya como mía.
⸺Ah, ¿sí?
⸺Claro que sí.
⸺Pues en ese caso, me pido la buhardilla, tú el sótano y yo la buhardilla, será como mi santuario de creación, ¿puede ser?
⸺Por supuesto que puede ser, Javier, me encantará que esa tu santuario, ¿me dejarás subir alguna vez?
⸺Bueno, si te portas bien, me lo pensaré.
⸺Pues en ese caso, me portaré muy bien.
Joder. Con lo bien que nos entendíamos Javier y yo. ¿Qué nos ha pasado?
Bajo al sótano con nerviosismo y compruebo que la puerta no ha sido abierta, ni forzada, que sigue cerrada, como la última vez que la dejé. De todos modos, subo a por mi llave para abrirla y entrar dentro, nunca se sabe.
Pero cuando estoy a mitad de camino, escucho cómo se abre la puerta de casa y, a continuación, llegan hasta mis oídos las voces de las niñas, de Javier, la estúpida sonrisa de Ana.
Voy en busca de una toalla para tapar un poco mi cuerpo.
⸺¿Lorena? ¿Estás en casa?
Escucho como grita Javier desde la entrada.
⸺Sí, he llegado hace un rato, iba a darme un baño, pero espera, que bajo.
Bajo las escaleras sintiendo cómo el aire sube y baja por mi tráquea con dificultad. Me cuesta respirar.
Primero veo a Javier, después a las niñas, tan sonrientes y felices que me es imposible no sentir una enfermiza envidia.
Después me fijo en Ana, lleva las uñas pintadas de color blanco nuclear.
⸺Javier, ¿podemos hablar un momento a solas?
Es lo único que consigo decir antes de romper a gritar otra vez. Al final, van a conseguir enfadarme de verdad.