CAPÍTULO 28
LORENA
La oferta
La comida con Carlos resulta ser bastante más agradable de lo que esperaba. Se nota que es un hombre con muchas tablas, que sabe llevar y dirigir cualquier tipo de situación. Me recuerda al tango, donde el hombre es quien dirige el baile en pareja.
Mientras me retoco un poco el maquillaje en el baño, pienso en el cargo que me está ofreciendo Carlos.
Me pregunto si es realmente lo que quiero.
Me pregunto si ese puesto va a mejorar mi vida en algo.
Fui yo quien escogió el puesto que tengo precisamente porque quería algo discreto, tranquilo y que me permitiera ir bastante a mi ritmo, sin agobios y con cierta flexibilidad para poder conciliar la vida en familia.
También lo escogí porque lo último que quería era volver a caer en viejas y malas costumbres.
A veces pienso que el pasado no me abandonará nunca.
A veces pienso que no entiendo nada de este juego.
Lo peor, sin duda, es que tendré que viajar.
Y yo no quiero viajar, y menos con Carlos.
Me ha dicho expresamente que el puesto incluye tener que asistir a ciertas jornadas, congresos eventos en representación de la institución.
Que a esos viajes a veces va él, pero que ahora tendré que ir también yo.
Lo cierto es que está siendo tan correcto y educado que casi olvido que unos días antes estaba completamente convencida de que me estaba tirando los trastos, incluso ayer pensé que lo del nuevo puesto era solo un teatro para ligar conmigo, pero parece que va totalmente en serio.
Antes de regresar miro mi teléfono móvil para ver si tengo noticias de Javier pidiéndome disculpas por cómo me trató ayer y el ninguneo de esta mañana.
Pero nada, ni un mísero mensaje. Pienso dónde estará ahora, qué estará haciendo y con quién.
Y en mi cabeza se abre paso una palabra de tres letras: Ana.
Tengo unas ganas terribles de que se vaya de casa.
Quiero que se largue. No es buena, estoy convencida.
Incluso se me está pasando por la cabeza una barbaridad: quiere desplazarme para ocupar mi lugar en el hogar.
Cuando llego a la mesa Carlos está terminando de pagar la cuenta.
El camarero se aleja sujetando con la mano derecha una bandeja plateada sobre la que descansa la pequeña cajita de madera en cuyo interior debe descansar el tique con la lista de lo que hemos consumido.
Me pregunto cuánto le habrá costado. No debe de haber sido barato.
⸺He pensado que si no tienes prisa podemos ir a tomar algo a un local nuevo que han abierto hace poco, está aquí al lado.
Según me han dicho suelen tocar música en directo, pero el sonido no es demasiado alto, así que podemos continuar hablando de tu nuevo puesto y tu nuevo equipo, que ese tema aún no lo hemos abordado.
Son cerca de las cinco de la tarde, y ya le había a Javier que fuese él a por las niñas. Así la verdad es que no tengo prisa, y Carlos está siendo más que correcto.
⸺Claro, me parece perfecto.
El local en cuestión se llama Alegal, y es cierto que está a tan solo unos minutos andando del restaurante donde hemos comido.
En la puerta nos recibe un vigilante de seguridad, que nos invita a entrar con educación.
El interior me chirría un poco. Las paredes están revestidas con moqueta de un tono rojo muy intenso y hay adornos dorados por todas partes.
Las lámparas son grandes, tipo araña, y cuelgan del techo de una forma exagerada.
También hay espejos por todas partes, la verdad es que esto parece un prostíbulo.
Tomamos asiento en una mesa escorada, pegada a una pared. A lo lejos puedo ver a la pareja que está tocando. En eso tampoco ha mentido Carlos. La música se escucha bien, pero no molesta. Son versiones de baladas de los años ochenta y noventa, lo hacen bastante bien, la verdad.
Carlos se pide un Gin Tonic y yo me quedo en una cerveza. En la comida ya me he bebido un par de copas de vino blanco y si bebo más bajaré demasiado la guardia, y no me gusta bajarla.
⸺Creo que ha llegado el momento de que hablemos de tu nuevo equipo, dime, ¿en quién has pensado? ⸺pregunta Carlos, que, bajo la tenue luz del local, los rasgos que lo podrían delatar como alguien que ya ha sobrepasado los cincuenta años, no se aprecian con claridad.
⸺La verdad es que no he tenido demasiado tiempo de pensar en ello, cuando te dije que no tenía mucho contacto con el resto de los compañeros, era cierto, así que no sé muy bien a quién escoger, ¿tú habías pensado en alguien?
Carlos sonríe. Le da un trago a su cóctel. Con una servilleta se limpia los labios. Su educación es refinada, de eso no hay duda. Se aplasta un poco la corbata contra su pecho.
⸺Eres astuta, Lorena, como te dije, lo supe desde el primer día en que te vi.
⸺¿Por qué lo dices?
⸺Saber pasar bien la pelota. En puestos de alta gestión y dirección llamamos a eso saber jugar bien al tenis.
⸺¿Cómo? ⸺Si no fuese porque Carlos tiene casi una sonrisa permanente en el rostro, pensaría que está sometiéndome a una de sus pruebas para ver si soy de fiar o vete tú a saber.
⸺En los puestos de alta gestión y dirección, si hay algo que está siempre presente, es la toma de decisiones.
Se te exige que tomes decisiones constantemente acerca de cosas que muchas veces ni siquiera conoces bien.
A veces ni tan siquiera dispones de tiempo de pensar bien tu respuesta, pero la has de dar, porque tienes una responsabilidad.
Pero cuando aprendes de qué va esto te das cuenta de que, en realidad, que se te exijan decisiones no significa necesariamente que sean realmente responsabilidad tuya.
Muchas veces te piden algo que otro no ha querido hacer o asumir, y entonces entiendes que tú puedes hacer lo mismo.
A eso se llama pasar la pelota, y al saber hacer eso e integrarlo en tu día a día, se llama saber jugar al tenis.
Te llega una decisión, pero tú la delegas con total naturalidad para que la haga otro.
Te quitas de en medio la responsabilidad, al menos temporalmente, porque a veces ese otro te la devuelve otra vez, aunque esto rara vez ocurre, precisamente porque muy pocos saben jugar bien al tenis en este negocio.
Así que cuando les llega una pelota, no saben devolverla, se la quedan. ¿Lo has entendido?
⸺Vaya, no sabía de la existencia de ese juego, supongo que pensar así debe hacer tu día a día un poco más divertido ⸺digo escapar una sonrisa relajada.
⸺Más o menos, aunque a jugar a tenis en el trabajo no es algo que hagas conscientemente, es algo que te sale natural, que sabes o no sabes hacerlo, por eso en ti en reconocido esa virtud, tú sí sabes jugar, aunque desconocías por completo que tuvieses esa habilidad.
⸺Gracias por tus halagos, Carlos, hace solo un par de días pensaba que me querías echar, y dos días más atrás, pensaba que alguien iba diciendo por ahí que yo no cumplía con mi trabajo.
El rostro de Carlos se endurece un poco. Le da otro trago a su copa tipo balón.
⸺A veces las cosas no son como uno cree.
Volviendo a lo de tu equipo, y viendo que la pelota la tengo yo, te responderé.
Hay dos personas que son muy de mi agrado, una es Laura Sanz y la otra Mónica Sierra.
Tanto la una como la otra tienen un perfil muy completo, no dan que hablar y suelen cumplir con lo que se les pide sin protestar demasiado.
Justo lo que necesitamos. Después está Manuela, una de las más veteranas.
No se le da muy bien los ordenadores, pero tiene experiencia, y eso siempre es algo a valorar.
Te vendrá bien alguien como ella. Por último, está Verónica, ya sabes, la más joven de la planta.
⸺¿Verónica?
⸺Sí, Verónica, ¿qué ocurre con ella? ¿No te gusta? Todo el mundo habla maravillas.
⸺No sé, no he tratado demasiado con ella.
⸺¿Y entonces?
Me encojo de hombros. No sé cómo decirle que esa chica se me ha cruzado por la soberbia con la que me mira, porque sospecho que es ella quien ha estado hablando mal de mí, y porque encima me he enterado de que estaba liada con un hombre casado, un hombre de familia. No la quiero en mi equipo.
⸺Como tú dijiste el otro día de David, no me da muy buena espina, y creo que no es de fiar.
El rostro de Carlos se ensombrece parcialmente al escuchar el nombre de David. Pero, casi como si de un eclipse total de sol se tratara, el ensombrecimiento apenas dura unos segundos. La relajación vuelve a su expresión.
⸺Eres realmente buena jugando al tenis, Lorena, sabes cómo devolver un buen saque, pero en esta ocasión, ahora te la devuelvo yo.
Quédate a Verónica a prueba un par de semanas, y si va mal me lo dices sin más, te aseguro que no te cuestionaré, y en cuanto a David…
no es una simple mala espina, tengo pruebas de que no es fiar.
⸺¿En serio? Pero ¿qué ha hecho?
⸺Dejémoslo en que es una cuestión de deslealtad, no quiero decir más. No me dejaría en muy buen lugar si hablase mal de otras personas sin su presencia, ¿no crees? Además, ¿qué más te da David?
⸺No sé, la verdad es que me da igual, en eso tienes razón.
⸺Pues ya está, que no se hable más. La semana que viene empiezas, lo vas a hacer genial.
Cuando nos terminamos la bebida ya pasan de las cinco y media.
Carlos me dice si me apetece tomar algo más, yo le digo que no me apetece, que ya he bebido suficiente.
Él propone ir a otro local, uno de cócteles que está un poco más lejos, cerca del barrio del Carmen, por las torres de Quart, y yo me lo pienso durante unos instantes.
Básicamente porque no quiero ir a casa, no sé qué narices me pasa, pero es como si tuviese miedo de afrontar la verdad.
⸺Me encantaría, Carlos, pero mis hijas me reclaman. Gracias por la comida y por la copa, bueno, y gracias por el puesto. Eres muy amable.
Tuerce un poco el cuello. Se mete las manos en los bolsillos. Me da que afortunadamente no va a atacar, que se está retirando.
⸺Gracias a ti, espero que repitamos pronto.
⸺Claro, por supuesto.
⸺¿Te acerco a casa?
⸺No es necesario, iré dando un paseo hasta mi coche, y de ahí a mi casa.
⸺Como quieras.
Nos despedimos con un par de besos que él aprovecha para posar una mano en mi cintura de una forma que se me antoja un poco más baja de lo que debería, aunque no podría asegurar si ha sido accidental o a propósito.
Cuando me siento en el coche cierro los ojos y, por un instante, vuelvo a pensar que todo está bien, que voy a conseguirlo, mantener el buen juicio y el orden.
Tengo cuarenta años, no estoy loca, interpreto bien la realidad y las cosas, solo estoy atravesando una crisis de la mediana edad, nada más.
Mi marido me ama y mis hijas me quieren.
Pongo rumbo a casa esperando encontrarme con mi marido y con mis hijas para pasar una bonita tarde noche de viernes en familia.