CAPÍTULO 26
LORENA
Algo está volviendo
Me he tirado toda la mañana evitando a David, y él lo ha notado, claro que lo ha notado. Debe pensar que estoy como una cabra, que soy una de esas locas. Anoche tan amable y sonriente y hoy ni le dirijo la palabra.
Lo cierto es que estoy hecha un lío. Y no precisamente en el plano sentimental, sino en todos los planos del ser humano. Más si cabe de lo que lo estaba ayer. El problema es que hoy no tengo el comodín del fisio y la psicóloga. Hoy estoy sola.
Aunque no es solo eso, claro que no. No es solo el lío interior.
Hay una parte de mí que está dirigiendo y ordenando algunas de mis decisiones.
Esa parte es el maldito y estúpido miedo sobre el que estuvimos trabajando ayer Andrea y yo.
Ese miedo a la incertidumbre, a algo que podría pasar pero que no sé a ciencia cierta si pasará.
En este caso, tengo miedo a que Carlos me vea con David y eso haga que ya no me ofrezca ese puesto, porque para él David no es de fiar.
Entonces si me ve con él puede que piense que yo tampoco lo soy, porque dicen las personas afines se atraen entre sí.
Eso me hace sentir muy mal, como una egoísta de mierda que solo piensa en ella.
Veo a Verónica cruzar por delante de mí.
Está muy altiva esta mañana. Se ha hecho algo en la cara.
Tal vez un peeling, o radiofrecuencia, un masaje facial, algo de eso.
El caso es que resplandece más de lo que lo hacía unos días antes de que empezase su particular calvario.
Verla así de bien, me hace sentir un poco mal.
Parece que se ha recompuesto en tiempo récord, después de lo que le han hecho.
Lo peor de todo es la altivez con la que me mira, como si fuese superior a mí o algo.
Necesito saber si realmente habló mal de mí a mis espaldas.
En unos días voy a ser jefa de una sección, jefa de unidad, tendré más rango que ella, no solo antigüedad, así que tengo derecho a exigir una respuesta veraz.
Me acerco a ella, que se cruza de brazos conforme llego hasta donde está, muy cerca de la zona de despachos donde está la mesa de David.
⸺¿Te importa si hablamos un momento, Verónica?
⸺Claro, ¿de qué quieres hablar?
⸺Mejor hablamos en mi despacho, si no te importa.
⸺¿En tu despacho? Yo creo que aquí estamos bien.
Miro hacia un lado y a otro para ver si hay alguien más escuchando. No veo a nadie, pero no voy a cometer el error de tener esta conversación en público, porque eso le restaría potencia a mis palabras, que es lo que debe estar pretendiendo Verónica.
⸺Solo será un momento, Verónica.
Ella asiente sin decir nada y pone rumbo hacia mi despacho. Mueve las caderas mientras anda de una forma exagerada. Es como si necesitase que constantemente todo el mundo se fijase en ella.
Cuando estamos a solas, ella baja un poco la mirada, se nota que hay algo en mí que la intimida e incomoda, a lo mejor es la culpa que siente y que ve reflejada en mi cara.
⸺¿Qué tal estás, Verónica?
⸺Yo bien, ¿y tú?
La miro a los ojos y ella sonríe con chulería. Es una cría que todavía no sabe lo que es la vida. El reloj de pared que hay tras ella marca las dos del mediodía.
⸺Me parece que el otro día tuvimos una conversación que se quedó a medias, me gustaría terminarla.
⸺¿Sí? ¿A qué conversación te refieres?
⸺Esa en la que yo te decía que sabía lo que habías estado diciendo y haciendo a mis espaldas. Esa en la que te decía que fueses con cuidado. ¿En serio no lo recuerdas?
La mirada de Verónica se inclina un poco, como el rabo de un perro cuando percibe peligro para su vida.
⸺Sí, lo recuerdo, lo que no sé es a qué venía.
Y lo que yo sí sé es que, como ya me ocurrió el otro día, su respiración se agita de un modo desproporcionado. Es evidente que la pongo nerviosa por algún motivo.
⸺Mira, Verónica, somos dos mujeres adultas que trabajan en el mismo sitio, para la misma gente, y en la misma planta, no es de ser muy inteligentes ponernos la zancadilla, ¿no crees?
Ella se cruza sus brazos por debajo de sus pechos, realzándolos. Tiene un tono de piel color chocolate que sin duda debe ser el anhelo de muchos hombres. No me extraña que a algún que otro casado se le haya ido la cabeza con ella.
⸺¿Has terminado? ⸺Es lo único que Verónica dice.
⸺¿Cómo dices?
⸺Que si es todo lo que tenías que decirme.
Tardo un poco en responder. Quiero medir bien mis palabras. No puedo consentir que esta niñata me hable así.
⸺No sé qué te habrás pensado, Verónica, ni quién te crees que eres, pero algún día tendrás mis años, y verás cómo tu cuerpo ya no es el que era, cómo tú ya no eres la que eras, y cómo los hombres te empiezan a mirar de otra manera, entonces entenderás que has estado tirando tu vida por la borda jodiendo familias y desperdiciando un tiempo valiosísimo que podrías haber invertido en conocerte un poco más a ti misma.
Veo cómo el rostro de Verónica palidece por momentos. Es posible que nadie le haya dicho algo así nunca. Abre la boca para decir algo, pero veo cómo se le corta el aliento.
⸺¿No dices nada?
⸺Entonces, ¿lo sabes?
Hay algo en esa pregunta que me atraviesa.
⸺¿El qué?
⸺Pues eso.
⸺Verónica, me estás poniendo muy nerviosa, te he traído hasta precisamente para que me aclarases algunas cosas.
⸺¿Sabes lo mío con tu…?
Antes de que termine la frase nos interrumpe la secretaria de Carlos, dice que por orden del jefe tengo que acudir inmediatamente a su despacho. Antes de que pueda decirle a Verónica que termine la frase, veo cómo se da la vuelta y se escabulle con rapidez.
Y de nuevo, con esa sensación de que estoy haciendo algo mal, y de que todo va a ir a peor, me dirijo al despacho de Carlos con nerviosismo.
Para colmo, el móvil empieza a vibrar en el bolsillo de mi pantalón.
Es Javier, me pregunta si voy a ir a comer a casa, si después iré a recoger a las niñas.
Yo le responde con rapidez que no, que tengo una reunión importante de trabajo.
Elude el matiz de que esa reunión es también una comida en la que estaremos solos mi jefe y yo, a no ser que haya pasado algo de lo que no me he enterado y mi flamante nuevo puesto ya sea historia.
⸺Hola, Lorena, ¿qué tal estás?
⸺Bien.
Veo a Carlos un poco inquieto. Se levanta de su silla y mira por la ventana de su descomunal despacho, dándome la espalda. Permanezco de pie a la espera de que me diga si me siento o me quedo tal y como estoy. Se gira con su habitual meticulosidad.
⸺Tal y como te comenté, he tenido una mañana un poco apretada, mucho estrés.
Lo miro a la cara y lo noto un poco más serio de lo normal. Todavía no sé bien cómo interpretar a este hombre.
⸺Bueno, al menos ya estamos casi de fin de semana, el descanso siempre va bien y hace que las cosas se vean de otra manera.
Él asiente sin apenas pestañear.
⸺Creí comentarte ayer que David no era de fiar.
Tardo un par de segundos en reaccionar. ¿En serio he oído lo que he oído?
⸺¿Cómo dices?
⸺Lo que has oído, que David no era de fiar. En fin, tú eres mayorcita, y ya sabrás lo que haces y con quién.
⸺Pero…
⸺Da igual, no importa, en realidad te llamaba porque la reunión de última hora ya ha terminado y mi secretaria ha llamado al restaurante donde teníamos la reserva para ver si podían adelantarnos la hora, le han dicho que no hay problema, ¿te viene bien si nos vamos ya?
⸺Sí, claro, deja que apague el ordenador y que coja el bolso.
⸺Perfecto, Lorena, si te parece vamos con mi coche, te espero abajo.
Asiento y me doy la vuelta para cerrar mi ordenador y coger mis cosas. No sé qué pasa, pero presiento que todo cuanto he construido está a punto de irse por la borda. No quiero perder el control. Otra vez no.