CAPÍTULO 25
JAVIER
La nueva víctima
No sé el tiempo que hacía que no dormía en el sofá, pero lo que sí sé es que esta es la primera vez que soy yo quien lo propone, quien no quiere dormir con Lorena, hecho que ella interpreta como una ofensa todavía mayor hacia ella.
La discusión que tuvimos ayer es con mucha diferencia la más grande de cuantas hemos tenido.
Incluso se despertaron las niñas, que ya estaban dormidas.
Lorena empezó a decir que la estaba excluyendo como madre, que por qué lo hacía, que por qué la intentaba apartar de la familia.
Fue una situación realmente desquiciante, tanto que incluso Ana me dijo que se iba de casa, así, en mitad de la noche, algo a lo que yo me opuse.
Me preguntó directamente si la discusión tenía que ver con ella, y yo le dije que no, que la discusión tenía que ver entre Lorena y yo, nada más.
Y que no podía permitirse sustos ahora, a tan solo unos días de la revisión y más que probable alta médica.
El desayuno de esta mañana ha sido como un velatorio.
Nada que ver con la alegría y el buen ambiente de los días previos.
Lorena no me ha dirigido la palabra, aunque yo a ella tampoco.
Todavía no me ha explicado por qué razón llegó a casa pasadas las diez y media de la noche.
No me ha querido decir ni dónde estaba ni con quién.
Francamente estoy empezando a pensar algo que jamás se me ha pasado por la cabeza, que tal vez tenga un amante.
Hoy ha vuelto a llevar ella a las niñas al colegio, quienes me han preguntado por lo bajo si las podía llevar Ana y, también, quién las iba a recoger.
A la segunda pregunta les he respondido que todavía no lo sabía, que a ver qué decía su madre.
La primera pregunta la he dejado directamente en blanco.
Cuando llego al trabajo es Reme quien primero percibe que hoy no tengo la energía de otros días. Me pregunta si está todo bien y yo le respondo que sí.
A media mañana entra muy sonriente a mi despacho para contarme que le ha escrito Cristina diciéndole que ayer lo pasó conmigo de maravilla.
⸺Cristina es una buena chica, trátala bien, Javier.
⸺Por Dios, Reme, lo dices como si fuese un maltratador.
⸺No, para nada, lo que pasa es que es una chica muy sensible, muy necesitada de cariño y, me temo, bastante enamoradiza.
⸺¿Qué quieres decir?
⸺Nada, solo lo que te he dicho, que la trates bien.
⸺Por supuesto que la trato bien, Reme, como a ti y como al resto.
⸺Tranquilo, jefe, yo solo intento ayudar, nada más. Ah, por cierto, me ha comentado que hoy iba al médico de cabecera y que, gracias a ti, ya se encontraba mejor y no iba a pedirle la baja, así que, si no pasa nada, el lunes la tendremos por aquí.
⸺De acuerdo, Reme, gracias.
⸺No hay de qué, jefe.
Reme se retira de mi despacho y pienso en Cristina, en el buen rato que pasamos ayer.
Luego me viene a la cabeza cuando le dije que la veía guapa, ¿cómo se me ocurre decirle algo así?
Al menos no se va a coger la baja, y eso significa también que tampoco me va a denunciar por acos.
Por ahí, respiro, ahora sí, un problema menos.
A eso de la una del mediodía me escribe Ana para preguntarme qué tal estoy, si voy a ir a comer, si quiero que me prepare algo especial, si hoy vamos a ir a recoger a las niñas, si tengo planes.
He de reconocer que me gusta que me escriba.
No sé por qué, pero me hace sentir bien.
Eso hace que me acuerde de Verónica. Así empecé con ella también.
Y he terminado bloqueándola. Recuerdo que en nuestra última conversación me dijo que tenía algo importante que decirme y yo no la dejé ni hablar.
He escuchado muchas veces aquello de que la gente tiene tendencia a repetir patrones, es como si no hubiese aprendido la lección y necesitas probar otra vez para ver si ahora lo haces mejor.
Ana también me dice que mi colección de discos de vinilo es increíble, que no había conocido a nadie con unos gustos musicales tan similares a los suyos.
Cuando me hablan de música ocurre algo muy curioso, todo lo demás pasa a un segundo plano, y eso incluye a mi trabajo.
Durante la siguiente hora estamos enviándonos mensajes de WhatsApp sin parar comentando canciones, grupos que ya no existen, o personalidades del mundo de la música que casi recuerda.
Tanto es así que cuando se hacen las dos del mediodía ni me doy cuenta.
Le digo a Ana que enseguida le digo algo sobre lo de comer, que voy a preguntarle a Lorena el tema de las niñas.
Le escribo a mi mujer y me responde muy cortante, yo tampoco he sido lo que se dice muy amable.
Me dice que se tiene que quedar para reunión muy importante de trabajo, y que si puedo ir yo a por las niñas.
Le respondo que sí, que claro que puedo ir.
Ella va a decirme algo más, pero finalmente no lo hacer.
Yo tampoco lo hago, ahora mismo no me apetece hablar con ella.
Le respondo a Ana que sí iré a comer, y que, de hecho, voy a ir ya para casa y así le ayudo a preparar la comida. Después habrá que ir a por las niñas, más tarde podemos ir a un local donde suele haber música en directo que no está nada mal.
Ella me responde que sí a todo mostrando una gran efusividad.
Salgo del trabajo ilusionado por la agradable tarde que me espera.
De camino a casa me viene el recuerdo de esa extraña pareja que vimos ayer en el centro comercial.
Me pregunto por qué el hombre miró así a Ana, pero rápidamente me lo quito de la cabeza, y me digo no significa nada.
Es solo un hombre que mira raro. Y ya está.